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La crisis de Venezuela y (el retorno de) la Ciencia Política


Por Marcos Pérez Talia

No existen muchas dudas respecto a que la salida de Maduro del poder viola cualquier principio básico de derecho internacional. No parece tener mucho asidero legal que el presidente de otra nación -aunque sea la más poderosa- secuestre y lleve al tribunal de su propio país a otro presidente (por más nefasto que sea).

También es cierto que en Venezuela la palabra democracia ya no tenía ningún sentido. El chavismo se llevó bastante mal con la democracia liberal, aunque en sus primeras décadas tenía una fuerte dimensión participativa, consultiva y popular. A partir de 2015, la dinámica democrática quedó prácticamente anulada en Venezuela. La reacción del gobierno tras aquellas elecciones abrió un ciclo de retrocesos institucionales marcado por la anulación del Parlamento, el aumento de la persecución política, graves vulneraciones de derechos humanos y procesos electorales cuestionados.

La compleja dinámica venezolana y su reciente desenlace ha sido abordada de manera consistente desde distintas disciplinas: la historia, para entender el rol histórico de EEUU en América Latina; la sociología, para explicar la estructura social del chavismo; la economía, para describir el agotamiento de la matriz económica venezolana y los incentivos de EEUU respecto al petróleo caribeño.

Pero el núcleo central de toda esta dinámica sigue siendo lo concerniente al funcionamiento del sistema político: democracia, autoritarismo, transición, partidos… y allí la Ciencia Política tiene un cuerpo teórico fuerte, para ayudar mejor a dilucidar lo que sucede en Venezuela.

Solo un ejemplo. La crisis venezolana vuelve a poner en escena un conjunto de preguntas que la Ciencia Política lleva décadas formulando y analizando, y que parecían haber quedado relegadas. ¿Cómo se sale de un régimen que ha vaciado las reglas democráticas? ¿Qué tipos de transiciones son posibles y cuáles son sus límites? ¿Qué condiciones permiten evitar derivas caóticas o regresiones autoritarias? ¿Qué papel juegan las élites, los actores externos y los recursos estratégicos en esos procesos? En el caso venezolano, estas preguntas adquieren una forma concreta para ayudar a la reflexión sobre cómo podría configurarse una transición desde el chavismo, cuáles son los márgenes reales del proceso hoy liderado por Delcy Rodríguez, y si la tutela norteamericana apunta a una democratización en el corto plazo o, más bien, a un reordenamiento estratégico del poder y de los recursos.

La Ciencia Política ya ha jugado un rol central en el entendimiento de los procesos políticos tensionados, bastante antes de que Venezuela se convirtiera en tema de portada. Las grandes preguntas que hoy reaparecen no son novedad para la disciplina. Desde la transitología comparada, la Ciencia Política ha mostrado que existen múltiples trayectorias de cambio político: procesos de transición pactada y negociada como en España en los años setenta, donde consensos entre élites facilitaron el paso hacia la democracia; transiciones impulsadas desde arriba, como en Paraguay, con reformas graduales de sectores dominantes; o salidas ordenadas tras crisis profundas, como la argentina de 1983, donde la ruptura del autoritarismo se gestionó sin colapso social violento. Otros casos —por ejemplo, Libia tras el derrocamiento de Gadafi— ilustran por qué algunos procesos no cristalizan en democracias estables cuando las instituciones son frágiles o inexistentes. Esta tradición comparativa permite entender que no hay una única ruta hacia la democracia ni una fórmula universal para estabilizar sistemas políticos tensionados, sino que son las combinaciones de actores, estructuras institucionales y contingencias las que configuran resultados distintos. La Ciencia Política ya ha desarrollado herramientas conceptuales para analizar estos patrones y es precisamente esa experiencia acumulada la que hoy nos permite abordar con rigor los dilemas del caso venezolano.

