
Por José Tomás Sánchez
Las elecciones municipales de 2026 se acercan y la capital paraguaya vuelve a ser el centro de atención. Tras el desgaste de la administración colorada, la oposición baraja nombres y procedimientos para presentar una candidatura única. La experiencia de 2021 demuestra que una oposición fracturada facilita la hegemonía de la Asociación Nacional Republicana (ANR): ese año Óscar “Nenecho” Rodríguez obtuvo un 47% de los votos, superando a Eduardo Nakayama por poco más de cinco puntos. La escasa ventaja colorada recuerda que, en Asunción, cada punto porcentual puede ser decisivo en una elección. A la par, la intervención municipal y la renuncia reciente de Nenecho, anticipan una contienda difícil para la ANR, lo cual abre una inusual oportunidad para las fuerzas opositoras. Por ello, el proceso político que derivará en la selección de la candidatura opositora será clave, con lo cual hay que evitar al máximo los errores innecesarios.
Cabe recordar que desde el inicio de la transición democrática, la oposición asuncena ha ensayado distintos mecanismos para seleccionar candidaturas. En 1991, Carlos Filizzola ganó la intendencia con un movimiento nuevo y sin necesidad de acuerdos formales entre liberales y fuerzas de izquierda. En 1996, la disputa interna entre Martín Burt (PLRA) y Alfredo Boccia (PEN) se resolvió con encuestas; Burt ganó la candidatura y posteriormente la intendencia. En el 2001, la oposición fue unida una vez más detrás de Carlos Fillizola, pero fue derrotada. De igual manera sufrió una derrota en 2006, esta vez yendo dividida con Miguel Carrizosa (Patria Querida) y Jorge Léoz (PLRA). En el 2010, en el contexto del gobierno de Fernando Lugo, la oposición utilizó varias opciones: elección interna entre el PLRA y el Frente Guasu (en la que ganó el primero) y luego la aplicación de las llamadas “urnas delivery” entre los candidatos del PLRA y Patria Querida, ganando Miguel Carrizosa (Patria Querida). A pesar de la aplicación de estos mecanismos, ni la izquierda ni todo el PLRA apoyaron del todo a Carrizosa, quien terminó perdiendo por un escasísimo margen frente al colorado Arnaldo Samaniego.
Recién en 2015, tras dos décadas, la oposición volvió a ganar la elección a intendente de Asunción. El triunfo de Mario Ferreiro evidenció que una figura con alta aprobación y un mensaje alternativo puede derrotar a la estructura colorada, siempre que la oposición vaya mayormente unida. La posterior crisis del gobierno municipal y la renuncia de Ferreiro, no ayudaron a la oposición en las siguientes elecciones de 2021, en las que Nenecho llegó con viento a favor, frente a una oposición que no logró unirse del todo.
Esta trayectoria histórica sugiere que no existe un procedimiento mágico: las encuestas, las internas o los acuerdos son instrumentos útiles sólo si responden a un contexto propicio, una narrativa convincente, un liderazgo creíble y una coalición sólida.
El contexto no es una variable menor. Las elecciones del 2026 se darán en un momento regional y nacional muy distinto a décadas pasadas. El panorama sudamericano refleja una brutal crisis de los partidos políticos. En muchos países, los votantes premian la identificación con liderazgos personales y castigan a estructuras partidarias. En el mundo contemporáneo, donde la demanda de bienes y servicios se satisface cada vez más con el “delivery” al alcance de un botón, las mediaciones partidarias son vistas como trabas innecesarias que entorpecen el vínculo entre el liderazgo político y el elector. En América del Sur, desde el 2018, han sido electos mayoritariamente partidos que nacieron en el siglo 21, sin trazos identitarios sólidos. Partidos con identidades partidarias fuertes, del siglo 20, solo gobiernan en Uruguay y Brasil. La única excepción de tener un partido gobernante del siglo 19 es Paraguay, con el Partido Colorado. Lo cierto es que muchos partidos políticos sudamericanos se han pulverizado y los partidos sustitutos tampoco han logrado consolidarse. La tendencia es clara: en el siglo 21 la ciudadanía rechaza a los partidos para la mediación con los liderazgos políticos.
Paraguay es la excepción con la ANR, pero ya no lo es fuera de ella. La ciudadanía paraguaya también viene castigando la identificación partidaria en la oposición y va premiando la cercanía directa con liderazgos. Las encuestas muestran la disminución de la identidad liberal y, a nivel institucional, se ve a un PLRA enfrascado en sus recurrentes crisis internas; y todavía resta ver los efectos que tendrá la salida del senador Eduardo Nakayama. Por su parte, el llamado tercer sector ha tenido resultados electorales llamativos pero sin consolidación partidaria. Partidos que han sido terceras fuerzas en elecciones nacionales, como Encuentro Nacional, Patria Querida, Frente Guasu o Cruzada Nacional, han tenido dificultades para consolidarse como partidos fuertes y se han reducido drásticamente sus niveles de identificación partidaria en las preferencias ciudadanas.
