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Neoliberalismo, Educación Superior y orientación al cliente: cuando el trabajo docente es lo último que importa


Por Ignacio González-Bozzolasco

Resulta cada vez más frecuente en el ámbito académico nacional escuchar expresiones y planteamientos que resaltan la importancia del estudiante en el terreno universitario. A primera vista, este “alumno-centrismo” que asume su carácter primordial en el amplio concierto de actores y estructuras que conforman el terreno de la educación superior se exhibe como una posición amable, sensible y progresista. 

Sin embargo, como principio de organización, tal enunciado pareciera aproximarse mucho más de lo aparente a la racionalidad neoliberal; a partir de la cual, se convierte a las universidades en mercados, a los saberes en mercancías y al estudiantado en consumidores con derechos amparados por métricas de servicio.

La contracara de esa visión es considerar la centralidad del trabajo docente en sus dimensiones económica, política y pedagógica, formulada desde la perspectiva marxista. Así, lejos de soslayar el interés por el estudiantado, este análisis coloca en el centro al trabajo realizado en el campo universitario como única condición para el ejercicio pleno del derecho a la educación.

El paso de “estudiante” a “consumidor” no es mera retórica, funciona como marco teórico que coloca al estudiante como conductor del proceso educativo, para introducir las funciones de elección y competencia entre proveedores de educación superior. Esta gramática moral del mercado, que opera el paso del “estudiante” al “cliente” está instalada de forma muy efectiva en los centros del capitalismo global.

En el Reino Unido de Gran Bretaña, por ejemplo, la guía Higher Education: Students at the Heart of the System (Educación Superior: Estudiantes en el Corazón del Sistema) lo formula sin ambigüedades. El ente regulador, The Office for Students (La Oficina para Estudiantes), desarrolla y promueve guías de defensa del consumidor orientándose hacia el objetivo estratégico de value for money (valor por dinero), trasladando la relación pedagógica a un contrato de servicios.

En Estados Unidos, el gobierno desarrolló la College Scorecard (Cuadro de mando universitario) herramienta que permite a los consumidores comparar el costo y el valor de las instituciones de educación superior en todo el país. La plataforma permite obtener datos como costo, tasa de graduación, tasa de empleo, monto promedio de préstamos estudiantiles y tasa de incumplimiento de préstamos, consolidando una equivalencia entre “estudiante” e “inversor en capital humano”.

Esta innovación reorganiza incentivos institucionales, currículos y evaluación docente en torno a satisfacción, empleabilidad y retorno de la inversión, desplazando lo académico por lo mercantil. Es el corazón de lo que se conoce como capitalismo académico: universidades que se orientan emprendedoramente a captar ingresos, donde el conocimiento es tratado menos como un bien público y más como un activo económico. 

En la actualidad es vasta la investigación y crítica a la mencionada tendencia. En el trabajo The Marketisation of Higher Education and the Student as Consumer (La mercantilización de la educación superior y el estudiante como consumidor), compilado por Mike Molesworth, Richard Scullion y Elizabeth Nixon, se sistematiza cómo la figura del estudiante-cliente reconfigura la docencia y la autonomía académica. Por su parte, Sheila Slaughter y Gary Rhoades, en su libro Academic Capitalism and the New Economy. Markets, State, and Higher Education (El capitalismo académico y la nueva economía. Mercados, Estado y educación superior), muestran la deriva estructural hacia mercados cuasi-competitivos y dispositivos de cuasi-precio. 

La traducción organizacional del mencionado giro de mercado es lo que se conoce como la “Nueva Gestión Pública”, consistente en metas, indicadores, auditorías y rankings que producen sujetos performativos. La antropología de las audit cultures (culturas de auditoría), con trabajos como los de Marilyn StrathernCris Shore y Susan Wright, viene documentando cómo estos dispositivos reordenan prioridades institucionales: lo que se mide es lo que cuenta. En educación, encuestas de satisfacción estudiantil, rankings y métricas de calidad anclan el gobierno universitario a criterios de servicio al cliente. Stephen J. Ball lo denomina “los terrores de la performatividad”, analizando la manera en que el trabajo docente se autodisciplina para mejorar ratings antes que para promover una formación crítica. Así, la centralidad declarada del estudiante-cliente opera como tecnología de control del trabajo académico.

