Héroes sin tumbas

Por Jorge Rolón Luna*.

El gran David Bowie nos legó, entre tantas otras obras eternas, una canción llamada simplemente “Heroes” (en inglés). En el coro resume en gran medida el concepto de lo heroico: “Podemos ser héroes solo una vez”. Es que el héroe, por lo general, no vive para contarlo. Un aspecto de esta pandemia que se abate sobre el mundo y nosotros, los paraguayos, es el de configurarse como una situación en la que se dan las condiciones para el heroísmo (real o inventado).  Pero nos enseñan la literatura, el cine y la historia que este rol se reserva para quienes están allí donde se necesita del héroe.

La presencia del héroe en la literatura es antigua. Piénsese nada más en Odiseo o Ulises, personaje de la obra La Odisea, que se cree fue escrita hacia el siglo VIII A.E.C. Estos caracteres, adornados con virtudes particulares y rotundas, dominaron la escena literaria hasta que, desde El Lazarillo de Tormes (1554) y del Quijote (1605), el antihéroe —que no es su antítesis, como dijera en un desafortunado tweet el inefable ministro de Educación, confundiéndolo con el villano— empieza a poblar las historias y narraciones.

En el siglo XIX, el antihéroe tiene carta de ciudadanía definitiva entre los personajes literarios y, en el siglo XX, es difícil nombrar a algún autor literario de renombre que no se ocupe de antihéroes. Desde Céline a García Márquez, Bukowski o Bolaños, la novela abunda en ellos. En el cine, el héroe es también un arquetipo retratado hasta la náusea, y toda película taquillera cuenta con uno. Obviamente, también el séptimo arte se ha ocupado del antihéroe, a tono con los tiempos que se viven.

El héroe, casi siempre literario o cinematográfico, aunque también habitante de los libros de historia (especialmente aquellas obras hagiográficas) se caracterizó siempre por sus virtudes extraordinarias, por su entrega, por ser capaz de realizar las mejores obras. Sus capacidades sobrehumanas y su astucia en pos de una noble causa o del pueblo generan agradecimientos eternos por su hidalguía y su coraje. Pero el héroe realiza sus hazañas en periodos que no pueden ser largos: una guerra o batalla, una catástrofe natural, un incendio, un asalto. Alguien dijo —con mucha razón— que es más fácil ser un héroe que un buen ciudadano. El acto heroico puede significar muchas veces un segundo de la vida del héroe, pero también el fin de ella. Por eso, podemos ser héroes, al decir de Bowie, “solo una vez”.

En las circunstancias particulares que vive el mundo, el rol de héroe está reservado para quienes ejercen la función médica y de cuidado (enfermeros/as, choferes de ambulancia, emergencistas y personal sanitario en general). Y, tal vez, para quienes dirigen la patriada de este colectivo: los que ocupan cargos en la cúspide del sistema sanitario.

Las sociedades humanas han buscado y amado a los héroes. Ellos resumen todos los valores y la puesta en práctica de los principios que la sociedad busca y no encuentra a la vuelta de la esquina. Y en tiempos en los que el cinismo, el egoísmo, la corrupción y el desprecio hacia la suerte de los demás abundan, es una necesidad que puede llegar a ser enfermiza. La crisis sanitaria que tiene en vilo al mundo se convierte entonces en una buena oportunidad para muchos de autopresentarse como los héroes del momento.

Ahí aparecen políticos, comunicadores o incluso profesionales, como algunos colegas de este escriba abogado. Hete aquí, por ejemplo, al ministro del Interior buscando subir al podio de los inmarcesibles, refrendando actuaciones inaceptables de la fuerza policial y dirigiendo mensajes paternalistas a la ciudadanía. O el ya nombrado ministro de educación —increíble, pero ocupa y sigue ocupando ese cargo— asignando cualidades heroicas a su persona y a su gestión de dirigir la suerte de los establecimientos educativos en estos tiempos de distanciamiento social. Tampoco faltan los comunicadores anunciando la precisa que salvará miles de vidas y conminando a la masiva difusión de sus intervenciones (“¡viralicen esto!, ¡viralicen esto!”) dando sabios consejos a la gente sobre qué hacer o no hacer. Y, como si esto fuera poco, abogados que se apresuran en plantear proyectos de ley redentores con la siempre bienvenida —e inservible— receta del expansionismo penal. Todos desesperados en presentar sus acciones, desprovistas de cualquier heroísmo, como aquellas que van a proteger a la patria en este peliagudo momento. En esta galería figura también el Presidente, quien busca aprovechar este momento de respiro para su discreta gestión. Intentar aparecer como una especie de Cid Campeador es algo que no dejará de hacer, pues la COVID-19 se lo permite, aunque muy lejos esté del titán castellano. El tanteo, finalmente, es siempre libre.

Este escriba lamenta informar a quienes quieren sumarse a las candidaturas a héroe del momento que hay pocas chances de lograrlo si no se pertenece al personal sanitario, a agentes como bomberos o quizá a otros de servicio social.  Por ahí puede calificar también la fuerza policial, siempre que no continúe confundiendo garrotear y humillar a vulnerables integrantes de la sociedad con “hacer su trabajo”.

En el siglo XIX, el antihéroe tiene carta de ciudadanía definitiva entre los personajes literarios y, en el siglo XX, es difícil nombrar a algún autor literario de renombre que no se ocupe de antihéroes. Desde Céline a García Márquez, Bukowski o Bolaños, la novela abunda en ellos. En el cine, el héroe es también un arquetipo retratado hasta la náusea, y toda película taquillera cuenta con uno.

Dicho esto, aún queda un factor que mencionar: la situación actual de la pandemia en el Paraguay parece estar controlada —ni los hospitales ni las morgues están colapsadas—, por lo que, para quienes desean aplicar al puesto, aún no se han creado las condiciones para ningún tipo de heroísmo. Así que corresponde relajarse, ya que el momento todavía no ha llegado (y ojalá que nunca llegue). Esto, por suerte o merito técnico-político de los responsables de la salud en nuestro país, no es ni China en los inicios del brote maligno, ni Italia, ni España, ni Estados Unidos en este instante, donde los actos de coraje son cosa de todos los días.

Los más visibles candidatos hasta el momento han tomado decisiones aparentemente correctas, acaso adivinando las precariedades de nuestro sistema de salud. Por lo que nunca estará de más para ellos la recomendación de no sobreactuar y —gran tentación— no caer en el error craso de “creérsela” ante la avalancha de elogios provenientes de los medios y las redes sociales. Además, el amor del pueblo no solo suele ser esquivo, sino frágil y volátil. Hoy puedes ser héroe, mañana quién sabe. Por lo tanto, siempre será importante no olvidar en ningún momento a los sabios romanos: cuando un general volvía vencedor de los campos de batalla, al tiempo que desfilaba glorioso por las avenidas de la Caput Mundi, le seguía un esclavo, quien le susurraba repetidamente al oído mientras le sostenía la corona de laurel: “Memento mori” (“Recuerda que morirás”).

*Abogado, escritor y comunicador.

Ilustración de portada: Roberto Goiriz.

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