La ortografía / La política

por Damián Cabrera

Es muy fácil burlarse del que es poco instruido, del que es analfabeto y de aquel cuya dicción, caligrafía u ortografía dista mucho de la más prestigiosa. Es fácil burlarse del que no habla castellano, o del que se expresa con dificultad en cualquier lengua extranjera.

Cartes tuvo conductas cuestionables, de eso no hay duda: hubo discriminación en su gobierno, casos de violaciones a derechos humanos, siguieron políticas excluyentes, entre otras. Por supuesto, frente a este conjunto, no perderíamos la oportunidad de hacer justicia, aunque sea a través de la poética de la burla.

Hay que meditar un poco antes de levantar el dedo inquisidor contra Cartes, al menos en lo que respecta a su escritura. Desacreditar a un sujeto por su forma de escribir podría acarrear, entre otras cosas, el sentido elitista de que aquellos que no han sido instruidos según los cánones dominantes, que aquellos que no hablan la lengua dominante, que aquellos cuya cultura no es la prestigiosamente dominante están descalificados para hacer política, para disputar con sus desacuerdos en el espacio común. Cómo no pensar que burlarse de la ortografía de un personaje de élite (económica) como lo es Cartes también es dirigir la burla, aunque sea sin proponérselo, a cualquier líder político comunitario, a cualquier ciudadano que no ha tenido acceso a determinada instrucción alfabetizadora, y que a pesar de ello quiere participar de la educación, aproximarse desde su no saber a la vida académica, hacer política, construir la representación y animar lo común.

En una ocasión, un notable académico paraguayo había dicho que “un correcto pensamiento y un correcto discurso oral sólo puede existir si es precedido de una correcta lectoescritura”. Yo me permití disentir con él, y creo que en algún momento este señor también se permitió disentir consigo mismo, como se espera de un académico. Christine Pic-Gillard, en su libro Incidencias sociolingüísticas del Plan de Educación Bilingüe Paraguayo 1994-1999 (Asunción: Servilibro, 2004), relata cómo había tomado la siguiente frase de un separador de libros: “Sólo avanzan los pueblos que leen”, y había convertido la sentencia en una interrogación: “¿Sólo avanzan los pueblos que leen?”. Me gustó más esa pregunta, por supuesto, porque considero (como lector y como persona que vive escribiendo) que la lectura no es inherentemente buena.

Cartes tuvo conductas cuestionables, de eso no hay duda: hubo discriminación en su gobierno, casos de violaciones a derechos humanos, siguieron políticas excluyentes, entre otras. Por supuesto, frente a este conjunto, no perderíamos la oportunidad de hacer justicia, aunque sea a través de la poética de la burla. Pero que no nos distraiga la ortografía: no saber escribir no lo anula como sujeto con el que hay que disputar la política y lo común. No saber escribir, no saber hablar determinada lengua, no saber leer, no deberían ser condiciones para anular a nadie su derecho de hacer política.

           Claro que Cartes ya sabe esto, y hace tiempo viene imprimiendo su huella en la esfera pública, manipulando nuestro tiempo con sus designios sobre nuestro futuro, sobre nuestro cuerpo y sobre nuestra dignidad. Pero es justo pensar que la loable afrenta que vaya dirigida a una persona como él no se convierta en norma para agraviar en adelante a otros sujetos que no leen y no escriben pero que buscan junto a nosotros su espacio de inscripción.

 

Foto de portada: Diario ABC Color.

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