
Carla Fernández, Ph.D.
En Paraguay, las conversaciones más verdaderas suelen comenzar con una guampa de tereré. Bajo la sombra de un árbol, entre el murmullo del agua fría cayendo sobre la yerba y las pausas largas que invitan a pensar, alguien se atreve a decir lo que todos sabemos pero pocos se atreven a enfrentar: nuestra educación se encuentra en terapia intensiva. No se trata de un colapso repentino, sino de un deterioro progresivo, casi silencioso, marcado por calendarios escolares demasiado cortos, horas efectivas de clase cada vez más reducidas, maestros formados sin estándares de calidad y promesas oficiales que se desvanecen antes de cumplirse.
