De abrazos republicanos y facciones en colorados y liberales

Por Marcos Pérez Talia.

Las facciones de los partidos no gozan de buena prensa y en muchas ocasiones se consideró que formaban parte de una patología de la política. Sin embargo, tienen tanta vigencia como los mismos partidos. Una de las características de nuestros partidos tradicionales, el Colorado y el Liberal, es que han estado fuertemente faccionados desde su misma génesis en 1887. Al interior de ambos partidos convivieron históricamente diversos grupos que se combatieron enérgicamente entre sí. Pero, a pesar de esta lucha tenaz, han sabido –en la mayoría de los casos– resolver sus conflictos y mantenerse unidos en la organización. Esta forma de zanjar los conflictos internos muchas veces tuvo trayectorias distintas en cada partido. Estas han variado, por ejemplo, desde “arriba” o desde “abajo”, como planteo en este artículo. El mismo momento de fundación de ambos da una pauta.

Cuando se creó el Centro Democrático –antecedente del Partido Liberal– ya se observaron dos maneras de entender la política: una radical y extrema, liderada por José de la Cruz Ayala (Alón); y otra más moderada, defendida por José Zacarías Camino, Cecilio Báez y otros. La opción por una u otra se realizó a través del voto directo de los participantes, donde triunfó la segunda. No obstante, luego de la confrontación eleccionaria de ambos modelos, ganadores y perdedores suscribieron el acta e integraron la Comisión Directiva.

El coloradismo tampoco estuvo exento de diversidad al momento de su fundación. José Segundo Decoud y Juan C. González se ubicaban ideológicamente, tal vez, en las antípodas de Bernardino Caballero. Pero eso no significó un problema para que, sin siquiera someter a votación, pudiesen articular un proyecto de partido político. La posibilidad de constituir y consolidar un partido oficialista, fundado desde el ejercicio del poder, sirvió de incentivo suficiente para que coincidieran hombres tan disímiles como prestigiosos.

Para el politólogo italiano Ángelo Panebianco las características organizativas de un partido dependen, entre otras cosas, de su historia. Plantea que las peculiaridades del periodo de formación pueden ejercer su influencia sobre aquellas, incluso a decenios de distancia. Si tomásemos esta hipótesis como válida, podríamos asegurar que el coloradismo es más proclive a la concordia “desde arriba”, a pesar de las diferencias, sobre todo en función de poder. Y que el liberalismo resuelve mejor sus conflictos por vía de elecciones, o sea, desde “abajo”, especialmente desde la oposición.

Pero la realidad es bastante más diversa. Las facciones de ambas agrupaciones políticas no solo pactaban entre ellas –a modo de conciliación– sino también con las facciones del partido rival, de modo a derrotar a su adversario interno. Asimismo, abundan ejemplos de luchas entre facciones del mismo partido que acabaron en caídas presidenciales.

En cambio, pareciera que existen menos ejemplos de reconciliación interna, sobre todo luego de periodos de severas crisis al interior de los partidos. El antecedente más importante –aunque no el único- de reunificación del coloradismo previo a 1989 se dio el 27 de octubre de 1955. Esa gran unidad partidaria sirvió para que “guiones” y “democráticos” depusieran su vieja lucha y pasaran a ser únicamente stronistas. No obstante, la unidad del 55 no habría de durar mucho, ya que el exilio de Epifanio Méndez Fleitas y su grupo, así como la huelga general obrera de 1958, marcarían el comienzo de una nueva crisis y ruptura. Antes de 55, el único antecedente fue la Convención de marzo de 1938, que fue testigo de la unidad partidaria luego del enfrentamiento entre abstencionistas y eleccionistas (1928-1938), aunque con menos trascendencia que la del 55 y efectos igualmente poco duraderos.

En el liberalismo, por el contrario, no abundan ejemplos de magnas conciliaciones partidarias y abrazos de concordia, ni siquiera antes de 1989. El partido supo convivir con sus distintas grietas: cívicos vs. radicales en la década de 1890; saco puku vs. saco mbyky previo a la guerra civil de 1922/23; dialoguistas vs. intransigentes durante el stronismo. En todo caso, una de ellas acabó imponiéndose sobre la otra.

