Política

37 años de apertura democrática, entre ilusión y desencanto


Marcos Pérez Talia

El viernes 3 de febrero de 1989 Paraguay amanecía con una escena soñada por muchos, e inimaginable para otros: el tirano Stroessner dejaba el poder tras 35 años de férrea dictadura. Las calles se llenaron de júbilo y alegría una vez que el dictador presentó su renuncia. Stroessner salía del poder de la misma forma en que subió 35 años atrás, por vía de un golpe militar. Paraguay estaba entrando a la última década del siglo XX y seguía sin experimentar el sabor de los procesos democráticos, con la excepción efímera del gobierno del liberal Eligio Ayala (1924-1928). El desafío que se presentaba de cara al futuro era incierto y enorme al mismo tiempo.

La proclama del general Andrés Rodríguez, al frente del alzamiento militar, condensó en pocas líneas la mezcla de expectativa y ambigüedad del momento:

Hemos salido de nuestros cuarteles en defensa de la dignidad y del honor de las Fuerzas Armadas; por la unificación plena y total del coloradismo en el gobierno; por la iniciación de la democratización del Paraguay; por el respeto a los derechos humanos; por la defensa de nuestra religión cristiana, católica, apostólica, romana”.

Leída en clave política, la declaración trazaba un horizonte que combinaba promesas de apertura con la reafirmación de continuidades de poder, especialmente del coloradismo. La caída del stronismo estaba en marcha, pero el rumbo hacia una democracia plena seguía siendo incierto: se abría una nueva etapa, aunque con límites muy marcados por quienes pasaban a ocupar el centro de la escena.

La salida del autoritarismo no fue una ruptura abrupta, sino un proceso conducido desde el propio poder. La nueva élite política colorada administró la transición en estrecha relación con el estamento militar, configurando un esquema de poder compartido que se prolongó durante la década siguiente. Aun con esas limitaciones, el país inició por primera vez una experiencia democrática sostenida, marcada por mayores márgenes de libertad y por reglas de juego que ampliaron, especialmente, el espacio para la expresión pública y el debate.

El proceso avanzó en hitos que alimentaron expectativas ciudadanas: la aprobación de nuevas reglas institucionales entre 1989 y 1992; la llegada de un presidente civil en 1993; el quiebre del poder compartido con el militarismo en 2000; la elección, en 2003, del primer mandatario no asociado al stronismo; y la alternancia de 2008, tras más de seis décadas de hegemonía colorada. Sin embargo, lejos de ser lineal, el camino democrático también estuvo marcado por retrocesos que erosionaron la confianza pública: el fraude electoral contra Luis María Argaña en 1992; la destitución exprés, en 2012, del único presidente no colorado; y el operativo policial de 2017 contra el PLRA, que terminó con la muerte de un joven militante.

La propia dinámica de la transición —y los episodios que la marcaron— fue moldeando percepciones cambiantes en la ciudadanía paraguaya. Los datos de LAPOP, Latinobarómetro y V-Dem muestran con claridad ese vaivén: periodos de alta expectativa y confianza alternados con etapas de desencanto y escepticismo frente al funcionamiento de la democracia.

Gráfico 1. Satisfacción con la democracia (2006 – 2023)

Fuente: LAPOP. Datos en línea https://www.vanderbilt.edu/lapop/paraguay.php

Los datos muestran un patrón consistente: la satisfacción con la democracia en Paraguay se ha mantenido históricamente débil, con predominio de la insatisfacción en casi todos los periodos presidenciales analizados. En 2006, a mitad del gobierno de Nicanor Duarte Frutos, el 79% se declaraba insatisfecho; en 2016, durante la presidencia de Horacio Cartes, la cifra alcanzaba el 67%; en 2021, en la gestión de Mario Abdo Benítez, subía al 69%; y en 2023 se mantenía alta, en torno al 66%. La única excepción se registra en 2010, a mitad del gobierno de Fernando Lugo, cuando la satisfacción trepó al 53% y la insatisfacción descendió al 47%, configurando el único momento del periodo en que la evaluación positiva superó a la negativa. Ese punto de inflexión no es menor: la alternancia política —tras más de seis décadas de hegemonía colorada— revalorizó el sentido mismo de la democracia para amplios sectores ciudadanos, al demostrar que el poder podía cambiar de manos por vía electoral. En perspectiva, el dato confirma que la legitimidad democrática ha sido frágil y volátil, pero también que la alternancia funcionó como un recordatorio tangible de su valor y de su potencial.

