Internacionales

Entre la diversificación económica y el alineamiento político


Julieta Heduvan

La política exterior del gobierno de Santiago Peña muestra una lógica dual cada vez más evidente: mientras en el plano económico busca ampliar mercados y diversificar socios, en el terreno político profundiza un alineamiento cada vez más definido con Estados Unidos y un grupo reducido de aliados ideológicamente afines. No se trata de una contradicción, sino de una administración selectiva de los márgenes de maniobra disponibles para Paraguay.

En Relaciones Internacionales, los Estados pequeños y medianos enfrentan el dilema entre diversificar vínculos para preservar autonomía o alinearse con una potencia predominante para obtener respaldo y beneficios estratégicos. Ninguna estrategia de diversificación es absoluta, todas operan dentro de restricciones estructurales. En el caso paraguayo, la ausencia de relaciones formales con China limita alternativas de balance disponibles para otros países de la región. Esa restricción reduce el margen de maniobra, pero no lo elimina.

Dentro de esos límites, el gobierno ha desplegado una política activa de diversificación económica. La elevación del vínculo con Japón al nivel de socios estratégicos, la apertura del mercado filipino para la carne paraguaya y las negociaciones con Emiratos Árabes Unidos forman parte de una estrategia orientada a ampliar socios comerciales y reducir dependencias relativas. En lo económico, el gobierno practica lo que en Relaciones Internacionales se llama hedging: diversificar para reducir vulnerabilidades y no depender excesivamente de ningún polo.

Esa lógica, sin embargo, no se traslada al ámbito político. En este plano, la administración Peña ha optado por un alineamiento explícito: creciente identificación con Washington (en particular con sectores vinculados al trumpismo), marcada sintonía con Israel y pertenencia visible al reducido grupo de gobiernos que orbita en ese espacio político-ideológico. La diversificación se detiene exactamente donde empieza la geopolítica.

Este patrón encaja con lo que Russell y Tokatlian definen como una lógica de aquiescencia: la adaptación de la política exterior a las preferencias de la potencia dominante para obtener beneficios o evitar costos. Históricamente, Paraguay ha tendido hacia esa estrategia, pero bajo Peña el patrón adquiere una forma más nítida y menos ambigua. En la práctica actual, el país adhiere al bandwagoning en su forma más nítida, es decir, el alinearse con la potencia dominante (y con su facción interna predominante) para obtener respaldo, acceso y previsibilidad.

La racionalidad detrás de esta apuesta es clara. El gobierno considera que una relación preferencial con Washington ofrece respaldo diplomático, acceso privilegiado y previsibilidad estratégica. El problema es que esa arquitectura tiene una fragilidad propia. Mientras los vínculos económicos descansan sobre intereses relativamente estables, el andamiaje político elegido por Asunción se apoya en afinidades ideológicas con liderazgos específicos y coaliciones internacionales estrechas, por definición más volátiles.

En el caso paraguayo, la ausencia de relaciones formales con China limita alternativas de balance disponibles para otros países de la región. Esa restricción reduce el margen de maniobra, pero no lo elimina.

La política exterior de Peña tiene una estrategia aplicada con criterios distintos según el ámbito. Paraguay diversifica donde puede y se alinea donde elige. La incógnita es cuánto tiempo podrá sostenerse esa separación entre apertura económica y concentración política en un mundo donde comercio, finanzas y geopolítica están cada vez más entrelazados.

Observación: Artículo publicado en el Diario Ultima Hora el 6 de abril de 2026, como colaboración del Centro Interdisciplinario de Investigación Social (CIIS)

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