Artículos Pepe Mujica como rara avis en la Ciencia Política: entre instituciones y biografías junio 1, 2025junio 1, 2025 🔊 Escuchar la entrada Por Marcos Pérez Talia La Ciencia Política, desde su consolidación como disciplina, ha tendido a mirar el poder a través del lente de las instituciones. Estudiar cómo funcionan los sistemas electorales, los partidos, los congresos, los regímenes de gobierno ha sido —y sigue siendo— fundamental para entender las democracias. Y es lógico: las instituciones permiten comparar, teorizar, encontrar patrones. En América Latina, esta mirada tuvo una consigna clara durante décadas: las instituciones importan. Se creyó, con buenas razones, que mejorar la calidad democrática era cuestión de fortalecer reglas del juego claras, estables y legítimas. Pero en esa búsqueda por diseñar sistemas más eficaces y predecibles, la Ciencia Política dejó de lado, o al menos relegó, a quienes realmente mueven esas instituciones: los políticos. ¿Qué sabemos de ellos más allá de sus cargos o afiliaciones partidarias? ¿Cuánto analizamos de sus trayectorias, de sus decisiones, de sus motivaciones? Como decía Giovanni Sartori, no basta con estudiar la máquina, también hay que estudiar a los maquinistas. No se trata de una preocupación nueva. Desde Aristóteles —cuando afirmaba que el ser humano es un animal político— hasta Cicerón o Plutarco, los clásicos ya se ocupaban de las virtudes y defectos de quienes ejercían el poder. Durante la Edad Media, floreció la literatura de los espejos de príncipes, aunque más adelante, la teoría del contrato social puso nuevamente el foco en las instituciones. Fue recién en el siglo XX, con autores como Weber, Michels o Mosca, que volvió a hablarse con fuerza de liderazgos, élites y partidos desde una mirada más personalista. Aun así, en momentos clave como las transiciones democráticas de América Latina, la pregunta principal seguía siendo cómo rediseñar el sistema institucional, no quién debía conducirlo. La figura del político como sujeto complejo —con ideas, contradicciones, pasados y principios— se analizaba más desde el periodismo, la historia o la psicología que desde la politología. Frente a esto, el maestro Manuel Alcántara Sáez propuso un giro necesario. En su libro El oficio de político, Alcántara defiende la idea de que la Ciencia Política no puede seguir ignorando a los actores. No se trata de romantizarlos, sino de entenderlos. De preguntarse por su vocación, su ambición, sus límites, su forma de pensar y de actuar. En su enfoque, el político es un sujeto con agencia, alguien que no solo es moldeado por las instituciones, sino que también las interpreta, las desafía o las resignifica. Y es precisamente desde esta mirada que vale la pena detenerse en el caso de José “Pepe” Mujica. Mujica es, en muchos sentidos, una anomalía. Fue guerrillero y presidente. Vivió más de una década preso, y luego gobernó uno de los países más estables de la región. Su estilo fue austero por elección, y eso lo volvió una figura política inusual en el escenario contemporáneo. No intentó parecer lo que no era. No buscó disfrazarse de “abuelo entrañable” ni maquillar su historia. Tomó las armas en tiempos de dictadura, y cuando llegó la democracia, apostó a las instituciones sin negar su pasado. Fue coherente. No se inventó una nueva biografía para ser aceptado: se presentó como era, con su historia a cuestas. Y cuando llegó al poder, no hizo de su figura un culto, sino un canal. Se colocó al servicio de una idea: que se puede hacer política sin cinismo, sin espectáculo, sin renunciar a los principios. Era consciente de sus límites, y no pretendía ocultarlos. Y en tiempos donde la política parece estar cada vez más dominada por el cálculo y la imagen, eso ya es un gesto profundamente disruptivo. En su figura se encarna una forma de liderazgo distinta, que no busca agradar, sino decir algo verdadero. Un liderazgo que no se basa en el marketing, sino en la palabra reflexiva y la experiencia vivida. Tampoco vivió de la política, como muchos, para aprovecharse personalmente. No acumuló riquezas ni privilegios, ni utilizó el poder como trampolín para sus propios intereses. Y si bien venía de una tradición revolucionaria, su gobierno no fue una revolución. Ni cerca. Mujica no gobernó como guerrillero, sino como estadista. Implementó reformas progresistas —en materia de regulación del cannabis, derechos civiles, género—, pero lo hizo desde el respeto al marco institucional uruguayo, sin forzar rupturas ni dinamitar consensos. Eligió no seguir el camino de Chávez o Correa, aunque contaba con el capital simbólico y político para intentarlo. Optó, en cambio, por fortalecer la senda ordenada del Uruguay democrático. En eso, su visión era profundamente pragmática: la democracia no era para él un medio, sino un fin en sí mismo. Y cuando algo cuesta tanto construirlo, lo sensato es cuidarlo. Mejor avanzar de forma gradual y predecible que abrir la puerta a lo impredecible y potencialmente destructivo. Mujica no gobernó para contentar a nadie. Ni a la extrema izquierda, que pudo haber demandado un giro más radical, ni a la derecha, a la que desafió con su apoyo al giro latinoamericano, las políticas de redistribución o los avances en derechos civiles. Se paró en un lugar incómodo pero firme, desde el cual apostó a seguir perfeccionando —sin atajos ni dramatismos— la democracia uruguaya. Estudiar a Pepe Mujica hoy no es un acto de admiración ingenua ni un homenaje tardío. Es una tarea necesaria para una Ciencia Política que quiera volver a mirar a los actores con seriedad, sin caer en la caricatura ni en la deshumanización. Mujica, como señalaba Alcántara, encarna ese tipo de político que no solo vive de la política, sino para la política. Que no reniega de su pasado, ni lo usa como escudo, sino que lo pone al servicio de un proyecto común. La advertencia que hizo Manuel Azaña al final de la Segunda República Española resuena todavía con fuerza: “Tenemos república, pero no republicanos.” Teníamos instituciones, pero no teníamos actores dispuestos a sostenerlas con convicción, sacrificio y coherencia. Esa frase bien podría aplicarse hoy a muchos contextos democráticos latinoamericanos. Pepe Mujica, aun con su pasado insurgente, supo consolidar instituciones y reafirmar la democracia. No gobernó desde la revancha ni desde la nostalgia, sino desde la responsabilidad. Fue, en esencia, ese republicano dentro de la república que Azaña añoraba: alguien capaz de habitar el poder con sobriedad, de respetar los límites del sistema y de fortalecerlo con su ejemplo. Quizás ahí esté el verdadero desafío para la Ciencia Política de hoy: volver a mirar a los actores sin temor a la complejidad. Entender que las instituciones no existen en el vacío, que su eficacia y legitimidad dependen de quienes las habitan. Mujica nos recuerda que los políticos no son solo piezas de un engranaje, sino seres humanos con historia, convicciones y contradicciones. Y que en ese espesor biográfico también se juega la calidad de nuestras democracias. Estudiar a Mujica no es apartarse del rigor académico; es, por el contrario, recuperar una dimensión muchas veces olvidada: la política como ética encarnada, como práctica situada, como oficio con rostro.