Autores y textos clásicos de la Ciencia Política forman parte de estos debates. Así, Guillermo O’Donnell y Philippe C. Schmitter están siendo recuperados para recordar que las transiciones no son automáticas ni determinadas estrictamente por la economía o la cultura, sino que éstas son inciertas y protagonizadas por actores políticos – algunos más rígidos y otros más proclives a negociar- que interactúan en un proceso abierto, negociado y frágil que, en su conjunto, generan oportunidades, restricciones e incentivos.

Curiosamente, también volvió al centro del análisis el cientista político Samuel P. Huntington cuando, en su recordado libro Political Order in Changing Societies, proponía que la democracia no es necesariamente un punto de partida “moral” sino el resultado de una trayectoria que comienza necesariamente con el orden político, seguido de la canalización de la economía y los mercados, que luego deriva en una democratización sostenible. Una sociedad fuertemente politizada y movilizada, pero sin un orden institucional sólido, no favorece la democratización sino, más bien, formas exacerbadas de pretorianismo: contextos en los que el poder se impone más por la fuerza, la lealtad y la confrontación que por normas, acuerdos e instituciones.

Lo llamativo es que categorías que parecían propias de los manuales para la enseñanza universitaria de la Ciencia Política —pretorianismo, transición, orden político, actores duros y blandos— vuelven hoy al centro del debate público, ya no solo dentro del ámbito estrictamente académico, sino que trasciende sus fronteras.

La Ciencia Política, en su dimensión metodológica moderna, tiene menos de dos siglos, aunque se nutre de sus “padres fundadores” clásicos como Platón, Aristóteles, Maquiavelo, Hobbes, etc. Sin embargo, aún padece dudas sobre el estatus científico, especialmente frente a las ciencias duras. Aun así, hay proposiciones generales y cuerpos teóricos bastante sólidos como los estudios de los sistemas electorales (Ley de Duverger); la tesis de la paz democrática (las democracias no entran en guerra entre sí, solo contra otros regímenes autoritarios); la teoría de la modernización aplicada a los regímenes políticos (cuanto más rico sea un país, existen más probabilidades de que alcance una democracia), o incluso las transiciones desde un gobierno autoritario (lo referido previamente a O’donnell y Schmitter).

La crisis venezolana vuelve a poner en escena un conjunto de preguntas que la Ciencia Política lleva décadas formulando y analizando, y que parecían haber quedado relegadas. ¿Cómo se sale de un régimen que ha vaciado las reglas democráticas? ¿Qué tipos de transiciones son posibles y cuáles son sus límites? ¿Qué condiciones permiten evitar derivas caóticas o regresiones autoritarias? ¿Qué papel juegan las élites, los actores externos y los recursos estratégicos en esos procesos?

El caso actual que involucra a Venezuela y EEUU es un laboratorio teórico donde las viejas categorías teóricas son puestas a prueba. Esta crisis también es una oportunidad para que la disciplina se renueve, cuestionando marcos normativos que se tomaban por sentados.

En tiempos de relativa estabilidad, la Ciencia Política suele pasar a segundo plano, absorbida por el derecho, la economía o la gestión pública. Pero en momentos de crisis profundas —cuando se rompen las reglas, se vacían los conceptos y el poder vuelve a mostrarse en su forma más cruda—, la disciplina politológica regresa al centro. No para ofrecer consuelos normativos, sino respuestas a su pregunta fundacional: cómo se organiza, se disputa y se legitima el poder.

Venezuela condensa hoy muchas de las tensiones existentes en el mundo contemporáneo, a saber: Estados sin soberanía efectiva, democracias vaciadas, hegemonías que se ejercen por fuera del derecho y sociedades intensamente politizadas sin orden institucional. Por ello Venezuela se vuelve un laboratorio teórico en tiempo real. Un espacio donde las viejas categorías —democracia, transición, soberanía, orden, legitimidad— no pueden ser abandonadas sino, en todo caso, deben ser reinterpretadas. Y es precisamente en ese trabajo incómodo y crítico donde la Ciencia Política recupera su sentido más profundo y ancestral.

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