
Rafael Filizzola Serra *
En los años 90, el jurista argentino Carlos Santiago Nino, figura relevante en el juicio a las juntas militares (1976 – 1983) durante el gobierno de Raúl Alfonsín, publicó una obra en la cual analiza procesos emblemáticos contra regímenes totalitarios y tiranías, desde los de Nuremberg en adelante, con especial atención al juicio contra Videla y otros jerarcas militares por delitos de lesa humanidad en su país. El título escogido para ese libro no pudo ser más certero y elocuente: “Juicio al mal absoluto”.
El periodo comprendido entre 1954 y 1989 en Paraguay no difiere en lo esencial de las dictaduras instauradas en la Argentina o Chile. Personajes distintos, mismos hechos. Regímenes sostenidos por la fuerza que despreciaban la Constitución y la ley, se fortalecían con la persecución sistemática a todo tipo de cuestionamiento y con la violación artera de los derechos humanos y el desconocimiento absoluto de la dignidad de las personas. Gobiernos de facto que robaron, torturaron, mataron y ni siquiera permitieron, en muchos casos, que las familias de las víctimas tengan al menos el consuelo de darle sepultura a los restos mortales de sus deudos.
Los niveles de ensañamiento de la dictadura stronista contra quienes luchaban por la democracia no tuvo límites. La crueldad demostrada, documentada ampliamente en los informes de la Comisión de Verdad y Justicia, no son propias de la naturaleza humana. ¿Era necesaria tanta violencia teniendo un poder tan absoluto? La conducta de Stroessner solo puede describirse en términos de maldad: mal absoluto, como define Nino.
Augusto Roa Bastos, con ese magistral talento que tenía para jugar con las palabras, se refirió a Stroessner como “el Tiranosaurio”. Recordando ese neologismo, se me ocurre que quizás, algunos desmemoriados, ya sean honestos o deshonestos en términos intelectuales, deberían leer el informe de la Comisión de Verdad y Justicia.
Pero Stroessner se distingue de sus camaradas chilenos, argentinos, uruguayos o brasileños por varios motivos. El más notorio, pero no el único y, probablemente, tampoco el más relevante, es la longevidad de su gobierno. Quizás esta es la consecuencia de otras condiciones que hicieron posible esa larga tiranía.
En efecto, a diferencia de las dictaduras de la región, el stronismo no se limitó a su base militar. Ya sea por habilidad o por inercia supo hacerse del control de uno de los partidos tradicionales del país y establecer un esquema de poder basado en la fuerza de los militares, las bases civiles de la ANR y la partidización de la burocracia. Como elementos transversales de dominación recurrió al uso y abuso de la violencia y las represalias como el exilio o la confiscación de bienes, para infundir temor y evitar todo tipo de oposición. Además, instauró un sistema de corrupción sistémica como medio de premiar lealtades.
Estos cimientos del poder de la dictadura fueron tan eficientes que cuando el dictador ya había caído en la obsolescencia y se había convertido en un problema para el sistema, porque era insostenible en una región que se democratizaba, sencillamente lo apartaron del gobierno de la misma forma en que llegó: por la vía de la violencia. Sin embargo, por varios años más, e inclusive en el presente, una parte importante del modelo se ha mantenido y ha permitido que la ANR permanezca al frente del país, salvo en un breve intermedio, durante este periodo de frágil democracia.
Por supuesto, no vimos al dictador sentado ante los jueces como en la Argentina. El golpe contra Stroessner no fue contra el poder sino dentro del poder, como señalan Carlos Martini y Víctor Jacinto Flecha. No se trataba de democratizar el país, sino de liberalizarlo lo menos posible para que el régimen continúe con los cambios suficientes. Dentro de estas limitaciones, el grado de democratización que hemos alcanzado es consecuencia de la lucha de décadas de demócratas de todos los sectores políticos y sociales, incluyendo a colorados por supuesto. Así pasamos de una transición desde el poder de un sistema casi totalitario a uno de partido predominante.
Pero queda mucho que decir sobre el legado de esta dictadura, que en parte perdura. Me voy a limitar a lo que considero más importante.
Kubitschek construyó Brasilia durante un periodo constitucional (1956 – 1961). ¿Qué dejó Stroessner tras 35 años de tiranía? Al finalizar la dictadura el país casi no contaba con infraestructura vial ni políticas básicas en salud, educación o vivienda. La cobertura de los servicios más esenciales como luz, agua y saneamiento eran irrisorios y los niveles de desempleo y pobreza estaban entre los más altos de la región. Los robos de vehículos y los asaltos domiciliarios eran la constante, contrariamente al mito tan frecuentemente escuchado de que en esa época se podía dormir con las ventanas abiertas. Todo esto mientras la élite gubernamental se enriquecía en forma grosera a costa del latrocinio de las arcas públicas y de los negocios con el Estado.
A la corrupción sistémica se sumó un negocio adicional: la protección al crimen organizado. Paraguay se convirtió en país de tránsito de todo tipo de actividad ilegal y de refugio de criminales de guerra, narcotraficantes y delincuentes de toda laya. En el presente se sienten las consecuencias, cada vez con mayor intensidad, de ese vínculo entre poder político y criminalidad. El país quedó encerrado en un círculo vicioso del cual todavía no puede salir: el poder político ampara y protege a la corrupción y el crimen y estos sostienen económicamente al poder político.
Quiero, en estas últimas líneas volver al inicio. La crueldad del dictador no quedó dentro de los límites de la contienda por mantener el poder. Se extendió a la destrucción de incontables vidas de personas. Particularmente las de muchísimas niñas que fueron reclutadas como objetos para satisfacer la lascivia de un pederasta. Sí, fue además un pervertido carente de todo límite moral.
Augusto Roa Bastos, con ese magistral talento que tenía para jugar con las palabras, se refirió a Stroessner como “el Tiranosaurio”. Recordando ese neologismo, se me ocurre que quizás, algunos desmemoriados, ya sean honestos o deshonestos en términos intelectuales, deberían leer el informe de la Comisión de Verdad y Justicia. O, si quieren algo más ameno, ver “Argentina, 1985”, una película excepcional que describe los juicios a los militares argentinos por las violaciones de los derechos humanos, o leer “La fiesta del Chivo” de Vargas Llosa. Luego, cambien a Videla y a Trujillo por Stroessner, y van a entender con claridad el horror de su dictadura.
Talvez Stroessner no fue un dictador. En efecto, Norberto Bobbio distingue la dictadura de la tiranía. La primera tiene legitimidad, es una institución que nos llega del Derecho Romano. La segunda no. Con esa lógica, Francia fue un dictador pero Stroessner fue un tirano.
Dictador o tirano, importa poco su título, fue un pederasta y un asesino cruel. Un incompetente que nos legó un país en ruinas.
*Senador de la Nación. Abogado y docente universitario
