Un Stroessner para cada necesidad: élites políticas y narrativas negacionistas de la dictadura

Magdalena López*
El 3 de febrero de 1989, consultado respecto a la posibilidad de instaurar una democracia, Andrés Rodríguez confesó en Última Hora que los paraguayos podían tener, “la esperanza de que podamos dar inicio a estas cosas”. Rodríguez, consuegro del dictador, miembro protagónico de la dictadura stronista y líder del Partido Colorado, reconocía que Paraguay debía iniciar los caminos de la democracia, de “estas cosas”.
Confirmando esto, el l8 de abril, ya en campaña para las elecciones presidenciales, Rodríguez dijo públicamente “Yo quiero ser optimista y decir que vamos a aprender lo que es democracia, y que nos tomaremos el trabajo de practicar su difícil pero gratificante gimnasia. Comencemos ya, ahora mismo, a respetarnos, a tolerarnos, a comprendernos, a ayudarnos y hasta, si se puede, a mirarnos con simpatía”.
Parece que hasta el mismo Rodríguez sabía que el régimen stronista no había sido ni democrático ni pluralista, a pesar de una insistente tendencia a sostener una fachada democrática institucional mediante la sanción de leyes y constituciones, con un Congreso y mecanismos viciados. Desde entonces, distintas élites políticas han reconstruido múltiples versiones del pasado stronista, adaptándolo a las necesidades de cada momento democrático.
Para el momento del golpe del 89, la dictadura había alcanzado un grado de degradación tal que ya no respondía a soluciones internas. El contexto regional e internacional (impulsado por Estados Unidos, anteriormente aliado de Stroessner), los clivajes internos del partido y las fuerzas armadas, las crisis económica y financiera, la compleja red de corrupción y tráfico, la proliferación de problemáticas sociales, así como las demandas aperturistas y democráticas de la sociedad civil, las organizaciones sociales, los grupos de activistas, la iglesia y otras instituciones, abrieron las puertas de un proceso que había parecido imposible durante años.
En los años de la transición, el Partido Colorado (ANR) tuvo una posibilidad única de despegarse de la figura de Stroessner. Sin embargo, la llegada de la democracia no implicó una ruptura total con el pasado. Importantes figuras de la ANR, que habían ejercido cargos durante la dictadura, reconvirtieron sus trayectorias y mensajes para encajar en la nueva etapa.
Esto ha dividido al Partido Colorado en líderes que (quizás menos ruidosamente) han identificado al stronismo como una dictadura (algunos de los cuales ya se habían expresado así durante el régimen e incluso habían sido forzados al exilio o la desactivación política) y aquellos que niegan sus características, respaldándose en tres construcciones que se desarrollan a continuación.
La primera, la Constitución y leyes sancionadas en el período. Estas fueron realizadas en condiciones procedimentales deficientes, con proscripción y persecución a la oposición, estado de excepción y políticas represivas y violatorias de derechos. Si bien la democracia necesita leyes, no todos los procesos con leyes son democráticos.
En segundo orden, el supuesto avance en el desarrollo productivo y económico del país. La creación de la represa de Itaipú trajo un boom económico que ya para la década del 80 había terminado. El acuerdo de negociación con Brasil fue inconveniente para el Paraguay y los demás “avances” llamados “modernización conservadora” han sido relativizados por no encontrarse sobre ellos evidencias empíricas más allá del relato del propio régimen, así como una red de corrupción y contrabando afianzada y extendida que fue denunciada incluso por algunos miembros de las élites económicas que ya pensaban en la transición.
Y, finalmente, el apoyo popular que, argumentan, acompañó siempre al líder. Este apoyo estuvo mediado por violencia, persecución, prebendarismo, así como un uso estratégico de recursos estatales y de una retórica nacionalista que en muchos casos agitó sentimientos de pertenencia y apoyo a Stroessner como continuador de los grandes caudillos libertadores e independentistas del Paraguay (algo que Andrew Nickson trabajó en detalle). Además, el fuerte disciplinamiento social y las estrategias de represión moldearon la respuesta social, inhibiendo en muchos casos un frente organizado y conjunto.
Hay opositores e incluso líderes colorados que han denunciado al stronismo por su ejercicio dictatorial del poder y a la vigencia que muchas de esas prácticas tienen hasta la actualidad. No obstante, que el período de gobierno encabezado por Stroessner se condice, teórica, histórica y conceptualmente con una dictadura ha sido mucho más un consenso de los círculos sociales, de activistas y académicos, que de las élites políticas y económicas del Paraguay.
Parece que hasta el mismo Rodríguez sabía que el régimen stronista no había sido ni democrático ni pluralista, a pesar de una insistente tendencia a sostener una fachada democrática institucional mediante la sanción de leyes y constituciones, con un Congreso y mecanismos viciados.
Luego de 35 años de dictadura, con una sociedad profundamente marcada por la violencia, estructuras políticas rígidas y un Estado que seguía reproduciendo prácticas autoritarias, fueron esas mismas élites las que tuvieron un rol clave en el cierre del ciclo stronista y en el diseño de la transición democrática. Esa continuidad ayuda a explicar por qué su forma de representar al dictador y a su régimen sigue ocupando un lugar tan visible y persistente en el debate público.
Que sigan existiendo miembros de las élites políticas que insisten en la hipótesis del carácter “democrático” del stronismo, no confirma su premisa, sino que demuestra la veracidad de al menos tres conclusiones. La primera, la justicia transicional (entendida en un sentido amplio como la capacidad de reparar el daño, proveer justicia a las víctimas de violación de derechos humanos, y reparar el tejido social a partir de la elaboración de políticas de memoria, verdad y justicia) fue ineficiente en materia reparatoria, escasa en penalización, y no logró modificar la narrativa hegemonizada durante 35 años de dictadura. La segunda, la renovación de las élites es muy lenta, y está mediada por la ANR y la visión hegemónica del pasado reciente. Esto alimenta un discurso apolítico y anticasta que, en el caso paraguayo, ha fortalecido paradójicamente al partido hegemónico de gobierno y a sus posturas más conservadoras. Finalmente, la democracia, con todas sus ventajas, no ha revertido las enormes desigualdades sociales y económicas que caracterizan al modelo económico paraguayo. Esto alimenta discursos de desinterés por la democracia, que se evidencia en la caída de los índices de apoyo pleno a la democracia desde 1995.
Las ideas del dictador y sus colaboradores permanecieron en el partido y en los cargos públicos, así como también sobrevivieron sus representaciones sobre el período y las prácticas de confusión de partido con Estado y de democracia con dictadura.
* Coordinadora del Grupo de Estudios Sociales sobre Paraguay (IEALC-Universidad de Buenos Aires). Investigadora de CONICET en el Instituto de Investigaciones Gino Germani.