La era democrática cambió las reglas de juego. Con la adopción del voto directo, el sistema de listas cerradas y la representación proporcional en las internas de los partidos, las facciones –que existieron siempre– se institucionalizaron, se volvieron vitales y se autonomizaron del líder de turno. No obstante, se proyectarían más continuidades que cambios.

En el coloradismo primó, aunque no en todas las ocasiones, un espíritu de abrazo republicano a fin de deponer temporalmente la lucha interna, de cara a seguir conservando el poder. Seguramente el ejemplo de 1998 es el más claro, producto no solo de la polarización extrema entre facciones sino también de la paridad de fuerzas. En 2003, 2013 y 2018 –con menor polarización y correlación de fuerzas– se dio también la unidad con vistas a las elecciones.

En el liberalismo la cuestión fue distinta. La concordia se dio principalmente como consecuencia de las elecciones. Tras la transición a la democracia, de cinco partidos liberales existentes durante el stronismo, las elecciones de 1989 mostraron que solo el PLRA era el que tenía raíz popular. Los demás pasaron simplemente a integrarlo, claramente por la mayor capacidad de “arrastre” de este último. Esta es la concordia “desde abajo”. El único momento en que hubo una concordia “desde arriba” fue en julio de 2012, estando en función de gobierno luego del juicio político a Lugo, para arreglar el escándalo del fraude de las urnas delivery. Pero, tal como ocurrió entre los colorados, la fraternidad solo duraría lo que duró el gobierno.

Esto nos lleva a introducir otro concepto de Panebianco que facilita o no los acuerdos internos: los incentivos colectivos y selectivos. Los primeros tienen relación con cuestiones de identidad partidaria, de solidaridad o incluso de ideología. Los segundos, más que nada, con cuestiones materiales (cargos, recursos económicos, etc.). Dependiendo de los incentivos disponibles, los partidos son más proclives a pactar o luchar. Es decir, no solo hay una línea histórica del partido –una suerte de inercia– que ejerce su influencia en el modo de funcionamiento, sino también los distintos incentivos inciden en la coordinación de los grupos internos. Así, estar en el gobierno tiende a favorecer acuerdos entre facciones dada la cantidad de incentivos selectivos disponibles, salvo en momentos de extrema polarización (tal vez producto del fraude, como se dijo en la ANR luego de 1992 o 2007). O, al revés, luego de un fraude (urnas delivery en el PLRA) los incentivos del gobierno –recién adquiridos en el caso del PLRA- favorecen la concordia de cara a seguir conservando el poder.

Al interior de ambos partidos convivieron históricamente diversos grupos que se combatieron enérgicamente entre sí. Pero, a pesar de esta lucha tenaz, han sabido –en la mayoría de los casos– resolver sus conflictos y mantenerse unidos en la organización. Esta forma de zanjar los conflictos internos muchas veces tuvo trayectorias distintas en cada partido. Estas han variado, por ejemplo, desde “arriba” o desde “abajo”

Vista la diversidad de factores en juego a la hora de favorecer acuerdos, no debe parecer extraño que en el contexto actual la ANR lleve a cabo un nuevo acuerdo de reconciliación entre las fuerzas lideradas por el presidente Abdo Benítez y el expresidente Horacio Cartes. Esta concordia tiene todos los condimentos: estar en el gobierno, severa crisis, necesidad de pactar para sobrevivir. Y es congruente con la historia. Aunque la historia también muestra que estos pactos no son de larga duración.

En el liberalismo, en cambio, parece extraña la idea de que “el PLRA debe aprender de la ANR el famoso abrazo republicano”. No solo no existen incentivos que favorezcan un acuerdo (como los incentivos selectivos que, por ejemplo, llevaron a una de las facciones liberales a pactar con la ANR en el periodo anterior) sino, además, no condice con la historia del partido.

Está claro que la historia no es un determinismo ad infinitum. Pero existen ciertas trayectorias que tienen la capacidad de reproducirse frecuentemente. Pareciera, como se dijo más arriba, que la vida faccional sigue mostrando más continuidades que rupturas.

Ilustración de portada: Roberto Goiriz

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