
Por Carla Fernández
Hay decisiones que cambian un país sin hacer ruido. No salen en portadas, no inauguran puentes, no cortan cintas. Son decisiones silenciosas, casi humildes, que empiezan en los primeros años de vida de un niño. Ahí, donde muchos creen que “solo se juega”, en realidad se juega el futuro entero. La ciencia lo dice hace décadas: entre los 0 y los 5 años el cerebro humano se desarrolla a una velocidad que jamás vuelve a repetirse; la OCDE sostiene que en esos primeros años se forman más de un millón de conexiones neuronales por segundo. Un millón por segundo. Es como si cada bebé recibiera un caudal diario de oportunidades, y cada país tuviera que decidir si las cultiva o las deja pasar.
Los países que más avanzaron en bienestar entendieron esta simple verdad. Finlandia, Noruega, Suecia y Dinamarca invierten entre el 1% y el 1,5% de su PIB en educación y desarrollo en la primera infancia. Australia y Nueva Zelanda destinan cerca del 0,8%. En América Latina, Chile, Uruguay y Costa Rica superan el 0,7% del PIB. No porque “sobren recursos”, sino porque hace mucho tiempo comprendieron que cada dólar invertido en los primeros años retorna entre 4 y 13 dólares para la sociedad, como muestra repetidamente la OCDE: menos repitencia, mejor rendimiento escolar, mayor empleabilidad futura, menos pobreza estructural y menos gasto estatal en salud, protección y seguridad. No es filosofía: es economía pura.
Y Paraguay, ¿dónde queda en esta historia? Hoy invierte menos del 0,3% del PIB en primera infancia. Es menos de la mitad del promedio regional y varias veces menos que los países con mejores resultados educativos y sociales. Esto se refleja todos los días: Centros de Atención Integral para la Primera Infancia (CAIPI) que crecen pero no alcanzan, brechas territoriales profundas, educación preescolar que aún no es universal, formación docente insuficiente, programas de estimulación temprana que no llegan a todos y familias que necesitan un acompañamiento que todavía no está disponible. No es una acusación: es una radiografía que invita a algo más importante que señalar errores. Invita a elegir un rumbo.
Porque invertir temprano no solo funciona. Al contrario, funciona rápido y de manera duradera. La evidencia es contundente. El famoso Perry Preschool Project en Estados Unidos mostró retornos de hasta 12 dólares por cada dólar invertido, con mejoras en ingreso, salud y reducción de criminalidad incluso 40 años después. El Proyecto Abecedarian reveló impactos en desarrollo cognitivo, logros educativos y salud en la adultez. En Jamaica, un programa de visitas domiciliarias aumentó en un 25% los ingresos de los niños cuando ya eran adultos, como demostró un estudio publicado en Science. En Uruguay, la expansión del preescolar redujo la repitencia escolar y mejoró resultados en primaria. En Chile, la implementación de Chile Crece Contigo redujo brechas en desarrollo social y emocional a causa de falta de estimulación temprana y fortaleció el desarrollo infantil en hogares vulnerables. Todo apunta a la misma dirección: lo que se hace temprano multiplica; lo que se hace tarde compensa.
Y sin embargo, la parte más convincente de todo esto no está en las cifras, sino en lo que ocurre cuando uno entra a un centro de primera infancia y observa. Una niña que antes no hablaba empieza a nombrar colores. Un niño que mordía cuando estaba frustrado aprende a regularse con apoyo de una educadora capacitada. Una madre que creía que no tenía herramientas descubre que sí puede estimular a su hijo. Uno mira esas escenas y entiende que la política pública más transformadora de un país puede ocurrir en un cuarto pequeño, con juguetes sencillos, con una profesional formada, con una familia acompañada.
Ahí es donde empieza la equidad, la productividad futura, la salud mental de una generación, la cohesión social, la innovación. Ahí es donde se reduce la pobreza antes de que aparezca o se eternice. Ahí, en ese espacio aparentemente simple, se decide si Paraguay va a seguir reparando desigualdades toda la vida o si va a prevenirlas de una vez.
Y la buena noticia es que Paraguay está a tiempo. Tiene una población joven, tiene comunidades organizadas, tiene centros CAIPI, tiene profesionales comprometidos y tiene algo que los países que empezaron tarde ya no tienen: la oportunidad de diseñar todo un sistema desde la evidencia más actualizada. Sin arrastrar estructuras obsoletas. Incluso con una inversión relativamente pequeña, menos del 0,5% del PIB, Paraguay podría universalizar servicios de educación y desarrollo temprano de calidad. Es una decisión estratégica, no retórica.
Mientras tomamos tereré bajo la sombra del mediodía paraguayo, podemos hacernos una pregunta honesta y simple, atendiendo que con el 2025 concluye un cuarto del siglo 21 y podemos habilitar nuevas preguntas: ¿qué país queremos construir si no empezamos por quienes recién están empezando? Los países que eligieron invertir temprano cambiaron su destino. Paraguay también puede. Y quizá esta vez la historia puede empezar por donde siempre debió empezar: por el principio.
* Carla Fernandez, PhD. Investigadora Educativa.
