La efectividad del discurso populista: entre la construcción del mito político y la persistente búsqueda del Leviatán

Por Carlos Olmedo*

Históricamente, el fenómeno populista ha sido tratado en la teoría política como una cuestión accesoria. Sin embargo, algunos acontecimientos políticos ocurridos en las últimas décadas han redireccionado el foco de atención. La escalada de descontento generalizado hacia la calidad de la política y el debilitamiento ético-político de los partidos tradicionales generaron una alta percepción de ilegitimidad del sistema político. Así, el discurso populista, con su efectividad en la lucha por el poder, es hoy central como categoría de análisis.

La democracia liberal logró instalarse en el imaginario colectivo de las sociedades contemporáneas como un prototipo deseable de sistema político. Paradójicamente, su intachable reputación a nivel discursivo no siempre condice con su correlato en el terreno práctico. Esto se da, principalmente, en países donde existe un magro desempeño de las instituciones políticas en el abordaje de las problemáticas sociales. En ellos, las voces de reclamo suben de tono y se instala el descontento social. Como consecuencia se produce un notorio divorcio entre las élites gubernamentales y las clases populares.

Estas circunstancias favorecen la propagación de novedosos discursos rupturistas que rápidamente logran gran receptividad en las masas. Esto debido a su capacidad de movilizar a colectivos sociales excluidos. El vehículo utilizado para el efecto es el difícilmente rebatible mensaje anti-institucionalista y contestatario.

La vocería de mensajes como este suelen recaer en líderes carismáticos que, como observa el sociólogo argentino Torcuato Di Tella, no tienen origen “campesino ni obrero”, sino todo lo contrario: provienen de la élite. La importancia del mensajero es central ya que el éxito de su misión depende justamente de su capacidad de transmitir cierta visión de mundo. De esta manera logra generar conciencia en las masas sobre las injusticias sociales de las que son víctimas.

Más que como una cuestión ideológica, el fenómeno populista debería ser visto como una estrategia electoralista. Es a partir de esta idea, precisamente, que se puede entender el porqué de su transversalidad dentro del espectro político. Y es que se hace patente tanto en la izquierda como en la derecha. Además, el discurso populista aparece como respuesta ante el eterno “via crucis” que supone la postergación de las demandas sociales y la erosión de la confianza en los mecanismos institucionales.

Para la politóloga argentina María Esperanza Casullo, el populismo “es un género discursivo que se construye en base a un mito político”. Curiosamente, ese mito político se configura a partir de un relato cuya estructura argumentativa es equiparable a la de una ficción literaria. Se plantea, por lo tanto, una marcada dualidad en la que claramente se identifican protagonismos y antagonismos confrontados en una puja por intereses y valores irreconciliables.

Este rasgo característico de la retórica populista la convierte en un mensaje revestido de gran emotividad que se articula ingeniosamente en base a la construcción de un relato osado. Podría calificarse, incluso, de “hollywoodesco” ya que presenta a la figura del héroe mesiánico como el personaje capaz de capitalizar ese descontento social. Este apela a moralismos irrefutables que justifican la cruzada contra los villanos de turno: ellos/los de arriba. Es en la dicotomía “nosotros vs. ellos”, o como decía Ernesto Laclau “los de arriba vs. los de abajo”, donde el discurso populista adquiere fuerza, se arropa de legitimidad. Y así, se vuelve un mensaje sumamente seductor para las masas.

La fórmula del éxito del discurso populista está visiblemente asociada a tres elementos en particular: la identificación del descontento social, la interpelación pública del villano a ser vencido y la promesa de un esperanzador porvenir. Esta gesta audaz podrá ser materializada, única y exclusivamente, a partir de la intermediación del intrépido caudillo.   

Todo esto conlleva a encender la mecha para la aparición de nuevas figuras “anti-establishment” o “rockstars políticos” que realizan su puesta en escena en el campo político. Buscan acaparar toda la atención mediática posible, pero ya no tratando de encabezar las “acartonadas” encuestas tradicionales. Ahora, lo más atractivo para ellos pareciera ser liderar las listas de “tendencias” en las redes sociales o ser tapa recurrente de los diarios de mayor tirada.

En la coyuntura nacional, lo problemático del relato populista se da al coincidir con ciertos aspectos propios del tejido social que tienen que ver con la cultura política y su anclaje histórico. La narrativa populista embiste y se mezcla con la persistencia de una matriz de pensamiento autoritario que constantemente evoca la nostalgia de un pasado “mejor”. Esta situación termina por catapultar el clamor popular en demanda de medidas extremas, aun si estas son incompatibles con el régimen democrático y se acerquen sigilosamente al “ventana-abiertismo” ideológico. De esta forma, se configura un peligroso brebaje entre populismo y autoritarismo porque, como bien nos recuerdan Inglehart y Welzel, vivimos más en el pasado de lo que pensamos”.

La emergencia del populismo autoritario pone de manifiesto la impaciente necesidad de redención de un pueblo y su desesperada apelación a la noción hobbesiana de Estado. El filósofo inglés Thomas Hobbes encontró en la figura del Leviatán, ese temible monstruo marino de la mitología hebrea que se devoraba todo a su paso, la metáfora adecuada para insistir en la impronta de un Estado con atribuciones excesivas como camino irremediable hacia la convivencia social (el Estado Leviatán). Siguiendo esta línea, y teniendo en cuenta la supuesta naturaleza perversa del ser humano de la teoría de Hobbes, el Gobierno es comparable a una bestia aterradora con una fuerza destructiva inmensurable, pero a la vez necesaria para la paz social.

El poeta mexicano Octavio Paz se refería al Estado como un “Ogro filantrópico”, que peca de autoritario y se escuda en una supuesta sensibilidad social. Es preciso que, a partir de él, reflexionemos sobre los políticos vanidosos y las consecuencias negativas del poder desmedido. Y así también, echemos un manto de duda sobre ciertas fórmulas políticas supuestamente disruptivas que pretenden instalarse como ideales deseables de buen gobierno. Ya que, por lo general, los ejes discursivos de esos relatos se articulan meticulosamente en la búsqueda de naturalizar las figuras de “déspotas ilustrados” que se autoperciben como guardianes del interés nacional. Pero que, en definitiva, tan solo persiguen un oscuro despropósito: la acumulación unipersonal del poder como salida política deseable.

*Abogado (UNA)/ Lic. en RRII (UA)/ MA en RRII (Universidad de Leeds, Reino Unido).

Imagen de portada: Financial Times. Recuperado de: https://www.ft.com/content/4faf6c4e-1d84-11e9-b2f7-97e4dbd3580d

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