Kuñanguéra Ojepytasõ: entre piedras y montañas

por Jazmín Duarte

A días de haber celebrado el Día de la Mujer Paraguaya y a otros más de celebrar el Día Internacional de la Mujer el 8 de marzo, queremos aprovechar la coyuntura para pensar acerca de la situación de las mujeres en Paraguay y las movilizaciones que están surgiendo a nivel nacional e internacional.

Una importante clave para la reflexión fue dada por el mismísimo monseñor Edmundo Valenzuela –gracias Monseñor–. En el caso del acoso sexual del párroco Silvestre Olmedo en la parroquia de Limpio, el monseñor hizo una desafortunada declaración pidiendo a los jóvenes “no hacer una montaña de una piedrita” ¿Cuáles son las montañas y cuáles las piedras a las que se refiere el monseñor?

En términos del monseñor, una piedra es, por ejemplo, “un hecho indecoroso”, como el que protagonizó el párroco tocando el pecho y la espalda de una joven sin consentimiento, pero “sin ninguna intención de hacer algo”. Como lo es también el caso del abogado vinculado a la Universidad Católica, Cristian Kriskovich, denunciado por una estudiante por mandarle mensajes de texto intentando conseguir favores sexuales, el cual fue desestimado por tratarse sólo de “galanteo y cortejo”.

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La piedra no se convirtió en montaña en ambos casos, desde el punto de vista de la Iglesia y la Justicia, porque no se concretó en “algo”. Ese algo, dentro del imaginario de nuestra sociedad, es un acto sexual efectivo o un acto de extrema violencia. Desde esta lógica, si la persona no fue abusada o violentada, no cuenta, es solo “galanteo”. Sin embargo, a pesar nuestro, las montañas también existen y también quedan impunes.

Según el Informe de DDHH en Paraguay 2016, se calcula que en Paraguay, cada 5 días, una mujer o una niña es violada. Cada 11 días, una mujer o una niña es asesinada por razones de género. Cada día, 2 niñas de entre 10 y 14 años dan a luz, convirtiéndose en niñas madre (sin contar los abusos también sufridos por niños, de los cuales se poseen menos estadísticas).

En lo que va del año, se sucedieron ya 11 feminicidios o asesinatos por el hecho de ser mujer –y estamos en febrero–. Desde 1989 a esta parte, van sumando más de 50 asesinatos de mujeres trans, en lo que se conoce como crímenes de odio.  Lo singular en estos asesinatos, consiste en que ocurren por el hecho específico de que las víctimas eran mujeres o tenían una identidad de género –femenina/masculina– diferente a la cual la sociedad les asignaba. En definitiva, básicamente, porque sus victimarios las consideraban inferiores y se sentían con derecho de hacer lo que quisieran con ellas.

¿Qué está pasando en nuestra sociedad? Al parecer, nada nuevo. incluso hay registro de casos similares desde inicios de siglo, como el del abuso de una niña de 7 años en los años 30 en nuestro país, tal como nos comentaba la historiadora Ana Barreto. Del mismo modo, a nivel mundial,  1 de cada 3 mujeres sufre violencia física o sexual.

La montaña es la naturalización histórica de la violencia extrema hacia mujeres, niñas y niños. En una sociedad donde impera una cultura patriarcal o machista, las personas que no entran dentro de una horma masculina, adquieren el valor social de “seres humanos de segunda categoría”, sin los mismos derechos que los demás. Esto ocurre, incluso, en los casos en que la igualdad este establecida por la ley.

Esta desvalorización se extiende a diversas áreas de la vida social. En lo público, vemos menor acceso de mujeres a cargos de decisión, una correlación entre ser mujer y ser pobre –las campesinas e indígenas no viven como princesas– y una noción de que el cuerpo de la mujer es un “objeto” disponible –así como lo pensaron Olmedo, Kriskovich y comúnmente albañiles en una construcción–.

Parecería innecesario tener que reivindicar igualdad el día de hoy, siendo que desde hace más de dos siglos que grupos organizados de mujeres y hombres exigen que se legalicen derechos civiles, políticos y sociales. Sin embargo, las persistentes prácticas violentas en nuestras sociedades hacen notar que aún no somos iguales.

Es por eso que, para este 8 de marzo, se anunció un Paro Internacional de Mujeres a nivel de América Latina y el mundo, al cual nuestro país se suma. En Paraguay, el Paro de Mujeres  plantea reivindicar el valor del trabajo femenino, pero sobre todo, el valor intrínseco de las mujeres como personas que dicen basta a la violencia.

Como ya lo decía la importante activista y académica Silvia Federicci, estamos ante un nuevo momento político histórico de movilización internacional. El paro, en nuestro país, se enmarca en la ola de movilizaciones de mujeres como #NiUnaMenos y el Women’s March de Estados Unidos, que dicen basta al asesinato de mujeres y a retrocesos en derechos, como los planteados por las derechas como Trump.

Más de 60 organizaciones urbanas y rurales se adhieren al Paro en nuestro país, en momentos de la reciente aprobación del Proyecto de Ley de Protección Integral de las Mujeres contra toda forma de Violencia. Todas ellas nos invitan hoy a dejar de ignorar aquello que parece obvio, para cuestionar la normalización de prácticas que hacen tanto daño a toda la sociedad. El asunto es que ya no podemos ignorar montañas ni piedras en el día a día.

La violencia adquiere varias formas, haciéndose más que evidente la eliminación de la persona o el ultraje sexual como las formas más extremas. Sin embargo, no debemos olvidar que las prácticas cotidianas construyen, día a día, una cultura donde lo masculino se vuelve sinónimo de superior. Mientras que, a la vez, desvaloriza a las mujeres como personas. Tal como lo muestra el viejo dicho popular: Kuña kuimba’e’ỹre ha jepe’a tata’ỹre marãverã ndovaléi  (La mujer, sin hombre, y la leña, sin fuego, no sirven para nada).

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