Especiales

Mi tío, el Che (Parte I)


Por Pablo Daniel Magee*

Yo era un adolescente bastante joven cuando compré por primera vez un póster del Che Guevara. Como rebelde en la escuela secundaria francesa y como muchos de mis amigos en aquel entonces, exhibir la figura de este ícono revolucionario parecía apropiado para confirmar a cualquiera que no se hubiera dado cuenta ya, que yo estaba en contra de todos los valores que el sistema capitalista representa. Por supuesto, en ese momento, sabía muy poco sobre el rostro que colgaba en mi pared, y menos sobre el significado más amplio de la estrella que tenía la boina. Pero tenerlo allí me parecía lo más genial. De hecho, mi madre, una revolucionaria escritora, tenía dos libros sobre el Che. Uno era de Jorge G. Castañeda, titulado La vida y la muerte del Che Guevara, y el otro del renombrado historiador francés Pierre Kalfon, llamado sobriamente Che. La lectura de estos me dio una idea mucho más clara de quién era el mito y de alguna manera me reconfortó en la elección de un héroe, a pesar de los muchos hechos perturbadores que también había leído sobre la revolución cubana, que hicieron que Jean-Paul Sartre se distanciara de la isla y ante los cuales hice todo lo posible por hacer la vista gorda. Al fin y al cabo: la guerra es la guerra (sic). En mi mente de entonces, lo genial se convirtió en lo correcto.  

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