Historia Stroessner no lo explica todo y eso cambia la lectura del siglo XX marzo 11, 2026marzo 11, 2026 🔊 Escuchar la entrada Por: Martín Duarte Penayo * Buena parte del debate público sobre la política paraguaya del siglo XX se ordenó durante décadas alrededor de un clivaje tan resonante como simplificador, dictadura y democracia, con el stronismo instalado como figura totalizante de la experiencia autoritaria. Esa grilla pudo ser decisiva para comprender la represión y la concentración del poder, pero tiende a dejar fuera de foco el juego más sinuoso de aperturas y cierres que marcó la competencia política restringida durante más de tres décadas. Con el tiempo, termina produciendo una saturación explicativa, porque el siglo XX queda absorbido por el stronismo y el stronismo queda presentado como un paréntesis excepcional, como si su sola mención bastara para borrar continuidades, reacomodos y persistencias de más larga duración. Conviene partir de una advertencia ya instalada en la literatura especializada. La experiencia stronista rinde más históricamente cuando se la lee como resultado y catalizador de procesos previos de impugnación y descomposición del orden liberal que intenta reorganizarse, con tropiezos, tras la guerra del 70. A esa clave de larga duración se suma otra, igualmente decisiva. El régimen de Stroessner no se sostuvo únicamente en la coerción, sino en una arquitectura de consensos, cooptaciones y mediaciones sociales en la que la ANR ocupó un lugar estructurante como engranaje entre Estado, territorio y sociedad. Como afirma Milda Rivarola: “el tercio de siglo stronista no solo se basó en la violencia estatal; obtuvo su precaria pero valiosa legitimidad en el reiterado `participacionismo´de la oposición”. Desde esta perspectiva, la pregunta se desplaza. La cuestión deja de ser únicamente cómo periodizar una dictadura o cómo graduar el autoritarismo de un régimen. Pasa a ser cómo historizar el modo de dominación política en una nación atravesada por dos guerras devastadoras y por una prolongada dependencia económica y comercial respecto de sus vecinos. Si se toma como referencia el repertorio clásico de la teoría política, el monopolio de la violencia legítima en Weber, la soberanía territorial y jurídica en Carl Schmitt, Paraguay aparece una y otra vez como un caso donde esas propiedades de la estatalidad se construyen de manera intermitente, disputada o mediada por otras instancias institucionales. Iglesias y partidos operan como soportes y filtros en un contexto de reconstrucción forzada y asimetrías estructurales que no se corrigen por decreto. De esta manera, el Partido Colorado no fue simplemente un sostén político del régimen stronista, sino un engranaje institucional que vino a suplir carencias estructurales de un Estado con débil capacidad de regulación social sobre su territorio. En su análisis, Lorena Soler afirma que, en un contexto de capacidades estatales limitadas, el partido cumplió funciones que excedían largamente lo partidario y que resultaban centrales para la reproducción cotidiana de la dominación política: articulación territorial, control social, producción de lealtades y apoyo operativo a las fuerzas armadas. A través de sus redes organizativas, de las milicias cívicas y de los mecanismos de vigilancia vecinal, el Partido Colorado aportó una infraestructura política y social sin la cual muchas de estas funciones difícilmente podrían haber sido desempeñadas por el aparato estatal en sentido estricto. De este modo, la autora permite ver hasta qué punto el partido operó como un sustituto parcial de capacidades estatales, completando institucionalmente las necesidades de un Estado que, por sí solo, no alcanzaba a cubrirlas. En ese intersticio el Partido Colorado deja de funcionar solo como actor político y pasa a operar como una verdadera infraestructura social de poder. No queda reducido a un partido de gobierno, sino que se vuelve una organización capaz de articular redes territoriales, distribuir recursos, canalizar demandas, ofrecer protección y habilitar trayectorias laborales. Esa mirada permite ver con mayor nitidez las continuidades del autoritarismo paraguayo. Ciertas formas de organización del poder y de resolución de conflictos vienen de más atrás, se prefiguran en la etapa liberal y encuentran bajo Stroessner una cristalización particularmente estable. Con ese encuadre, el problema del Paraguay del siglo XX deja de agotarse en el stronismo entendido como causa autosuficiente; aparece, más bien, como una forma estabilizada y ordenada de una matriz más profunda de relacionamiento y dominación política. Al mismo tiempo, el análisis gana espesor cuando se atiende a la dimensión organizativa y social del régimen. La ANR no funcionó solamente como dispositivo político de legitimación, fue un dispositivo de penetración social con presencia capilar en el territorio, en el sindicalismo oficialista, en asociaciones intermedias y en el acceso al empleo público. Esa capilaridad