Paraguay, multilateralismo post-hegemónico: continuidad diplomática, limitaciones estructurales y oportunidades emergentes

Fabiola F. Martinez Cabrera *
Paraguay, como Estado pequeño y mediterráneo, ha sostenido por décadas una política exterior marcada por su estabilidad diplomática e institucional. Esta continuidad, sin embargo, enfrenta nuevas tensiones. El escenario internacional actual se caracteriza por su volatilidad, y ya no se trata de un orden liberal dominante, sino de un contexto post-hegemónico: mayor presencia de esquemas multilaterales, competencia dinámica entre potencias, cadenas productivas fragmentadas y alianzas menos previsibles.
En ese marco, algunas decisiones diplomáticas adoptadas históricamente por Paraguay generan nuevas preguntas. Si bien los alineamientos tradicionales han garantizado cierto respaldo internacional y previsibilidad, también pueden estar condicionando las posibilidades del país. Especialmente en un entorno donde las principales oportunidades económicas, comerciales y de inversión se concentran en actores y potencias con los que Paraguay mantiene vínculos limitados. Persistir en esta trayectoria, sin revisión estratégica, podría significar obviar herramientas claves para el desarrollo nacional y la integración regional, como compromiso y persistencia en la dinámica internacional actual.
La relación diplomática con Taiwán ilustra esta tensión. Paraguay es el último país de América del Sur, y el más grande de América Latina y el Caribe, en mantener relaciones formales con la isla. Esto se ha traducido en el incremento de exportaciones primarias, becas de formación y proyectos de cooperación técnica, como la capacitación en salud pública y tecnología agropecuaria. Pero también ha implicado no contar con un acuerdo directo con la República Popular China (RPC), el principal destino de exportaciones primarias de la región, en especial de productos clave, como la soja paraguaya. A medida que el debate interno se amplía, esta elección o posición deja de asumirse como un principio incuestionable y comienza a ser entendida como una estrategia concreta, con costos y beneficios que requieren revisión en función del contexto actual.
Las decisiones de política exterior no se explican únicamente por lógicas hegemónicas internacionales, sino también por la forma en que se organiza el poder domésticamente. Ciertas redes políticas e institucionales han tendido a privilegiar relaciones que fortalecen una estructura vertical de incentivos. Esto hace que las opciones internacionales sean, en parte, extensiones de lógicas internas. Si una alianza sostiene una forma de gobernar, también se mantiene por conveniencia doméstica del statu quo, no solo por evaluaciones geopolíticas.
En paralelo, Paraguay podría beneficiarse de proyectos de integración regional que le devuelvan centralidad logística. Su participación en el Corredor Bioceánico es una de esas apuestas. Esta obra busca conectar puertos del Atlántico con los del Pacífico, atravesando zonas productivas claves a desarrollar para países del Mercosur, atrayendo flujos de nivel internacional y reduciendo costos logísticos. La apertura a nuevos mercados y aliados será de extrema importancia. Requerirá de pragmatismo para su planteamiento, ejecución, y tan esperada redistribución para el desarrollo sostenible de comunidades chaqueñas y paraguayas en general. Para que esto se concrete, se necesitará más que presencia geográfica: se requerirá coherencia diplomática, acuerdos multilaterales, el fortalecimiento de nuestras binacionales y de capacidades institucionales con objetivos comunes.
El contexto geopolítico post-hegemónico del siglo XXI, caracterizado por un mercado más competitivo y aún menos predecible, exige decisiones más calculadas en materia de alianzas, uso de recursos y prioridades de bloque. En el caso paraguayo, su condición mediterránea no solo representa un desafío logístico, sino que vuelve indispensable concebir la diplomacia como una herramienta activa de inserción, conectividad y posicionamiento estratégico regional y global. Contrario a una simple prolongación de dinámicas políticas elitistas internas.
Mantener el rumbo exigirá una justificación estratégica clara; cambiarlo requerirá de capacidad política e institucional. En ambos casos, la política exterior necesita ser abordada como una función de Estado y no de gobierno. Esto supone planificación técnica de capital humano, diagnostico riguroso y objetivos bien estipulados de medio a largo plazo. Incluso la cautela, en este contexto, exige una actitud activa. Paraguay no puede quedar rezagado frente a un escenario geopolítico que, regional e internacionalmente, están redefiniendo sus prioridades socioeconómicas y geoestratégicas.
Fabiola F. Martinez Cabrera* es investigadora y analista paraguaya, egresada de la Maestría en Estudios Latinoamericanos de Georgetown University. Este escrito resume parte de su tesis de grado.