Gráfico 2. Confianza en los gobiernos (1995-2024)

Fuente: Latinobarómetro. Datos en línea https://www.latinobarometro.org/analisis-online

Si cambiamos la unidad de análisis y observamos ya no la satisfacción con la democracia, sino con el gobierno de turno, el patrón general se mantiene: los niveles de aprobación a mitad de mandato tienden a ser bajos y volátiles. Los datos muestran picos moderados y caídas pronunciadas —35% en 1995 (Wasmosy), 6% en 2002 (González Macchi), 26% en 2006 (Nicanor), 24% en 2016 (Cartes), 13% en 2020 (Mario Abdo) y 26% en 2024 (Peña)— que reflejan una relación frágil entre ciudadanía y gestión gubernamental. La excepción vuelve a ubicarse en 2010: el gobierno de Fernando Lugo alcanza un 47% de satisfacción a mitad de mandato, el valor más alto de toda la serie. Al igual que en la evaluación del sistema democrático, la alternancia aparece como un factor que revalorizó la experiencia política para amplios sectores ciudadanos, elevando las expectativas y la percepción positiva sobre la conducción del Estado.

Gráfico 3. Índice de democracia liberal (1989-2024).

Fuente: V-DEM. Acceso en línea: https://www.v-dem.net/

El Índice de Democracia Liberal de V-Dem permite observar la evolución del funcionamiento institucional a lo largo de toda la era democrática paraguaya, considerando dimensiones como el respeto a las libertades civiles, la vigencia del Estado de derecho, la independencia judicial y la efectividad de los contrapesos al poder ejecutivo. Medido en una escala de 0 a 1, el indicador se ha mantenido históricamente en niveles medios a bajos, sin alcanzar valores altos de consolidación. La serie muestra una mejora gradual desde los años noventa y un repunte más claro entre 2008 y 2012, seguido de un descenso visible a partir de 2013. En la última década, la tendencia se mantiene relativamente estable pero sin avances sustantivos, con una nueva caída hacia 2023-2024 que refuerza la idea de una democracia institucionalmente estable, aunque con márgenes limitados de profundización.

La salida del autoritarismo no fue una ruptura abrupta, sino un proceso conducido desde el propio poder. La nueva élite política colorada administró la transición en estrecha relación con el estamento militar, configurando un esquema de poder compartido que se prolongó durante la década siguiente. Aun con esas limitaciones, el país inició por primera vez una experiencia democrática sostenida, marcada por mayores márgenes de libertad y por reglas de juego que ampliaron, especialmente, el espacio para la expresión pública y el debate.

Han pasado 37 años desde la caída del régimen autoritario y el inicio de la apertura democrática en 1989. Desde entonces, Paraguay ha atravesado un proceso imperfecto, con avances concretos y retrocesos que han puesto a prueba la confianza ciudadana y la solidez institucional. Persisten debilidades evidentes: niveles fluctuantes de satisfacción, instituciones que aún buscan consolidarse y una democracia que no siempre logra responder a las expectativas sociales.

Sin embargo, el balance de este tiempo no puede leerse únicamente desde sus carencias. La posibilidad de vivir en libertad, de expresarse sin temor, de elegir y cambiar autoridades por la vía electoral, constituye un logro histórico que reconfiguró la vida política y social del país. La alternancia en 2008, en particular, demostró que la democracia no es solo un marco institucional, sino una experiencia concreta capaz de renovar la esperanza ciudadana y revalorizar el sentido del voto.

Nuestra democracia sigue siendo joven y, en muchos aspectos, frágil. Pero ha demostrado resiliencia, capacidad de adaptación y una ciudadanía que, aun en el desencanto, no ha dejado de mirar en ella una vía legítima para construir futuro. Lo pendiente es enorme, pero también lo es el camino recorrido: Paraguay no solo está aprendiendo a vivir en democracia, empezó —todavía de forma incipiente— a exigirla, a evaluarla y a defenderla. Y ese, quizás, sea el signo más alentador de su maduración.

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