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Liderazgos sin partido, partidos sin liderazgo: rumbo al 2028


Por Marcos Pérez Talia

Hace pocas semanas, el Centro Interdisciplinario de Investigación Social (CIIS) publicó su más reciente encuesta nacional sobre política paraguaya. Entre sus múltiples hallazgos, hay uno particularmente sugerente para entender el escenario opositor: el índice de aceptación ponderado por conocimiento, una métrica que equilibra dos variables que a menudo se confunden: la imagen positiva y el nivel de conocimiento. En otras palabras, no se trata solo de cuánta gente tiene buena opinión de una figura, sino de cuánto pesa esa opinión dentro del total de quienes la conocen.

El resultado ofrece una fotografía llamativa: los seis primeros lugares del ranking están ocupados por políticos de la oposición. Encabezan Kattya González, Eduardo Nakayama, Miguel Prieto, Soledad Núñez, Johana Ortega y Esperanza Martínez. Recién en el séptimo lugar aparece el primer referente colorado —Arnoldo Wiens— seguido de Horacio Cartes y Santiago Peña.

Gráfico 1. Índice de aceptación ponderado por conocimiento

Fuente: CIIS. https://ciis.org.py/2025/10/08/encuesta-nacional-de-julio-a-agosto-de-2025/ 

Este detalle no es menor: los dos principales líderes del oficialismo no podrán, salvo reforma constitucional, presentarse como candidatos en 2028. Y aunque su peso político sigue siendo determinante, su eventual ausencia electoral abre un terreno fértil para la reconfiguración del mapa político.

Sin embargo, el dato más relevante no es tanto el lugar que ocupan los opositores como lo que ese lugar revela: la oposición parece tener más liderazgo que estructura. Es decir, dirigentes con alta aceptación ciudadana, pero con una capacidad organizativa y territorial todavía débil a nivel nacional.

La política paraguaya, como la de buena parte de América Latina, no se define únicamente por la simpatía expresada en encuestas, sino por la capacidad de transformar apoyo en votos, y votos en poder real. En ese sentido, el sistema político sigue premiando a quienes logran combinar arraigo local, maquinaria partidaria y presencia nacional, algo que hasta hoy continúa siendo, sobre todo, patrimonio colorado. Por detrás, el Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA) se mantiene como el segundo espacio con implantación nacional, mientras que las demás fuerzas políticas apenas alcanzan presencia regional o local, sin conformar aún un tercer bloque organizado de alcance nacional. Solo se observa una expresión de organización, aunque de carácter marcadamente regional, en el departamento de Alto Paraná, representada por el movimiento Yo Creo.

La encuesta del CIIS deja ver esa paradoja con claridad. Ninguno de los seis opositores mejor valorados pertenece al Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA), la fuerza opositora con mayor estructura nacional. El primer liberal que aparece en el listado es Víctor Ríos, en el puesto 11°, aunque hoy fuera de competencia electoral por su rol en la Corte Suprema de Justicia.

El contraste es evidente: mientras los liberales mantienen una red territorial todavía activa, sus liderazgos nacionales carecen de magnetismo; y mientras las nuevas figuras opositoras gozan de alta legitimidad social, carecen de la estructura para proyectarse más allá de su base local o sectorial.

La pregunta central, entonces, no es si existen liderazgos opositores con apoyo ciudadano —la encuesta confirma que sí—, sino si esos liderazgos pueden articularse en un proyecto común. 

La política enseña que esa brecha no es insalvable. El verdadero desafío pasa por la convergencia, la articulación y el encuentro en un espacio común capaz de trascender los límites personales o partidarios.

En ese proceso, el PLRA puede y debe tener un rol activo. Aun cuando hoy —a tres años de las elecciones— no disponga de liderazgos nacionales fuertes, su capital territorial lo convierte en pieza clave para facilitar la coordinación opositora.

Mientras nuevos actores apelan a discursos de renovación, transparencia o anticorrupción —lenguajes que parecen conectar mejor con generaciones más jóvenes y menos cercanas a las estructuras partidarias—, el liberalismo conserva una base territorial importante, pero enfrenta el reto urgente de reconectar su tradición con las demandas y sensibilidades del presente. La consecuencia es visible: una estructura robusta sin liderazgo nacional frente a liderazgos reconocidos, pero sin estructura.

De cara a 2028, el PLRA enfrenta un reto enorme: convertirse en el “hermano mayor” de la convergencia opositora. Por responsabilidad histórica, tiene la posibilidad —y quizás la obligación— de asumir un rol articulador, ayudando a integrar las distintas expresiones opositoras bajo un mismo paraguas.

Eso no implica necesariamente que deba encabezar candidaturas nacionales, sino que asuma el papel de articulador político, uniendo infraestructura, experiencia y recursos al servicio de una estrategia más amplia. Su responsabilidad no pasa solo por competir, sino por construir el centro vital de la oposición.

Esa tarea se vuelve aún más urgente si recordamos lo ocurrido en las elecciones de 2023. Si bien el Partido Colorado volvió a ganar la presidencia, el resultado mostró una vez más que el electorado paraguayo vota mayoritariamente a la oposición. La suma de los votos de Efraín Alegre y Payo Cubas superó ampliamente a los de la ANR. Sin embargo, no se encontró la fórmula para unificar ambas expresiones opositoras, y esa división terminó garantizando la continuidad colorada. Ese error no puede volver a repetirse en 2028.

El futuro del PLRA en la oposición dependerá, en parte, de la capacidad de servir como plataforma para nuevas figuras sin intentar absorberlas. En otras palabras, convertirse en infraestructura de la oposición, más que en su competencia.

El panorama que emerge de la encuesta del CIIS no anticipa necesariamente el fin del bipartidismo, pero tal vez sí su transformación. Paraguay parece avanzar hacia un modelo de oposiciones múltiples, donde distintas figuras encarnan sensibilidades diversas: progresista, liberal, municipalista o ciudadana.

La pregunta es si esas sensibilidades podrán confluir en una narrativa compartida que conecte con el electorado más allá de las fronteras partidarias.

En ese sentido, la concertación —ya utilizada en 2023— sigue siendo una herramienta jurídica y electoral válida para canalizar esa diversidad. Si bien su implementación anterior terminó debilitada por divisiones internas, esa experiencia ofrece aprendizajes valiosos. La democracia, al fin y al cabo, se sostiene en la capacidad de aprender de sus fracasos.

De fondo, lo que está en juego es la posibilidad de imaginar una nueva oposición: más coordinada, menos testimonial, más programática que reactiva. El desafío no es solo ganar una elección, sino redefinir el papel de la oposición en un país donde el oficialismo ha naturalizado su dominio.

Las encuestas, se sabe, no eligen presidentes, pero ayudan a leer los vientos. Y el viento, por ahora, sopla a favor de liderazgos opositores con reconocimiento ciudadano, aunque sin base estructural sólida. La tarea, de aquí a 2028, será construir ese mapa. No solo sumar nombres, sino articular redes, recursos y relatos. Porque las elecciones no se ganan en redes sociales ni en las encuestas, sino en los territorios, en las alianzas y en la confianza colectiva.

Y allí, como muestra la encuesta del CIIS, la oposición paraguaya todavía tiene su mayor desafío pendiente.

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