Artículos

La batalla inconclusa de un hombre providencial


Marcos Pérez Talia

Los perfiles de los grandes hombres públicos, como el del Mariscal José Félix Estigarribia, pueden trazarse desde distintos ángulos: el ciudadano, el militar, el político, el diplomático. Pero hay un hilo invisible que atraviesa todas esas facetas: la convicción de que se trataba de un hombre providencial, llamado a guiar al Paraguay en sus horas más difíciles. Y, sin embargo, aquel inesperado sábado 7 de septiembre de 1940 —apenas un año después de haber asumido la presidencia en 1939— nos recordó con crudeza que incluso las vidas que parecen iluminadas están sujetas a la fragilidad del destino.

La Guerra del Chaco para muchos, era una contienda perdida de antemano: Bolivia disponía de más soldados, más armamento y más recursos. La oposición interna denunciaba una supuesta indefensión, y ese pesimismo calaba en el sentimiento nacional. Pero en medio de esa incertidumbre emergió la figura de Estigarribia.

Ya al inicio del conflicto la estrella de Estigarribia empezaba a brillar. Mientras la vieja guardia militar proponía atrincherarse en la ribera del río Paraguay, él se declaró en rebeldía y defendió una tesis audaz: llevar la guerra lo más lejos posible del río, en pleno corazón del Chaco. Lo había meditado durante años y lo había plasmado en sus Memorias.

Es cierto que la defensa de la costa ofrecía ventajas logísticas: el río y los ferrocarriles que garantizaban el abastecimiento, mientras Bolivia debía atravesar el desierto chaqueño. Pero esa estrategia dejaba la iniciativa en manos del invasor, entregando un inmenso frente al arbitrio del enemigo. Por fortuna, el presidente Eusebio Ayala supo elegir. Ante las dos concepciones en pugna —resistir en la ribera o asumir una defensa activa en el interior— optó por la visión del joven militar paraguayo. El tiempo y las batallas no hicieron más que confirmar que Estigarribia estaba en lo cierto.

Con inteligencia estratégica, paciencia y un conocimiento profundo del terreno, transformó las limitaciones paraguayas en ventajas. Fue el artífice de la victoria en batallas decisivas y, bajo su conducción, el ejército paraguayo no solo resistió, sino que logró doblegar a una fuerza que al comienzo parecía invulnerable. Entre sus tácticas más recordadas estuvo la célebre estrategia del corralito: rodear y aislar a las tropas enemigas en posiciones aparentemente seguras hasta forzarlas al desgaste y la rendición. Aquella innovación sorprendió enormemente a los bolivianos y con el tiempo sería estudiada en academias militares del mundo como ejemplo de ingenio aplicado a la guerra de posiciones en territorios hostiles. 

Estigarribia fue el hombre que creyó en la victoria cuando todos dudaban. Y cuando los demás empezaron a creer en él, terminó de forjar la leyenda.

Pero al margen de la guerra, los tiempos políticos en Paraguay eran convulsos. El enfrentamiento con Bolivia apenas había puesto en pausa la profunda crisis del sistema liberal que regía el país. En el mundo, el liberalismo entraba en agonía y desde Europa llegaban noticias del ascenso de gobiernos militares y totalitarios, corrientes que despertaban simpatías en distintos sectores de la sociedad paraguaya. 

Con la paz alcanzada, la inestabilidad reapareció con crudeza. El 17 de febrero de 1936 estalló una revolución militar que puso fin al gobierno del liberal Eusebio Ayala. A Estigarribia lo sorprendió la revuelta en el Chaco, aunque en el fondo la presentía. Intentó apaciguar a los rebeldes, pero no tuvo éxito. Y en un gesto de fidelidad a la legalidad, se presentó en Campo Grande, donde fue detenido y encarcelado junto al presidente de la Victoria. 

Las paradojas del destino fueron crueles. Mientras el gobierno revolucionario de 1936 rendía honores al Mariscal López —bajo cuya conducción Paraguay acabó destrozado— en la cárcel estaban Estigarribia y Ayala, los artífices del triunfo en el Chaco. Pero aquello, lejos de disminuirlo, templó aún más su espíritu. Quienes lo vieron entonces recordaban que los encargados del proceso ni siquiera podían sostenerle la mirada: lo que había construido en tres años de campañas militares no podía borrarse con un decreto ni con un juicio infame. Su encarcelamiento y posterior expulsión no hicieron más que sellar la agonía de aquella revolución y elevar a Estigarribia como la gran esperanza nacional. 

Como era previsible, la revolución del 36 no pudo sostenerse. Sus propios aliados militares terminaron por desalojarla del poder y colocaron de forma transitoria en la presidencia al liberal Félix Paiva. En apariencia, el liberalismo regresaba al gobierno, pero en la práctica el verdadero dueño de la escena era el militarismo, que se movía entre conspiraciones y pactos de conveniencia.

En medio de esa inestabilidad, quedaba pendiente una tarea crucial: negociar el tratado definitivo de paz con Bolivia, que debía resolver la cuestión de límites. En apenas tres años —de 1935 a 1938— se sucedieron tres gobiernos distintos: el de Eusebio Ayala, el de Rafael Franco y el de Félix Paiva. Cada uno llevó su propia estrategia y sus propios negociadores, lo que generó tensiones y desencuentros en la representación paraguaya.

