Artículos La ideología de la espontaneidad: una lectura sobre la Generación Z y la crisis de representación octubre 13, 2025octubre 13, 2025 🔊 Escuchar la entrada Mauricio Maluff Masi * El domingo 28 de septiembre ocurrió en Paraguay la manifestación convocada por la “Generación Z”. Siempre se debe celebrar que ciudadanos paraguayos salgan a las calles en pos del bien común, que venzan a la despolitización y al miedo instalado a pesar de la injustificable represión policial. Quisiera detenerme, sin embargo, sobre un aspecto recurrente de la protesta social en Paraguay en las últimas décadas, del cual esta manifestación es apenas el ejemplo más reciente. Podríamos llamar a este aspecto la ideología de la espontaneidad. Según esta ideología, una manifestación es más legítima si es “autoconvocada”, es decir, si no es organizada por un partido, sindicato u organización existente, sino por el pueblo reaccionando de manera espontánea a un hecho o a la acumulación de injusticias. En el sueño de esta ideología, cada ciudadano saldría a las calles sin ser llamado, se constituiría como “el pueblo”, lograría su objetivo, y luego se dispersaría sin dejar rastro más que su victoria. La ideología de la espontaneidad no es meramente paraguaya, sino que es el reflejo local de ideas que se han vuelto populares en todo el mundo. Ya en 2002, comentando sobre el movimiento “anti-globalización”, el antropólogo David Graeber celebraba su búsqueda de formas de organización “que permiten que las iniciativas surjan de abajo … sin crear posiciones de liderazgo ni obligar a nadie a hacer algo que no eligieron libremente”. Esto se ve reflejado en la versión paraguaya de la ideología de la espontaneidad: en la marcha ideal, no existen líderes ni voceros establecidos, no hay jerarquía, y sobre todo no hay “políticos” relacionados con las “viejas” formas de organización partidaria. Uno de los manifiestos de la Generación Z habla de la organización basada en el “rizoma”, que definen como la organización descentralizada, en un claro eco a Deleuze y Guattari. La ideología de la espontaneidad es una respuesta a nuestra crisis de representación. No sólo el Partido Colorado que gobierna es considerado corrupto, sino también el Partido Liberal y los demás opositores. A esta corrupción de los partidos se contrapone la idea del “pueblo” en la visión populista, que nos dice que “la virtud reside en la gente simple, que son la gran mayoría”, en la clásica definición de Peter Wiles. Los partidos tradicionales se entienden como mecanismos a través de los cuales individuos ambiciosos logran el poder y lo utilizan para beneficio propio. Sus seguidores, o son manipulados, o son coaccionados por la jerarquía partidaria, o se benefician indirectamente de la corrupción a través de prebendas. La respuesta a este problema es evitar a los políticos y a toda forma de liderazgo, para que nadie pueda sacar algún rédito político de la marcha, que luego pueda utilizarse para beneficio propio. El riesgo sería que la marcha contra la corrupción pudiera elevar a líderes que inevitablemente seguirían perpetuando el ciclo de la corrupción. El primer problema con la ideología de la espontaneidad es que no tiene forma de ir más allá del sentido común de la gente. “Todos” estamos en contra de la corrupción. Incluso el presidente Peña puede tener el descaro de decir que la lucha contra la corrupción es un eje central de su gestión. Pero ¿qué hacemos para acabar con ella? Decidir sobre una estrategia clara y a largo plazo requeriría de diálogo estructurado, organización fija y la capacidad de actuar en base a lo decidido, es decir, todo lo que es anatema para la ideología de la espontaneidad. Por algo no es sorpresa que la mayoría de las marchas autoconvocadas pidan siempre lo mismo: acabar con la corrupción. El segundo es que las organizaciones partidarias de los corruptos tienen algo que una acción espontánea nunca tendrá: la capacidad de perdurar en el tiempo. ¿Cuánto tiempo se pueden sostener acciones espontáneas contra un gobierno? ¿Un día, una semana, un mes? Pasada la euforia, cada uno debe volver a trabajar, cuidar a la familia y a ocuparse de sus asuntos personales. Si la acción es contra un personaje en particular, éste sólo debe sobrevivir a la crisis y luego podrá volver a sus prácticas de siempre. Si la acción logra derrocarlo, el gobierno puede simplemente “cambiar el fusible”: poner a otro que ponga una mejor cara por un tiempo, para pasada la crisis poder volver a lo mismo. El tercero, perfectamente evidenciado el domingo 28 de septiembre, es que una organización que deliberadamente evita la disciplina comunicativa o de acción es la más fácil de infiltrar y reprimir. La “diversidad de tácticas” es la perfecta excusa para que agentes provocadores, actuando de manera independiente o por parte de los órganos de represión del estado, busquen legitimar la represión utilizando las consignas más provocadoras posibles, o tomando acciones aventuristas o violentas. Los demás, que no necesariamente estaban de acuerdo con dichas consignas o acciones, terminan sufriendo las consecuencias, y quedan desprovistos de herramientas para impedir que otros digan o hagan lo que quieran “en su nombre”. En suma, en nombre de la libertad de acción de cada uno, se pierde la libertad de acción conjunta: de que las acciones del colectivo sean reflejo de una decisión democrática de los participantes. En conclusión, el único camino adelante sigue siendo por la vieja y ardua vía de la organización estable, jerárquica y democrática. El Partido Colorado ha logrado su mayor victoria en convencernos de asociar a toda forma de organización colectiva permanente como automáticamente corrupta. Es cierto: en una organización democrática, a menudo se tomarán decisiones contrarias a lo que uno desea. Es cierto: los motivos de quienes conforman una organización nunca pueden ser completamente transparentes a los demás. Es cierto: los líderes cambian de ideas, se corrompen, se compran. Pero la espontaneidad no resuelve estos problemas, sino que los acentúa. Nos deja a merced, no de nuestros líderes, sino de líderes ajenos. Por mucho que nos pese, no existen los líderes que sean representantes perfectos de sus representados, meros productos de la voluntad general. La respuesta no es deshacerse de líderes y estructuras, sino construir organizaciones capaces de obligarlos a actuar de acuerdo a su voluntad. La mejor garantía contra la corrupción no es el mito de la acción espontánea de las masas, ni el mito del líder mesiánico que por su gran virtud sería incorruptible. Es lograr la organización democrática con la capacidad de acción colectiva para hacer que tanto sus líderes como sus miembros respondan a las decisiones conjuntas. Muchos intentos sinceros de construir tales organizaciones en nuestro país han fracasado, y el descalabro actual de la oposición es la muestra más clara de ello. Pero esto no responde a una incapacidad innata del paraguayo para la organización, sino a nuestra inexperiencia en democracia. Una generación es muy poco para aprender las técnicas de organización colectiva, y a cada paso caemos en zancadillas de un oponente en la ANR que las maneja casi a la perfección. Pero sólo podemos aprender cayendo y volviendo a caer, hasta que un día el paraguayo logre caminar erguido y libre.