Por eso es una equivocación opositora intentar espejarse en el “modelo” ANR para resolver sus internas. El Partido Colorado tiene enchufe estatal, burocracia institucional y penetración social (más de 3 millones de afiliados y 411 seccionales en todo el país), que le permite jugar con sus propias reglas de definición de candidaturas, alojando rivalidades intensas, porque la estructura partidaria puede amortiguar las limitaciones de calidad de imagen de sus dirigentes. Pero esa estructura partidaria que se origina en el siglo 19 no se puede volver a construir, ni en Paraguay ni en el resto de la región, con lo cual la oposición dependerá, como en los demás países, de la construcción de figuras creíbles que conecten directamente con las preocupaciones de la ciudadanía para ser opciones viables de poder.
La oposición no debe engañarse: la gente que está cansada del Partido Colorado no está buscando una “mini ANR” del otro lado. No vota por aparato, porque ya no cree en los aparatos. No sostiene partidos políticos nuevos, porque no los considera una necesidad para encauzar sus demandas. El voto opositor gira alrededor de liderazgos y se organiza alrededor de narrativas de cambio, no desde un padrón, ni del número de afiliaciones ni desde cuál candidato logró aplastar más a su rival en las internas de turno. Y todo indica que si la oposición insiste en jugar con las mismas reglas que el coloradismo, terminará jugando un partido que la ANR sabe ganar con los ojos cerrados.
A un año de las municipales de 2026, el debate opositor gira más en torno al mecanismo de selección de candidatos que a la estrategia para vencer a la ANR. Se han barajado opciones como encuestas, competencias internas y hasta urnas delivery, en debates que posicionan de manera pública puntos a favor o en contra del mecanismo de selección, lo cual podría terminar alejando a una ciudadanía cada vez más adversa a los partidos. Además, está visto que ningún mecanismo es “esencialmente” una llave al éxito, ni garantizará que la parte derrotada se sume a la victoriosa una vez superada las internas. Por eso, el proceso de acuerdos entre los liderazgos, así como la comunicación política de dicho proceso, serán fundamentales para una ciudadanía que premia la agilidad, el talento, el carisma y la trayectoria personal por sobre la identidad partidaria.
Esto resulta consistente con lo que se ve en las encuestas. Los líderes con mejores imágenes en Asunción (ponderado por nivel de conocimiento), según reportó el CIIS, son Katya González, Eduardo Nakayama, Miguel Prieto, Soledad Núñez, Esperanza Martínez y Johana Ortega, liderazgos mayormente femeninos, jóvenes y sin organizaciones políticas trascendentes en cuanto a identificación partidaria. Los líderes con mejor imagen colorada vienen después, con el expresidente Horacio Cartes repuntando su figura por sobre Arnoldo Wiens, el presidente Santiago Peña y Juan Carlos Baruja, en ese orden. No obstante, ya se sugirió que medir menos en calidad de imagen personal no constituye un problema para los colorados, porque la estructura partidaria compensa el déficit en imagen, algo que no sucede en la oposición.
Lo relevante para las fuerzas opositoras es que tienen un conjunto de figuras sólidas y competitivas para las municipales de 2026, así como para las elecciones nacionales del 2028. Pero el dilema clave es ir más allá del método, para poder canalizar esta potencialidad en un proceso político que sume fuerzas, multiplique adherencias y organice a sus diferentes liderazgos hacia sus mejores objetivos posibles, sin tropezarse en desgastes innecesarios y sin dividir a una cada vez más impaciente ciudadanía.
El contexto y los datos plantean varios desafíos a los líderes opositores. Primero, no deben espejarse en métodos de selección de candidatos del Partido Colorado: la ANR como modelo de partido está en reversión en toda la región y no podrá replicarse, mientras que la oposición carece de esa infraestructura y depende de la imagen de sus líderes. Segundo, el mecanismo de selección (encuesta, interna o acuerdo) no debería ser el centro del debate. La historia demuestra que la oposición ha ganado en Asunción tanto con alianzas amplias como con candidaturas solitarias; lo fundamental ha sido la capacidad de articular una narrativa de cambio, en un contexto adecuado y presentando figuras bien posicionadas en el momento. Tercero, la agenda debe alinearse con las demandas concretas de la ciudadanía. La situación de Asunción revela innumerables problemas que pesan en las preocupaciones ciudadanas, desde déficits en la infraestructura urbana y calidad de vida, hasta la corrupción y la falta de respuestas de la municipalidad. Por lo tanto, para los líderes de la oposición, el reto es doble: consolidar una alianza inteligente y, al mismo tiempo, gobernar desde la campaña, mostrando que están listos para ofrecer las soluciones que los votantes exigen. Si logran este equilibrio, la elección de 2026 puede convertirse en el inicio de un nuevo ciclo político en Asunción y, por qué no, en Paraguay.
