
por César Trapani.
Mientras sus caseros preparan el carruaje para su viaje, el diputado medita acerca de su participación en la próxima sesión parlamentaria. Sabe que su voto será determinante. Probablemente sea él quien decida en contra de los intereses del monarca. Sin embargo, está en calma; sabe que, a pesar de todo, el poder del rey no podrá impedirle llegar hasta el parlamento e intervenir tal como lo piensa hacer. No puede ser arrestado –salvo que sea sorprendido al momento mismo de cometer un delito–; tampoco sería posible enjuiciarlo sin más, puesto que, en todo caso, sus pares deberían autorizarlo, verificando si existen razones fundadas. Para ello, se asegurarían que la acción penal esté orientada a la correcta aplicación de la ley y la judicatura no está siendo instrumentada para perjudicar las decisiones de otro órgano estatal.