Frente a una desavenencia en la delegación, y ante la falta de un acuerdo claro sobre los límites propuestos, Estigarribia decidió regresar del exilio y ponerse al frente de las negociaciones. Nadie mejor que él conocía el precio humano de la guerra y la necesidad urgente de reconducir al país hacia la paz definitiva.

Aunque hubo resistencia al tratado, Estigarribia no dudó en dar la cara y defender su ratificación en el plebiscito convocado. Lo hizo con la misma convicción con la que había guiado a sus tropas en el Chaco. El Partido Liberal se pronunció a favor; el Partido Colorado y la Unión Nacional Revolucionaria, encabezada por el coronel Franco, se opusieron. En ese clima, Estigarribia lanzó una proclama que llamaba a votar a favor del Tratado. 

El plebiscito se realizó el 10 de agosto. Fue un acto cívico como no se recordaba en la historia nacional: la concurrencia de ciudadanos fue masiva, el Ejército supervisó la jornada y verificó el escrutinio. Los resultados fueron contundentes: 135.385 votos a favor de la aprobación del Tratado, 13.204 en contra y 559 en blanco.

Así como había conducido al Paraguay a la victoria en la guerra, Estigarribia contribuyó decisivamente a la construcción de la paz. Pero aún quedaba pendiente la parte más difícil de su obra pública: cimentar la estabilidad en tiempos de paz, en medio de un país todavía convulsionado.

Se dice que Estigarribia nunca aspiró a ser presidente del Paraguay. Pero los designios del destino le reclamaron un último servicio en su vida consagrada al país. El viejo sistema liberal estaba exhausto, incapaz de sostenerse, y entre los militares no había una figura capaz de conciliar consensos. En medio del clima convulso, se ensayó una fórmula de concordia entre el Partido Liberal y las Fuerzas Armadas: llevar a la presidencia al jefe militar que encarnaba la victoria chaqueña.

Ya en el poder, Estigarribia comenzó a tejer alianzas con Estados Unidos para obtener apoyo económico y emprender la modernización largamente postergada. Pero el germen de la conspiración seguía vivo en sectores de la sociedad. Ante ello, tomó una decisión polémica pero crucial: dar por terminado el régimen constitucional de 1870 y establecer un nuevo orden, más autoritario en el poder ejecutivo, pero también más social en términos de ciudadanía y derechos.

En 1940 volvió a convocar al pueblo, esta vez para ratificar la nueva Carta Magna en plebiscito, tal como antes había convocado a defender el Chaco en 1932 y a aprobar el tratado de paz en 1938. Y, como siempre, la ciudadanía acudió en masa a revalidar. No era el instrumento lo que inspiraba confianza: era el hombre providencial al que el pueblo, una vez más, entregaba su fe ciega.

Pero el destino tenía preparada otra página amarga. El sábado 7 de septiembre de 1940, apenas un mes después de la entrada en vigencia del nuevo orden, Estigarribia debía trasladarse a San Bernardino para descansar. Su avión habitual no estaba disponible y, con apuro, ordenó que lo llevaran en un viejo Potez Nº 9, trofeo de la Guerra del Chaco. Cinco minutos antes de llegar a destino, la nave no resistió más y se precipitó a tierra. Murieron en el acto el presidente, su esposa Julia Miranda Cueto y el piloto Carmelo Peralta.

El hombre metódico y sereno, que cuidaba de su salud y repetía que tenía “un compromiso con el destino”, olvidó por única vez su disciplina. Como si no pudiera esperar quince minutos más, el destino fue implacable.

Las exequias fueron las más grandes que recuerde el país. Una multitud lo lloró y bendijo. Condolencias llegaron de todo el mundo. Pero junto al duelo se instaló otra vez la amarga idea de que “el Paraguay es un país sin suerte”.

Estigarribia había asumido en 1939 con un desafío inmenso: estabilizar al país y consolidar los logros de la paz. Promovió una nueva Constitución que algunos calificaron de autoritaria, pero la confianza popular estaba en que no sería un dictador, sino un conductor hacia la modernización y la estabilidad. Ese era su nuevo campo de batalla: no ya los montes del Chaco, sino las instituciones, la economía y la integración nacional. Y el pueblo lo respaldaba.

Lo único que no podía ocurrir era su muerte. Y ocurrió.

Su obra quedó trunca, interrumpida cuando apenas ponía los cimientos. Hizo más que muchos próceres en menos tiempo, pero no alcanzó a desplegar en paz todo lo que había prometido en la guerra. Su legado intentó ser silenciado durante las dictaduras de Morínigo y Stroessner, pero nunca pudo ser borrado, así como no lo fue en 1936.

Murió demasiado pronto, pero dejó en claro que un hombre puede encarnar la dignidad de una nación entera. Hoy, al cumplirse un aniversario más de su trágica e inesperada muerte, su figura sigue iluminando la memoria nacional. Su destino pudo ser truncado, pero su legado permanece como enseñanza: creer en el Paraguay, incluso cuando todo parece adverso, es la verdadera victoria.

167 views