Ciudadanía activa con actitud participativa, no es suficiente

*Por Enrique Gomáriz Moraga

A fines del pasado siglo cayó sobre la democracia representativa una buena cantidad de lluvia ácida. Y ante los daños que esa democracia presentaba, surgió una feliz alternativa: sustituirla por la democracia participativa, sobre la base de una poderosa ciudadanía activa. Sin embargo, tres décadas después no parece que los resultados de esa opción sean realmente los esperados. La deseada sustitución no ha tenido lugar en ninguna parte y la ciudadanía activa no ha pasado de funcionar como dispersas minorías activas. Por decirlo con un ejemplo doloroso: en el paraíso de los presupuestos participativos, Brasil, la alternativa activista no ha conseguido detener (algunos llegan a decir que más bien provocaron) la llegada al poder de un personaje como Bolsonaro. 


En realidad, la estrategia participacionista partía de dos presupuestos erróneos: a) la idea de que la democracia representativa era nociva y fácil de sustituir; y, b) la confusión sobre el comportamiento de la ciudadanía en un sistema democrático.

La principal función de un sistema político democrático consiste en facilitar el procesamiento de las decisiones colectivas. Impulsar eso en sociedades con millones de habitantes sin usar los mecanismos de la representación resulta imposible. Los intentos de sustituir la representación mediante asambleas con votación directa sólo pueden implementarse mediante el establecimiento de progresivos niveles de delegación, desde la asamblea local a la de ámbito nacional, algo que en el fondo supone la democracia más indirecta posible. Por otra parte, el uso de los fundamentos de la representación conlleva valores positivos para la convivencia humana. Uno de ellos, crucial, es el mantenimiento de un mínimo nivel de confianza mutua. Solo si confías mínimamente en tu semejante, aceptarás la representación; si desconfías radicalmente es lógico que prefieras la participación directa.

El desprecio de la democracia representativa tiene en la región algunos orígenes identificables. Uno de ellos, vigoroso aunque no el único (los poderosos tienen sus propios motivos), refiere a la herencia de la tradición ideológica de la izquierda, según la cual la democracia era una superestructura sin demasiada entidad, o, en el mejor de los casos, se miraba a la democracia desde una perspectiva estrechamente instrumentalista (la democracia sólo sirve si mejora la condición socioeconómica de los pueblos). Hoy sabemos que la democracia es instrumento, pero también tiene valor en si misma, que forma parte del desarrollo humano.

El segundo presupuesto erróneo mencionado, guarda relación con la presunción de que la única alternativa a la ciudadanía indiferente (o formal) es la ciudadanía activa, aquella que busca la participación directa en la cosa pública. En otras ocasiones he compartido la idea mas amplia de que existen varios comportamientos de la ciudadanía al interior de un sistema político. Además de la ciudadanía formal (sin interés por la deliberación política) y la ciudadanía activa (aquella que participa en partidos, organizaciones sociales, etc.), existe otro comportamiento identificable, el de una ciudadanía (que llamamos sustantiva) que se siente sujeto de derechos, entiende la cosa pública y las reglas del juego democrático, pero que no participa de un activismo sostenido. O sea, sólo se moviliza cuando realmente la ocasión lo merece.

Pues bien, la fortaleza de esa ciudadanía sustantiva es un indicador directo de la calidad global de la ciudadanía, y, por tanto, de la democracia misma, si concordamos con la idea de que la calidad de un sistema democrático no sólo depende de la calidad de las instituciones, sino también de la calidad de la ciudadanía. Algunos análisis han sugerido que en América Latina hay una proporción alta de ciudadanía formal y una ciudadanía activa muy reducida numéricamente, pero con una presencia importante en el escenario público, incluso superando la existente en otras regiones (por ejemplo Europa). Sin embargo, la ciudadanía sustantiva es poco robusta, incluso en aquellos países, como Chile, Uruguay y Costa Rica, donde la democracia es más valorada.

Desde luego, existe una sintonía entre la ciudadanía sustantiva y la democracia representativa. Y esa sintonía puede convertirse en un círculo virtuoso de cara a la consolidación de la democracia en América Latina. Para que ello tenga lugar se debe avanzar entre dos extremos: la democracia únicamente electoral, deseada por los sectores conservadores, y la búsqueda compulsiva de una democracia participativa. 

