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Lecturas sobre las elecciones en CDE


Por Marcos Pérez Talia

El pasado domingo 9 de noviembre se celebraron elecciones a Intendente en Ciudad del Este tras la destitución de Miguel Prieto por la Cámara de Diputados. El ganador completa el mandato municipal que culmina en diciembre del 2026. Esperado para algunos, sorpresivo para otros, el delfín de Prieto, Dani Mujica, derrotó al candidato colorado con una diferencia de 40 puntos porcentuales. Aquí proponemos algunas lecturas que dejan este proceso electoral. A esta altura ya no hay dudas de que Miguel Prieto es un fenómeno político nacional cuyo techo aún no sabemos. Desde su ascenso al poder municipal en 2019 -tras la destitución de la intendenta Sandra McLeod- nada fue igual en Ciudad del Este, tal como se observa en la siguiente tabla.

Gráfico 1. Últimas cuatro elecciones municipales en CDE (2015 – 2025)

En las municipales del 2015 -las últimas sin Miguel Prieto como candidato a Intendente- los colorados triunfaron por última vez frente a su histórico adversario, el PLRA. A partir del 2019, Prieto y su equipo ganaron todas las elecciones municipales, observándose además un descenso del voto colorado de casi 15 puntos, y la desaparición del PLRA como oferta para intendente. 

El ascenso de Miguel Prieto en Ciudad del Este en 2019 puede leerse como un ejemplo contemporáneo de la tensión entre fortuna y virtud que plantea Maquiavelo. La fortuna, entendida como ese conjunto de circunstancias externas que abren oportunidades inesperadas, se manifestó claramente con la destitución de la intendenta Sandra McLeod, que dejó un vacío político y simbólico en la ciudad. Pero esa coyuntura —ese golpe de suerte— no bastaba por sí sola. Prieto, entonces un joven concejal sin la estructura tradicional de los grandes partidos, tuvo la virtù suficiente para reconocer el momento, actuar con audacia y convertir la crisis en una plataforma de poder.

Su victoria no fue sólo resultado de la fortuna, sino de su capacidad de leer el clima social, conectar con el descontento ciudadano y ofrecer una narrativa de renovación en un contexto de desgaste institucional. En términos maquiavelianos, Prieto supo “dominar la fortuna” con su virtù: la combinación de talento político, timing y osadía que distingue a quienes no esperan que el destino les favorezca, sino que lo moldean.

Su gestión política fue siempre expansiva, en búsqueda de trascender el ámbito local. Comenzó como un pequeño movimiento ciudadano en 2019, se consolidó a nivel regional en 2021 y dio el salto nacional en 2023, cuando apoyó a la Concertación Nacional para instalar su nombre en la agenda del país. Esa estrategia, que le permitió ganar visibilidad dentro de la oposición, también le valió nuevos enfrentamientos con el Partido Colorado.

Hace unos meses fue destituido por la Cámara de Diputados, que aprovechó su mayoría colorada para sacarlo del cargo. El mensaje era claro: Prieto había sido identificado como uno de los rivales a vencer, y había que neutralizarlo antes de tiempo. Pero la jugada no resultó. El domingo pasado, su delfín Dani Mujica no solo retuvo la intendencia, sino que asestó la derrota más contundente de la ANR en el Este, con una diferencia inédita de 40 puntos.

Este resultado generó análisis tan extremos como apocalípticos. Aquí proponemos una lectura más equilibrada: optimista para la oposición, moderada para el oficialismo. En otras palabras, sus efectos son más profundos del lado opositor que dentro de la ANR.

Desde el coloradismo, la derrota parece haber sido tan asumida como inevitable. La candidatura republicana carecía de entusiasmo, la unidad partidaria se mostraba frágil y los discursos desde la capital sonaban resignados. Además, Ciudad del Este hace tiempo dejó de ser un bastión colorado. Su último triunfo municipal fue en 2015; y a nivel nacional, Efraín Alegre superó a Mario Abdo en 2018 por casi 10.000 votos, y en 2023 Payo Cubas los aventajó por 15.000. Pretender extrapolar una elección municipal a una lectura nacional sería, además, un error de perspectiva.