ayuda a explicar por qué el stronismo perduró apoyado en una red de lealtades y dependencias que volvía al Partido una mediación institucional casi obligada para la reproducción social. Conviene aquí reformular una imagen habitual. En lugar de colocar al Partido como simple satélite del Estado autoritario, el foco puede invertirse hacia el Estado paraguayo como arquitectura incompleta sostenida, en muchos de sus tramos, por un andamiaje partidario que preexistió y sobrevivió a Stroessner. Educación, salud, empleo, acceso a cargos, e incluso la resolución informal de conflictos, pasaron durante décadas por filtros partidarios. En este sentido, lo decisivo no se reduce al clientelismo como intercambio puntual, una arista más de la mediación social, si no que se dibuja una forma más amplia de organización social del poder, donde la pertenencia política estructura oportunidades vitales y define horizontes de movilidad. Sin embargo, una lectura centrada solo en el déficit estatal perdería un rasgo decisivo del período. El stronismo combina debilidad estructural con momentos selectivos de modernización institucional. La modernización avanza desde arriba y se concentra en campos estratégicos. Si bien este se da en varios planos, la política laboral ofrece un ejemplo elocuente de esa ampliación de capacidades estatales orientadas a regular y encauzar el conflicto social mediante diseños de tipo corporativista. Como mostró Ignacio González, durante ese período el Estado paraguayo desarrolló instrumentos legales y administrativos dirigidos a ordenar el mundo sindical, integrándolo en un esquema de control, reconocimiento selectivo y subordinación política. El conflicto social no quedó librado al choque sin mediaciones entre trabajo y capital, sino que el régimen avanza en mecanismos de encuadramiento, reconocimiento de sindicatos afines, intervención sobre organizaciones disidentes, regulación de la negociación colectiva. Se trató de un corporativismo autoritario donde el actor sindical no desapareció, fue redefinido como pieza subordinada de un orden jerárquico organizado alrededor de incentivos, accesos y expectativas de ascenso dentro de esferas de poder institucionalizado, sobre todo para dirigencias afines y sus demandas de representación. Este punto vuelve más nítida la textura del stronismo. Además de coerción, hubo reorganización estatal en áreas clave. La política laboral funciona como laboratorio para observar la expansión de capacidades estatales de control, aun cuando en otros planos la presencia territorial siguiera dependiendo de la mediación partidaria. En esa coexistencia se advierte una lógica de gobierno que mezcla regulación estatal selectiva con infraestructura partidaria extendida. La persistencia del stronismo como experiencia histórica que se resiste a quedar enterrada puede leerse, entonces, como síntoma estructural. Persiste la memoria de dicho régimen autoritario, desde luego. Persiste también una forma específica de articulación entre partido, Estado y sociedad que sobrevivió a la transición y se reconfiguró profundamente en democracia. La interrogación debe desplazarse, entonces, hacia una matriz de vínculos entre política y vida social donde el partido funcionó, y en parte sigue funcionando, como mediación fundamental dentro de una estatalidad históricamente frágil o incompleta. De ahí la necesidad de devolverle todo el peso a lo social, con especial atención a la forma concreta en que se produjo en Paraguay el vínculo entre política y vida colectiva. Ese vínculo no se desplegó sobre la base de un Estado previamente consolidado, más bien se tramó en la circunstancia de que los partidos políticos, en particular la ANR, preexistieron en los hechos a un Estado todavía por reconstruir, ocupando espacios de organización, provisión y regulación. Pensar nuestra democracia como experiencia histórica novedosa supone también reconocer la herencia ambigua sobre la que se asienta; así también, conlleva interrogarse sobre la manera particular en que la vida política ha entrado históricamente en comunicación con la experiencia del mundo social, en un marco de mediaciones partidarias profundas junto a capacidades estatales desigualmente desarrolladas. Comprender la dominación política en Paraguay exige desplazar la mirada hacia el partido como infraestructura social del poder y hacia la combinación de mediación partidaria con regulación estatal del conflicto social. Exige además un gesto metodológico más exigente, consistente en pensar el pasado desde la materialidad de su propio momento, desde relaciones sociales efectivas, instituciones realmente existentes, formas concretas de vida política. Solo así se vuelve posible historizar con mayor precisión la experiencia stronista, sus continuidades y sus persistencias en el presente, sin reducirla a residuo inerte ni elevarla a anomalía que nos exonera de interrogar las bases sociales e institucionales de nuestra propia vida política. *Sociólogo, Universidad de Buenos Aires