Importa subrayar que nada de lo dicho reduce el valor de la ciudadanía activa, a menos que esta sea también cautiva (de un partido, un movimiento, etc.). Los fundamentos de la participación directa pueden devenir en la sal de la democracia representativa. Pero no cabe equivocarse acerca de que los fundamentos de la representación son la base del sistema político democrático a nivel nacional. Intentar sustituir la democracia representativa puede resultar uno de los mayores riesgos para la democracia en la región, como se ha puesto de manifiesto en países con procesos populistas.

Quizás haya llegado el momento de que las organizaciones de la sociedad civil realicen un cambio programático. En vez de despreciar la democracia representativa por sus daños, ha llegado el momento de trabajar para el saneamiento de sus disfunciones. Y en lugar de pretender que las minorías activas lleguen a ser mayoritarias -algo que no parece posible- pueden prestar mayor atención a la necesidad de fortalecer la ciudadanía sustantiva. Estos dos elementos, el saneamiento de la democracia representativa y la creación de ciudadanía sustantiva, podrían convertirse en prioridades para la acción de los diferentes actores democráticos del Paraguay.

Fuente imagen de portada: Caras & Caretas

* Sociólogo español, ha sido investigador de FLACSO en varios países: Chile, Guatemala y Costa Rica, donde reside. Escribe sobre sociología política para revistas especializadas en Costa Rica y España

Pensando la salud pública desde el sistema penitenciario

Por Guillermo Sequera

Las últimas crisis ocurridas en las cárceles de nuestro país ofrecen la oportunidad de colocar en debate algunos conceptos de salud pública. Sin dudas, los mismos podrían resultar  de gran contribución para las actuales reflexiones acerca de la reforma del sistema penal paraguayo. 

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Nos siguen pegando abajo

*Por Jorge Rolón Luna

Entrega de intereses nacionales, traición, defección, negociado, autodenigración, bochorno, personajes impensados, ladrones flagrantes, Bolsonaro, un simulacro de juicio político, un par de reculadas brutales. Esta inacabada serie de “episodios” derivados del Acta Maldita tuvo de todo 

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Prisión preventiva y crisis penitenciaria: Sobre la autoridad del Estado para castigar

Por Carlos César Trapani.

El Congreso Nacional aprobó modificar el artículo 245 del Código Procesal Penal que regula el uso de las medidas alternativas a la prisión preventiva en los procesos penales. En él se establecen los tipos de medidas existentes y los casos en que, actualmente, no procede su aplicación. Cuando quede promulgada la modificación, los jueces no se verán tan limitados para disponer de estos mecanismos en vez de la prisión. Este precepto es de los más importantes en la práctica judicial. Dado que la mayoría de los presos están en la cárcel sin condena, las reglas que definen si uno va estar libre durante el proceso que afronta son, en estas circunstancias, casi todo. Seguir leyendo “Prisión preventiva y crisis penitenciaria: Sobre la autoridad del Estado para castigar”

Itaipú: ¿Qué enseñanzas nos deja 2009 de cara a 2023?

Gustavo Rojas

Pasado casi un año de la Presidencia de Mario Abdo, la ciudadanía sigue expectante en cuanto a las definiciones del Poder Ejecutivo sobre cómo afrontar la renegociación del Anexo C del Tratado de Itaipú en el 2023. Esta negociación establecerá las bases financieras de la binacional, con el potencial de redefinir toda la estructura del tratado. Se trata de la principal negociación internacional a ser encarada en la historia contemporánea del Paraguay, un hecho que tiene el potencial de transformarse en un hito para el proceso de desarrollo nacional.

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La Agenda Digital llegó. No desperdiciemos esta oportunidad

Por Claudia Pompa

Existen momentos en que los países viven momentos de inflexión críticos. Momentos caracterizados por el tipo y la calidad de las decisiones que se toman y por las implicancias e impacto de las mismas a largo plazo. Para el sector de tecnologías de la información y comunicación (TICs), este es uno de esos momentos. El Congreso acaba de aprobar un préstamo de 130 millones de dólares otorgado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) para respaldar el proyecto Agenda Digital. El Ministerio de Tecnologías de la Información y Comunicación (MITIC) será el ente público responsable de la implementación de la agenda por un periodo de seis años.

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