
Fernando Martínez Escobar
La política paraguaya se mueve a dos velocidades. Por un lado, irrumpen liderazgos opositores con alta valoración pública; por otro, persisten estructuras partidarias tradicionales —en especial la ANR—, cuyo peso institucional convierte casi cualquier candidatura en opción competitiva a medida que se acercan las elecciones.
Las mediciones recientes del CIIS (julio–agosto 2025) muestran, sin embargo, una foto sugestiva: si ordenamos por índice de aceptación (imagen positiva sobre nivel de conocimiento), los seis primeros lugares nacionales corresponden a liderazgos no colorados —Kattya González, Eduardo Nakayama, Miguel Prieto, Soledad Núñez, Johana Ortega y Esperanza Martínez—. Sólo Nakayama proviene de un partido tradicional (PLRA) y hoy está desvinculado; Martínez pertenece a una generación política anterior. En suma, estamos ante una oposición bien evaluada, pero poco o casi nada orgánica.

Del lado colorado, Horacio Cartes concentra mayor conocimiento, mejor imagen y aceptación, seguido por Santiago Peña; pero ninguno es elegible para competir ahora, por lo que los “candidatables” con mejor aceptación emergen en segunda línea —Arnoldo Wiens y, bastante más atrás, el vicepresidente Pedro Alliana—. Desde 1989, el Partido Colorado se ha presentado al electorado como la mejor opción de renovación, encarnando al oficialismo y a la oposición al mismo tiempo a través de sus propios movimientos internos. Ese desdoblamiento ha sido una de sus herramientas más eficaces para permanecer en el poder. Sin embargo, tras el declive del movimiento conducido por Mario Abdo, la ANR parece haber ingresado en un proceso de unificación bajo la conducción de Horacio Cartes. Por lo tanto, el Partido Colorado ha dejado —al menos por ahora— fuera de su menú electoral la idea de renovación, antes encarnada por sus movimientos internos opositores.
La imagen general sugiere una ola de liderazgos no anclados ni en la ANR ni en el PLRA, que logran capitalizar la demanda social de cambio. Son figuras potencialmente votables en todo el país, pero esa potencialidad se dispersa al carecer de una estructura que unifique voluntades y convierta la simpatía en organización. En otras palabras, la ANR cede momentáneamente la “idea de cambio” a la oposición, aunque no por decisión propia, sino por la imposibilidad coyuntural de disputarle el liderazgo a Cartes. Habrá que observar si esta dinámica se consolida o si, conforme se acerquen las elecciones, los movimientos internos colorados recobran su fuerza.
Si bien aún queda camino por recorrer, el proceso de unificación del Partido Colorado se presenta como una paradoja: la unidad que lo fortalece puede, al mismo tiempo, debilitar su atractivo electoral, al eliminar las tensiones que históricamente alimentaron su capacidad de renovación. En términos concretos, la ANR renuncia a ofrecer la idea de cambio que antes nacía de sus propias facciones.
El piso electoral histórico de la ANR ronda el 35% de los votos, una base institucional extraordinariamente alta. A ese núcleo duro se le suma, en cada elección, un porcentaje adicional impulsado por la capacidad del partido de reinventarse bajo la narrativa del “cambio”, incluso cuando este surgía desde dentro. Esa tensión entre oficialismo y oposición ha sido una constante: se vio en la oposición de Luís María Argaña frente al general Rodríguez, luego frente a Wasmosy y Oviedo, más tarde con Mario Abdo frente a Cartes en 2018 y con Cartes y Peña frente a Abdo en 2023.
A la inversa, el intento de unidad de la ANR encuentra su reflejo invertido en la oposición. Los liderazgos no colorados que hoy gozan de buena imagen podrían transformar esa popularidad en fuerza electoral si logran superar la dispersión y articular una estrategia común. La clave está en combinar el alcance nacional de algunos referentes con la presencia territorial de otros, apoyados quizá en la maquinaria del PLRA o en nuevas formas de coordinación política.
Y así, la política paraguaya sigue moviéndose a dos velocidades: una oposición de nuevos liderazgos que acelera en la opinión pública, pero sin motor organizativo, y un Partido Colorado que avanza sostenido por una estructura que nunca se detiene. En ese contraste —entre la agilidad de nuevos liderazgos despojados de organicidad y la persistencia del poder institucional— se va forjando el escenario electoral del Paraguay de cara a las próximas elecciones.
