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La muerte de Fernanda Benítez: un grito liberal por la dignidad y la justicia


Por Diego Rojas Llamosas

¿Puede el liberalismo ofrecer una respuesta ética y política frente al feminicidio? Este texto propone una mirada desde esa tradición —muchas veces mal entendida o reducida al mercado— para pensar la brutal muerte de Fernanda Benítez y lo que revela sobre nuestra sociedad.

Hay una manera de ver el mundo desde una perspectiva liberal que dista de ser fría o deshumanizada. Lejos de reducirse a mercados o teorías abstractas, el liberalismo, en su esencia, es una filosofía apasionada por la defensa de las personas, especialmente de las más vulnerables. Es un grito por la dignidad, por el derecho a la vida, a la libertad y a un proyecto propio de existencia. La trágica muerte de Fernanda Benítez, una joven de 17 años brutalmente asesinada y calcinada en Coronel Oviedo, Paraguay, nos obliga a mirar esta realidad con los ojos del liberalismo originario, aquel que puso a la persona en el centro y que hoy, desviado por un enfoque economicista, parece haber olvidado su misión social.

Fernanda Benítez no es solo un nombre en las noticias, ni una estadística más en la lista de feminicidios que avergüenzan a Paraguay. Su historia —golpeada, desvanecida y quemada viva, según las hipótesis iniciales— refleja una sociedad enferma, corroída por la corrupción, la indiferencia y la pérdida de valores. No es un hecho aislado: la muerte de Fernanda es la consecuencia de un sistema que ha fallado en educar y proteger, sobre todo a las mujeres, a las niñas, a las más expuestas. Los liberales debemos preguntarnos: ¿dónde fallamos?

Es simplista culpar solo a la ausencia del Estado, como si pudiéramos lavarnos las manos señalando a las instituciones. Sí, hay falencias institucionales: una justicia lenta y corrupta, una policía desbordada, políticas públicas insuficientes. Pero el problema va más allá. Es un daño profundo como sociedad, del cual todos debemos hacernos cargo. ¿Cuánta violencia dejamos acumular por comodidad, mirando al otro lado porque no es nuestro problema? Peor aún, ¿cuántas veces callamos por miedo a abrazar banderas que parecen más “de izquierda” o “progresistas”, temiendo que se dude de nuestra identidad como “liberales”? Una etiqueta que se usa para muchas cosas, pero cada vez menos para defender lo que debería ser su centro: la libertad de las personas. Y así, la violencia desborda en tragedias como la de Fernanda, nos espantamos, y luego seguimos en la misma.

El liberalismo, en sus orígenes, fue revolucionario. Defendió la libertad individual y el derecho a vivir sin temor, valores que hoy nos interpelan al pensar en Fernanda Benítez, cuya vida fue arrebatada por una violencia que ese liberalismo originario habría condenado sin titubear. John Stuart Mill abogó por un mundo donde las personas, sin distinción de género, persiguieran su felicidad y desarrollaran sus capacidades, denunciando la subordinación de las mujeres como una afrenta a la razón. Antes, Mary Wollstonecraft, madre del feminismo moderno, escribió con pasión sobre la necesidad de educar a las mujeres y reconocerlas como iguales, desafiando las estructuras de poder que las subordinan.

El liberalismo fue un movimiento social antes que económico, la voz de los oprimidos clamando por derechos básicos: vivir, decidir, prosperar. Fernanda, con sus 17 años y sus sueños truncados, nos recuerda que ese espíritu debe proteger a las más vulnerables. Sin embargo, hemos permitido que el liberalismo se reduzca a una defensa simplista del mercado, olvidando que la libertad es también garantizar que una adolescente como Fernanda pueda soñar sin que la violencia trunque su vida. Y cuando el liberalismo ignora a los vulnerables, pierde su esencia y se vuelve cómplice de estas realidades.

La muerte de Fernanda, embarazada y víctima de un crimen atroz, nos recuerda que hemos perdido el rumbo. La corrupción, la impunidad y la normalización de la violencia contra las mujeres —como la que sufrió Fernanda— son síntomas de la erosión de los valores liberales: la dignidad, el respeto por la vida, la protección de derechos. La economista María Blanco, desde un liberalismo con rostro humano, nos recuerda que la libertad debe incluir a las más vulnerables, aquellas cuya voz, como la de Fernanda, ha sido silenciada.

Paraguay enfrenta un desafío inmenso. La indignación por Fernanda, vista en las calles, redes sociales y el duelo distrital en Coronel Oviedo, es un inicio. Pero no basta con llorarla o exigir justicia solo para ella. Desde una perspectiva feminista liberal, debemos reconstruir un sistema que proteja a las Fernandas del futuro. Eso requiere instituciones fuertes, leyes efectivas, una justicia que vea el dolor de las mujeres, educación que fomente el respeto. Sobre todo, como sociedad, debemos dejar la hipocresía, la comodidad y el miedo a las etiquetas, asumiendo nuestra responsabilidad.

No podemos normalizar la violencia. Cada feminicidio apuñala los principios liberales. Fernanda, con sueños y el derecho a ser madre (o a no serlo), fue silenciada por una brutalidad que nos avergüenza. Los liberales debemos exigir un Paraguay donde la libertad sea real, sobre todo para las mujeres.

Hemos fallado al permitir un liberalismo que olvida a las más vulnerables, como Fernanda, silenciada por la violencia. Pero su muerte no será en vano si reconstruimos un liberalismo feminista y humano, que ponga la vida y la dignidad en el centro. Porque el verdadero liberalismo no teme defender la justicia ni la libertad de todas. 

Y si no protegemos a las Fernandas del futuro, ¿de qué sirve llamarnos liberales?

* Diego Rojas Llamosas es abogado por la UCA, especialista en Derecho Electoral y apasionado por el liberalismo. 

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