Educación

Reforma docente: crónica de una urgencia que ya no admite silencios


Carla Fernández, Ph.D.

En Paraguay, las conversaciones más verdaderas suelen comenzar con una guampa de tereré. Bajo la sombra de un árbol, entre el murmullo del agua fría cayendo sobre la yerba y las pausas largas que invitan a pensar, alguien se atreve a decir lo que todos sabemos pero pocos se atreven a enfrentar: nuestra educación se encuentra en terapia intensiva. No se trata de un colapso repentino, sino de un deterioro progresivo, casi silencioso, marcado por calendarios escolares demasiado cortos, horas efectivas de clase cada vez más reducidas, maestros formados sin estándares de calidad y promesas oficiales que se desvanecen antes de cumplirse.

La UNESCO  registró que, en todo un año, un niño paraguayo recibe apenas 736 horas de clase efectiva, cifra que nos ubica entre los países con menor tiempo de enseñanza en América Latina. Debemos tener en cuenta que la meta de horas lectivas establecida por la misma organización es de 1200. El número de horas lectivas en Paraguay ya es preocupante, pero la realidad cotidiana lo agrava: lluvias intensas que convierten los caminos en barriales e impiden la asistencia, jornadas sindicales que paralizan el sistema y actividades institucionales que interrumpen las materias troncales reducen aún más el tiempo real de enseñanza a menos de tres horas diarias en muchos casos.

Cuando el tiempo para aprender se erosiona, los resultados se vuelven inevitables. Los datos de PISA 2022 ofrecen un panorama contundente. En matemáticas, Paraguay obtuvo 338 puntos frente a un promedio de 472 en la OCDE; solo el 15% de nuestros estudiantes alcanzó el nivel mínimo de competencia, en comparación con el 69% en los países de referencia. En lectura, el puntaje fue de 373 frente a 476, con apenas un 30% alcanzando la competencia mínima (el famoso “7 de cada 10 no comprende lo que lee”). En ciencias, se registraron 368 puntos frente a 485, con solo el 29% llegando al nivel básico. La excelencia académica, medida en los niveles cinco o seis, es prácticamente inexistente. La desigualdad es profunda: los estudiantes de entornos socioeconómicos más favorecidos obtienen sesenta y seis puntos más en matemáticas que aquellos provenientes de contextos vulnerables.

Sin embargo, la calidad de la educación no se define únicamente en los resultados de los estudiantes. Comienza mucho antes, en la formación de quienes estarán frente a ellos. En Paraguay existen 85 Institutos de Formación Docente (IFD), 40 del sector público y 45 del sector privado. Solo 24 del sector público cuentan con acreditación de la Agencia Nacional de Evaluación y Acreditación de la Educación Superior (ANEAES). Los 16 restantes del sector público y los 45 IFD privados operan sin acreditación, lo que significa que una proporción bastante significativa de los futuros maestros se forma sin estándares de calidad verificados.

La fragilidad de esta base se evidenció con crudeza en el último concurso para integrar el Banco de Datos de Educadores Elegibles. Apenas el 38% de los postulantes aprobó, mientras que 62% fue reprobado. En Educación Inicial, el 80% no alcanzó el puntaje mínimo. En tercer ciclo y educación media, solo el 26% superó la prueba. Lo más alarmante es que muchos de estos postulantes ya ejercían la docencia. Esta situación demuestra que el problema no es únicamente de nuevos ingresantes, sino estructural y extendido.

En este contexto, los programas nacionales deberían funcionar como faros de cambio sostenido. El Programa Nacional de Lectura, Escritura y Oralidad – Ñe’ery, impulsado con apoyo internacional y concebido para fortalecer la alfabetización inicial, debería ser uno de estos pilares. Sin embargo, entrando a su tercer año de implementación, su presencia más notoria se limita a carteles en las paredes de las escuelas, algunos adornos y diferentes donaciones de libros sin planes pedagógicos. No se han publicado reportes de impacto ni evaluaciones oficiales que permitan conocer sus resultados reales. No sabemos cuántos niños han mejorado su comprensión lectora ni cuántos docentes han recibido acompañamiento pedagógico sostenido. Las buenas intenciones son solo eso, pero los niños merecen resultados reales.

La crisis educativa de Paraguay no es un asunto técnico menor que se resuelva con capacitaciones puntuales o ajustes administrativos. Es un colapso progresivo que debilita la base misma del futuro del país. Cada hora de clase perdida, cada docente mal preparado y cada evaluación ignorada constituyen un ladrillo menos en la construcción de una nación con oportunidades reales para todos.

El momento de actuar es ahora. Es indispensable acreditar todos los IFD, públicos y privados, y cerrar aquellos que no cumplan con los estándares establecidos. Debemos reformar la carrera docente con criterios rigurosos con evaluaciones progresivas desde la formación inicial hasta la jubilación. Es urgente evaluar y transparentar cada programa educativo, proteger y ampliar el tiempo efectivo de clase, y diseñar políticas basadas en evidencia sólida como PISA y SNEPE, no en slogans ni buenas intenciones.

¿Cuándo dejamos de creer en el maestro como pieza fundamental en el desarrollo de un país? Las naciones que hoy lideran en innovación y calidad de vida, como Finlandia, Singapur, Taiwán y Corea del Sur, han colocado al docente en el centro de sus políticas públicas, otorgándole la más alta formación, salarios competitivos y un prestigio social que atrae a los mejores talentos. ¿Por qué seguimos obviando la falta de preparación en Paraguay, como si fuera un detalle menor, cuando la evidencia demuestra que el rendimiento de un sistema educativo no puede superar la calidad de sus maestros? En las últimas dos décadas, se han publicado incontables investigaciones que han reiterado que invertir en la formación docente tiene un retorno social y económico superior a casi cualquier otra política educativa. ¿Cuánto más debemos esperar al valiente que se anime a enfrentarse a los poderes económicos y políticos, y que se enfoque de manera decidida en mejorar los resultados de aprendizaje de nuestros niños? Estas preguntas no admiten más dilaciones, porque cada año que pasa sin respuestas es una generación entera que se queda atrás.

La preparación de un buen tereré enseña que el sabor verdadero requiere agua de calidad, yerba fresca y tiempo suficiente para que cada elemento aporte lo mejor de sí. Nuestra educación demanda el mismo cuidado y la misma constancia. Cada día que postergamos la reforma, el agua se calienta, la yerba se amarga y el sabor se pierde. Si no tomamos decisiones inmediatas, pronto no estaremos hablando de cómo mejorar la educación, sino de cómo lamentamos haber dejado morir nuestro futuro.

 

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