Las bases del feminicidio: cómo la desigualdad estructural y el patriarcado sostienen la violencia de género

Por Verónica Villalba, Violeta Franco, Clemen Bareiro y Laura Bareiro
Cuando ocurre un nuevo feminicidio, un crimen que nos sacude de la subrepticia cotidianidad a la que nos tiene acostumbradas esta forma de violencia en nuestra sociedad, vuelven las mismas preguntas que pueden parecer retóricas: ¿Cuáles son las causas? ¿Por qué las mujeres son las víctimas? ¿Son los hombres responsables? ¿Por qué hablamos de machismo y patriarcado?
Sí, son las mismas preguntas de siempre, quizás porque las explicaciones y respuestas que encontramos o podemos dar, nos confronta con una trama compleja en la que se tejen nuestras relaciones, sexualidad, deseos, poder, límites y concepciones sobre nuestras vidas como mujeres, hombres y personas LGBTIQ. Lo que indefectiblemente nos lleva a re-preguntarnos, especialmente sobre aquello que nos duele y que no nos resignamos a que siga sucediendo.
El término feminicidio, es un neologismo que proviene del inglés “femicide”, y se refiere al asesinato de mujeres por razones de género. Diana Russell y Jane Caputi acuñaron el concepto de “femicidio”, para explicar el asesinato de mujeres a manos de hombres motivado por odio, desprecio, placer o un sentido de propiedad sobre las mujeres. Luego, la antropóloga mexicana y feminista Marcela Lagarde adoptó el término “feminicidio”, relacionándolo a la violencia de género.
El feminicidio, según Lagarde, se da cuando las condiciones históricas generan prácticas sociales agresivas y hostiles que atentan contra la integridad, el desarrollo, la salud, las libertades y la vida de las mujeres. Tanto esta forma de violencia, como el abuso y el acoso sexual, la violación, la explotación sexual y otras más, son parte de la violencia de género, es decir que tienen relación con el sexo y las construcciones sociales y culturales, tanto de quienes la sufren como de sus responsables.
Teniendo en cuenta que las causas se hallan relacionadas con este entramado social e histórico, podríamos hilar algunas posibles respuestas que nos lleven a comprenderlas mejor.
Primero, existen y predominan desigualdades sociales, culturales y económicas muy profundas en nuestra sociedad. La violencia de género es una de las consecuencias de las desigualdades que vivimos las mujeres en relación con los hombres. Además, nos atraviesan otras características como la edad, etnia, discapacidad, orientación sexual, identidad de género, raza, entre otras, que pueden ahondar esas diferencias o expresar formas distintas de ellas. Por ejemplo, un hombre urbano de clase media está favorecido frente a mujeres urbanas de clase media (en ingresos y calidad de empleo, por citar casos), pero esa desigualdad aumenta si tiene enfrente a mujeres pobres, indígenas o con discapacidad, agravando las condiciones para casos de violencia de género.
Segundo, la violencia de género se puede explicar como parte del disciplinamiento del sistema patriarcal. El patriarcado es un sistema social, cultural, económico y político que posiciona al varón (cis, blanco y heterosexual) con el suficiente poder y control para subordinar a mujeres, niños, niñas y toda población diferente a este perfil. Esto no significa que todos los hombres (cis, blancos y heterosexuales) sean controladores y puedan ser violentos, sino que existen normas, patrones y acciones que les otorga poderes sobre las mujeres y las demás personas.
Miremos cómo estos factores se reproducen continuamente. La Encuesta de Uso del Tiempo del 2016 reportó que las mujeres, en su mayoría, cuentan con más años de estudios que los varones. Los datos indican que el 22% de las mujeres estudian en promedio 13 o más años, mientras que en el caso de los hombres el 18% alcanza esa misma cantidad de años de estudio. A pesar de estudiar más, las mujeres no tienen ventaja en los índices de actividad económica. El 72% de los hombres reportó que se encuentran económicamente activos, superando al 48% de las mujeres en la misma situación. Claramente, más estudios no significa más actividad económica para las mujeres, en comparación con los varones.
Otra brecha de género está relacionada con las tareas de cuidados y tareas domésticas. La Encuesta de Uso del Tiempo del 2016, midió el tiempo en horas semanales dedicadas a tareas no remuneradas (tareas domésticas y de cuidado) diferenciando entre hombres y mujeres. El resultado mostró que las mujeres dedican 28,7 horas semanales a estas tareas, mucho más que las 12,9 horas semanales dedicadas por los hombres. Claramente, el uso del tiempo semanal refuerza la premisa cultural de que las tareas domésticas y de cuidado son asignadas a las mujeres.
Las desigualdades existentes son varias. Lo peor es que difícilmente puedan ser cambiadas desde el gobierno. Si nos fijamos en el acceso a cargos políticos de toma de decisión, en Paraguay la representación política de las mujeres es sólo del 23% en el congreso, con lo cual las leyes (y políticas públicas derivadas) son mayormente aprobadas por hombres. Así, difícilmente los gobiernos puedan cambiar la situación de desigualdad de género, si los hombres son dominantes en esas posiciones.
Sara Ahmed usa la expresión “muros de la violencia” para describir cómo los sistemas de opresión -el racismo, el sexismo y la homofobia- crean barreras físicas y sociales que excluyen y dañan a determinados grupos de personas. Estos muros se construyen a través de discursos, políticas y prácticas institucionales que mantienen incólumes las bases de la violencia, permitiendo que sigan actuando y reproduciéndose para que el sistema de opresión continúe.
En la violencia de género existe una pedagogía para las mujeres. Es decir, a través de esta forma de violencia nos enseñan lo que debemos o no debemos hacer. Por ejemplo, cuando las mujeres vivimos solas, sin parejas ni maridos, somos juzgadas o cuestionadas en nuestra sexualidad. Esto puede explicar por qué los índices de violencia son tan altos; Según el Min Mujer, en el año 2024, 31 mujeres fueron asesinadas por feminicidio, en el 87% de los casos, los victimarios han sido parejas o ex parejas de sus víctimas.
Las diferentes formas de violencia son expresión del disciplinamiento patriarcal que sigue generando condiciones que inciden en la profundización de las desigualdades, como también en crímenes y abusos, cuyas principales víctimas somos las mujeres. Es urgente, necesario y prioritario, cambiar estas situaciones históricas de desigualdades, de opresión y violencia, impulsando acciones que fortalezcan las redes y las instituciones responsables de erradicarlas.
*Veronica Villalba es Investigadora y Consultora en género y políticas públicas. Socia fundadora de la Asociación Paraguaya de Investigadoras Feministas (APIF).
*Violeta Franco es Socióloga. Investigadora. Docente universitaria. Socia fundadora de la APIF.
*Clemen Bareiro es Socióloga. Investigadora. Socia fundadora de EMANCIPA e integrante de la APIF.
*Laura Bareiro es Socióloga. Investigadora. Docente universitaria. Consultora en educación. Miembro fundadora de la APIF.