¿Significa eso que debe minimizarse lo ocurrido el domingo? En absoluto. Pocas veces la ANR sufre derrotas tan amplias, incluso en territorios adversos. Por eso, el impacto más fuerte se siente en la oposición.

En primer lugar, el resultado empieza a reordenar liderazgos y escenarios opositores. Tras la salida de Efraín Alegre de la primera línea y en medio de un recambio generacional natural, la coyuntura se presenta como un punto de inflexión: se cuestionan las viejas estructuras y emerge una nueva camada de dirigentes con peso territorial que buscan nuevas reglas de juego. Muerto el rey, viva el rey.

Dos gestos posteriores al triunfo confirman la lectura. Primero, en su discurso, Prieto se presentó como “agente de la unidad” en la construcción opositora. No lanzó explícitamente su candidatura presidencial —aunque eso sea algo evidente—, sino que eligió posicionarse como conductor de un proceso más amplio. La candidatura llegará por decantación; antes, la oposición necesita conducción.

En segundo lugar, lejos de disfrutar de la euforia del resultado, salió a respaldar públicamente a Johana Ortega, desafiando la decisión del PLRA y arriesgando su “aura” de invencible frente a una posible derrota de su candidata ante Soledad Núñez, hoy mejor posicionada en Asunción.

¿Un riesgo innecesario? ¿Una afrenta al PLRA? Tal vez. Pero, como enseñó Michael, no es personal, son negocios. Prieto parece entender que la política es un tablero de ajedrez, y lo que pasó en Ciudad del Este fue apenas la primera gran jugada del 2028. Dentro de los incentivos y restricciones de la ecuación entran claramente Kattya González, su futuro relacionamiento con el PLRA y la definición de nuevas reglas de juego. Pero eso merece otro análisis más detallado, que excede lo propuesto aquí. 

En segundo lugar, el triunfo confirma que el “modelo CDE” funciona: construir desde abajo, con arraigo local, para luego proyectarse hacia lo nacional. Una oposición articulada, con acuerdos mínimos y liderazgo claro, es la única fórmula que históricamente logró vencer a la ANR. Salvo excepciones como Filizzola en 1991 o Ferreiro en 2015, sin unidad opositora es casi imposible disputar el poder colorado. Prieto sintetiza algo que hoy tiene demanda: renovación, gestión visible y un liderazgo joven capaz de conectar con distintos estratos sociales. Además, Prieto se presenta culturalmente como colorado: alude con frecuencia a su madre colorada y a sus tíos seccionaleros, y no se identifica con campañas como #ANRNuncaMás, ubicándose “en el medio” en términos identitarios. Este posicionamiento no parece casual: también lee el vacío de alternativa al cartismo dentro de la propia ANR. Un partido que históricamente albergó oficialismo y oposición internas hoy muestra un solo movimiento dominante, sin corrientes disidentes con peso orgánico. Prieto, en ese contexto, seguramente busque ocupar un espacio simbólico que el coloradismo no está llenando.

La carrera hacia 2028 recién empieza y todavía queda una estación decisiva: las municipales de 2026. El proceso arrancó con fuerza, pero falta mucha agua por correr y conviene no olvidar que la ANR es el partido que mejor se adapta a las coyunturas y casi nunca da por perdido una batalla.

La primera prueba está en Asunción. Allí Prieto deberá demostrar el rol de conductor que prometió la noche del triunfo. Si consigue ordenar, sumar y evitar que la euforia de Ciudad del Este se transforme en un tropiezo en la capital, consolidará su proyección nacional. Si no, la luna de miel puede terminar rápido.

En estos días, la “borrachera” del triunfo en CDE ya le jugó alguna mala pasada: declaraciones impulsivas que, lejos de afirmarlo como el articulador que la oposición necesita, reactivan viejos fantasmas de división. El tablero del 2028 empezó a moverse. Prieto está en el centro, pero el momento exige prudencia, fina estrategia y una dosis de racionalidad política que sostenga lo construido.

 

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