La evidencia empírica sugiere, además, que una orientación consumista en estudiantes se asocia a peores resultados académicos, como lo muestran Louise Bunce, Amy Baird y Siân E. Jones. En su trabajo The student-as-consumer approach in higher education and its effects on academic performance (El enfoque del estudiante como consumidor en la educación superior y sus efectos en el rendimiento académico) confirman que la orientación del consumidor media en las relaciones tradicionales entre la identidad del alumno, el objetivo de calificación y el rendimiento académico, descubriendo que una mayor orientación al consumidor está asociada con un menor rendimiento académico. De esta manera, se reducen las motivaciones hacia el aprendizaje profundo y se refuerzan las expectativas de servicio.

El foco puesto en el estudiante-cliente como factor más relevante de la universidad, busca ocultar la centralidad económica del trabajo docente. Sin embargo, esto es puesto evidencia a través de un gran cúmulo de trabajos científicos al respecto. David Harvie, en su investigación Value production and struggle in the classroom: Teachers within, against and beyond capital (Producción de valor y lucha en el aula: docentes dentro, contra y más allá del capital) aborda la problemática desde la teoría del valor-trabajo, demostrando que el aula es un lugar de producción de fuerza de trabajo calificada y, en tanto produce valor y plusvalor, la docencia universitaria es trabajo productivo, atravesado por la alienación, el control y la lucha.

Marc Bousquet, en su libro How the University Works. Higher Education and the Low-Wage Nation (Cómo funciona la Universidad. Educación Superior y la Nación de Bajos Asalariados) documenta como los bajos salarios sostienen hoy a la universidad en los Estados Unidos, con la proliferación de personal temporal, los posgraduandos como reserva laboral, la estandarización de tareas y la evaluación gerencial. El autor afirma que todo el sistema descansa en cómo se organiza y abarata el trabajo académico, mientras que, sin ese trabajo, no hay “experiencia estudiantil” que se pueda sostener.

Del mismo modo, Stanley Aronowitz en su libro The Knowledge Factory: Dismantling the Corporate University and Creating True Higher Learning (La fábrica del conocimiento: desmantelando la universidad corporativa y creando un verdadero aprendizaje superior), denominó “universidad corporativa” al desplazamiento del gobierno colegiado y la subordinación del trabajo académico a métricas y branding. Mientras que Henry A. Giroux habla de una “guerra neoliberal”, en su libro Neoliberalism’s War on Higher Education (La guerra del neoliberalismo con la educación superior), por medio de la cual se neutraliza a los trabajadores docentes como intelectuales públicos, lo que acaba vaciando a la universidad como esfera pública. 

La tendencia mercantilizada de la educación ha corrido al trabajador docente del centro del campo educativo. Esta movida se enmarca en una operación mayor que reemplaza comunidad académica por mercado, gobierno colegiado por gerencia, cultura de pares por auditoría y deliberación, y crítica por indicadores de satisfacción. El propósito es claro: transformar al estudiante en cliente inversor, al trabajo docente en un servicio más y a los programas curriculares en portafolio de productos.

Si lo que pretendemos es proteger el derecho del estudiantado a aprender y que la universidad produzca conocimiento crítico, la prioridad debe ser material y arrancar por el cuerpo docente: estabilidad y carrera académica; tiempos de trabajo reconocidos para estudiar, prepararse y acompañar; autonomía y co-gobierno para resguardar la racionalidad académica; y organización colectiva del profesorado para disputar la subordinación a métricas de cliente.

Deberíamos entonces reformular la consigna: lo más importante de la universidad es el trabajo universitario que la hace posible. En ese trabajo, la docencia ocupa un lugar articulador, no exclusivo pero estructurante, entre conocimiento, estudiantes y sociedad. Recentrar el trabajo docente no devalúa al estudiantado; por el contrario, es la forma más consecuente de cuidar su derecho a una formación rigurosa, crítica y pública.

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