
Guillermo Sequera
El mundo de la salud global está entrando en una fase de transición profunda. Durante décadas, la arquitectura internacional se sostuvo sobre un modelo relativamente estable: cooperación multilateral, financiamiento de donantes, liderazgo técnico de organismos internacionales y una división implícita entre países que financiaban y países que recibían asistencia. Ese orden, imperfecto pero funcional, se encuentra hoy en crisis.
Las razones son múltiples y convergentes. Por un lado, la fatiga de los donantes, las tensiones geopolíticas y las prioridades internas, han reducido la ayuda internacional en salud. Por otro, las grandes crisis del siglo XXI —pandemias, cambio climático, desplazamientos humanos, conflictos, envejecimiento poblacional— han superado la capacidad de respuesta del sistema global. El resultado es una arquitectura fragmentada, con múltiples iniciativas paralelas, sin una dirección clara y con una creciente competencia por recursos escasos.
La retirada o reducción del compromiso de actores centrales del sistema global no es solo un problema financiero; es un síntoma de un cambio de época. El mundo que dio origen a la gobernanza sanitaria del siglo XX ya no existe. Hoy, el poder es más disperso, las crisis son más complejas y los actores privados tienen una capacidad de influencia que, en algunos casos, supera la de los propios Estados.
La pandemia de COVID-19 dejó una enseñanza incómoda. En una crisis global, el acceso a vacunas, insumos y conocimiento no se distribuye según la necesidad sanitaria, sino según la capacidad política, económica y productiva de cada país o región. Los mercados y las patentes operaron con la lógica de la escasez y la competencia, no con la lógica de la salud pública.
Esto plantea una pregunta central: ¿puede la gobernanza global de la salud seguir dependiendo de la buena voluntad de los donantes, de la filantropía corporativa o de la geopolítica del momento? Probablemente no. El futuro de la salud global será menos dependiente de un puñado de actores y más marcado por coaliciones regionales, financiamiento doméstico y nuevos pactos internacionales.
En este escenario, los países de renta media como Paraguay enfrentan un dilema. Durante años, no fueron lo suficientemente pobres para recibir cooperación masiva ni lo suficientemente ricos para prescindir de ella. Ahora, con la reducción de la ayuda internacional, ese espacio intermedio se vuelve más incierto. La pregunta ya no es cómo recibir cooperación, sino cómo construir autonomía sanitaria.
Pensar la salud global desde Paraguay implica cambiar la perspectiva. No se trata solo de adaptarse a lo que ocurra en Ginebra o en Washington, sino de construir capacidades propias, en el país y en la región. La gobernanza global del futuro será más multipolar, más regional y menos centrada en un único liderazgo.
En el plano local, el principal desafío es estructural. Debemos fortalecer el sistema de protección social y reducir las inequidades desde sus determinantes sociales. Un país con alta informalidad laboral, baja cohesión social y un sistema sanitario fragmentado, es un país vulnerable a cualquier crisis, ya sea una pandemia, una sequía o un colapso económico.
La preparación para pandemias no comienza en los aeropuertos ni en los laboratorios; empieza en la estructura social. Empieza en la formalización del empleo, en la expansión de la protección social, en la cohesión comunitaria y en la capacidad del Estado de actuar con legitimidad. Un sistema sanitario integrado, con una estrategia de atención primaria fuerte y con un sector privado comprometido y con reglas claras con su sociedad, es una forma concreta de seguridad nacional.
Pero la escala nacional no es suficiente. Ningún país pequeño puede aspirar a la autosuficiencia total en insumos, medicamentos o vacunas. La autonomía sanitaria solo es posible a escala regional. Esto implica que Paraguay debe integrarse a cadenas de valor regionales en salud: producción de insumos, logística, investigación, manufactura farmacéutica, regulación y vigilancia epidemiológica.
La autonomía regional no es una consigna ideológica. Hemos aprendido lecciones con la pandemia. Los países que dependieron exclusivamente de proveedores externos quedaron en la cola del acceso a vacunas y tecnologías. Los que tenían capacidad productiva regional respondieron mejor, más rápido, y se fueron menos impactados por los cierres nacionales, continentales o cambios bruscos de prioridades que generan estas crisis.
En el plano global, la discusión central será sobre las reglas del juego. La experiencia reciente mostró que, en situaciones de crisis, las ganancias pueden concentrarse en actores privados o en ciertos países, mientras el daño se distribuye de manera desigual. Esto genera un problema ético, pero también un problema de gobernanza: un sistema que permite que alguien pueda crear o controlar el problema y, al mismo tiempo, monopolizar la solución, es un sistema inestable.
Por ello, uno de los grandes debates del futuro será el de la regulación del conocimiento, las patentes y los beneficios económicos durante crisis sanitarias. Así como el mundo decidió regular las armas nucleares después de comprender su poder destructivo, será necesario discutir los límites de la apropiación privada del conocimiento en situaciones que afectan a toda la humanidad.
Para Paraguay, participar de ese debate no es una cuestión abstracta. Las reglas globales determinan quién accede a vacunas, a tecnologías, a medicamentos y en qué condiciones. La política exterior en salud será cada vez más importante, no como un gesto diplomático, sino como una herramienta de soberanía sanitaria, una estructura más que cuida la salud poblacional del país.
los países de renta media como Paraguay enfrentan un dilema. Durante años, no fueron lo suficientemente pobres para recibir cooperación masiva ni lo suficientemente ricos para prescindir de ella. Ahora, con la reducción de la ayuda internacional, ese espacio intermedio se vuelve más incierto. La pregunta ya no es cómo recibir cooperación, sino cómo construir autonomía sanitaria.
Las pandemias futuras serán desafiantes, pero no serán el único desafío. El envejecimiento poblacional, el cambio climático, la transición epidemiológica y la crisis de salud mental son procesos más lentos, pero igualmente transformadores. Prepararse para una pandemia es, en gran medida, prepararse para esos otros fenómenos. Las soluciones son sorprendentemente similares: sistemas de protección social robustos, atención primaria fuerte, cohesión social, financiamiento público sostenible y gobernanza legítima.
En ese sentido, el futuro de la salud no se juega solo en los hospitales ni en los organismos internacionales, sino en el contrato social de cada país. La gobernanza global puede cambiar, las alianzas pueden mutar y los financiamientos pueden fluctuar, pero los países que inviertan en cohesión social, protección social y sistemas públicos sólidos estarán mejor preparados para cualquier crisis.
La salud global del siglo XXI será menos vertical, menos dependiente de donantes y más anclada en las capacidades nacionales y regionales. Para Paraguay, la tarea no es esperar la próxima pandemia, sino construir las condiciones para que, cuando llegue, el país tenga un sistema social y sanitario capaz de responder con equidad y eficacia.
Ese es, en el fondo, el verdadero sentido de la preparación: no anticipar la crisis, sino construir una sociedad capaz de atravesarla.
