El avance de las derechas en América Latina: ¿un paréntesis en el ciclo progresista?

por Charles Quevedo

«Paraguay desde el comienzo fue el eslabón más débil del Mercosur» escribió Emir Sader cuando un golpe parlamentario destituyó al presidente paraguayo Fernando Lugo en el año 2012. Tres años antes, en 2009, fue depuesto —tras haber sido secuestrado por militares— el presidente Zelaya en Honduras. Si bien el golpe en Paraguay causó cierta alarma en la región, éste parecía más un hecho relacionado con la singularidad histórica y política del Paraguay, de escasa incidencia en los procesos regionales.

Esta sucesión de derrotas y crisis en los gobiernos progresistas latinoamericanos, sumada al impresionante avance político y electoral de las derechas neoliberales, parecen indicar un viraje en el ciclo político.

Muy pocos se hubieran imaginado entonces que Honduras y Paraguay eran los primeros síntomas de una crisis que muy pronto afectaría a todo el ciclo progresista. Con las derrotas del kirchnerismo en las presidenciales y del chavismo en las legislativas, en 2015, así como la de Evo en el referendum a principios de 2016, la crisis del ciclo progresista y el avance de las derechas ya eran indiscutibles. Finalmente, en agosto de 2016, un golpe de Estado se consumó en Brasil y Rousseff fue apartada de sus funciones presidenciales.

Esta sucesión de derrotas y crisis en los gobiernos progresistas latinoamericanos, sumada al impresionante avance político y electoral de las derechas neoliberales, parecen indicar un viraje en el ciclo político. Sin embargo, la baja capacidad hegemónica de los nuevos gobiernos conservadores y las contratendencias que se manifiestan en los procesos en curso sugieren otras posibilidades para el futuro.

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Para comprender mejor esta coyuntura, Gustavo Codas señala la utilidad de introducir la diferenciación entre un «ciclo corto» y otro «ciclo largo» propuesta por Manuel Monereo. Es necesaria una mirada que abarque, simultáneamente, dos dinámicas diferentes y presentes en esta etapa. Por un lado, una «dinámica político-electoral», un ciclo corto que llega a su final con las derrotas electorales sucesivas, golpes de estado y asaltos a los gobiernos por parte de las derechas. Por otro, un ciclo largo, una «dinámica de movilización social» y contestación al fracaso del proyecto neoliberal que está lejos de agotarse. El ascenso de las luchas sociales y políticas antineoliberales fue una de las bases principales del ciclo progresista. Sin embargo, la tensión entre las dinámicas de «lo social» y «lo político-electoral», es decir, entre las formas de organización y lucha social, y las formas de organización y lucha política, nunca fue resuelta por los gobiernos progresistas.  La relativa convergencia de ambas fue, precisamente, uno de los factores que permitió el acceso de actores progresistas a los gobiernos latinoamericanos.

El ascenso del ciclo progresista, iniciado con la victoria de Chávez en 1998, fue la resolución de una crisis de hegemonía del neoliberalismo en varios países latinoamericanos. La baja capacidad hegemónica es una característica notoria en los gobiernos neoliberales. Para definir políticamente el neoliberalismo, Sthatis Kouvélakis toma como punto de partida la constatación de que debido a su carácter fundamentalmente destructor del compromiso social anterior (de tipo «keynesiano» o «fordista»), éste no ha podido emerger más que sobre un trasfondo de derrotas y retrocesos de las clases subalternas. Y se consolidó debido a la ausencia de perspectivas alternativas, en la medida de su incapacidad de construir un proyecto que pudiera obtener la adhesión mayoritaria.

La economía latinoamericana se encamina hacia un momento crítico: la caída de los precios de las materias primas se combina con una fuerte volatidad de capitales.

Cabe recordar que el ascenso neoliberal fue posible por la combinación de dos crisis en la izquierda mundial: la del «socialismo realmente existente», que culminó con la desintegración de la Unión Soviética en 1991; y de la socialdemocracia europea que terminó abandonando su programa de posguerra en esos años. En Latinoamérica la destrucción y debilitamiento sistemáticos de las organizaciones populares que presionaban por el compromiso social, impulsados por las dictaduras militares, fueron la condición de posibilidad del avance neoliberal. No por casualidad, el ciclo neoliberal fue iniciado por las dictaduras militares chilena (1973-1990) y argentina (1976-1983).

El neoliberalismo, en términos gramscianos, se trata de un tipo de «dominación sin hegemonía», fundada sobre la pasividad  —o más exactamente, la «pasivización» de las clases subalternas— más que sobre su consentimiento activo, el cual presupone concesiones materiales que el capitalismo ya no se puede permitir en una coyuntura de crisis sistémica. Las fuerzas reaccionarias que avanzan en el presente no son portadoras de ningún proyecto con capacidad hegemónica. Por su parte, las fuerzas populares —que hunden sus raíces en las resistencias a las dictaduras militares en los años setenta y ochenta, y, luego, al neoliberalismo en los noventa— no han sido anuladas o desactivadas completamente, teniendo capacidad de seguir movilizadas.

Aunque en la Argentina de Macri el deterioro social no desembocó aún en paro general ni masivas movilizaciones, sí afloran contratendencias en otros puntos de la región. Son varios los datos a tomar en cuenta: el fracaso en Chile del gobierno neoliberal de Piñera y el ascenso de las luchas contra la privatización de la educación y las jubilaciones; la declinante popularidad de Cartes —otro empresario impulsor del proyecto neoliberal en Paraguay— y las crecientes movilizaciones populares contra su ilegal intención de enmienda constitucional para la reelección; las ascendentes movilizaciones que enfrenta el gobierno reaccionario de Temer, en Brasil, dónde Lula lidera las encuestas para las elecciones del 2018.

La economía latinoamericana se encamina hacia un momento crítico: la caída de los precios de las materias primas se combina con una fuerte volatilidad de capitales. El escenario económico de la restauración conservadora es muy poco favorable. No solamente los gobiernos progresistas están en dificultades, los nuevos gobiernos conservadores también lo están.

El ciclo largo de luchas por la construcción de un proyecto posneoliberal continúa abierto. Eso no significa que los progresismos no deban revisar profundamente su forma de hacer política —que en muchos casos no se diferenció mucho de la tradicional, con sus componentes corrupción y autoritarismo—, renovando sus vínculos con movimientos sociales y organizaciones populares. Lo que empieza en Latinoamérica es una fase de gobiernos de derecha en estado crónico de crisis hegemónica. Bien podría tratarse de un paréntesis dentro del ciclo progresista.

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