
Por Marcos Pérez Talia
El pasado domingo 7 de junio, el PLRA realizó elecciones internas partidarias no solo para elegir candidaturas a intendencias y concejalías de cara a las municipales de octubre, sino también —y sobre todo— para definir nuevas autoridades partidarias. El amplio triunfo de Alcides Riveros, del movimiento Nuevo Liberalismo, deja varios elementos interesantes para el análisis.
El primero es que el PLRA ingresa a una nueva etapa de renovación dirigencial. No se trata únicamente de un cambio de autoridades, sino de un nuevo capítulo en la historia de ciclos de poder dentro del liberalismo paraguayo. Desde el inicio de la transición democrática, el partido ha atravesado al menos tres grandes momentos de recambio: el debilitamiento del liderazgo de Domingo Laíno tras 1998, la emergencia de la disputa entre Blas Llano y Efraín Alegre a partir de 2005, y ahora el reordenamiento posterior a la tercera derrota presidencial de Alegre en 2023.
Al inicio de la transición, el PLRA estaba fuertemente dominado por dos facciones: el lainismo y el saguierismo, aunque con una clara hegemonía del primero. Con la tercera derrota presidencial de Domingo Laíno en las elecciones de 1998, el partido inició su primera dinámica de renovación dirigencial.
La consecuencia inmediata de aquella dura derrota fue la pérdida de poder de Laíno al interior del PLRA. A partir de entonces, el liberalismo dejó de ser un partido disciplinado en torno a su principal líder y pasó a convertirse en un conjunto de facciones en disputa permanente por el poder interno. Lo curioso del caso es que Tito Saguier, su principal contendor, tampoco logró hacerse con el control partidario.
En las internas de 1999, el electorado liberal eligió a Julio César “Yoyito” Franco como presidente del PLRA, quien triunfó frente a Luis Alberto Wagner por una diferencia superior al 15%. Eran las primeras internas presidenciales sin Laíno ni Saguier como protagonistas centrales. Sin embargo, la derrota presidencial de Yoyito en 2003, sumada al hecho de que no logró forzar la renuncia de Luis González Macchi durante el desgastado gobierno de unidad nacional, volvió a instalar la necesidad de un nuevo proceso de renovación dirigencial.
La segunda renovación dirigencial ocurrió en 2005, cuando dos jóvenes diputados compitieron por primera vez por la presidencia partidaria: Blas Llano y Efraín Alegre. Por un margen menor a 15 mil votos, Blas Llano, en alianza con Yoyito Franco, triunfó y buscó redefinir la relación del partido con el gobierno de Duarte Frutos. Pero su objetivo no era solo ordenar la interna: también buscaba conformar un espacio de convergencia que permitiera a la oposición presentarse unida en 2008. Como anécdota significativa de aquel momento, en una convención realizada en octubre de 2005, el fundador del PLRA, Domingo Laíno, fue expulsado por su extrema cercanía al gobierno colorado de entonces.
Podría decirse que la era Llano vs. Efraín comenzó en 2005 y se extendió durante casi dos décadas. Sin embargo, esa lectura requiere un matiz: durante buena parte de ese periodo, especialmente entre 1999 y 2012, el franquismo también fue un actor de peso dentro del liberalismo. Tal vez no siempre como corriente dominante, pero sí como una estructura capaz de incidir en los equilibrios internos, disputar espacios de poder y ubicarse, muchas veces, en el centro de la tensión entre llanismo y efrainismo. Su peso se expresó en dos vicepresidencias de la República, en la llegada de Federico Franco a la Presidencia tras la polémica destitución de Fernando Lugo en 2012, y también en gobernaciones, intendencias y redes territoriales propias.
En 2007, Llano perdió la reelección presidencial del PLRA frente a una alianza entre Federico Franco y Efraín Alegre: el primero quedó con la presidencia partidaria y el segundo encabezó la lista al Senado en 2008. Salvo en 2012, cuando Llano y Alegre acordaron por única vez una lista de unidad —favorecidos por el hecho de que el partido estaba en función de gobierno—, el resto de las elecciones internas estuvo marcado por el enfrentamiento entre ambos equipos, aunque atravesado también por el peso del franquismo. Recién en 2013 esa corriente sufrió un fuerte retroceso político y electoral, sin desaparecer del todo como factor interno dentro del PLRA.
Así como ocurrió con Laíno, la tercera derrota presidencial de Efraín Alegre, en abril de 2023, debilitó paulatinamente su poder al interior del PLRA. En agosto de ese mismo año, una convención partidaria lo separó del cargo de presidente del partido y, un mes después, fue destituido incluso como miembro del directorio. Su principal contendor, Blas Llano, tampoco tenía ya el oxígeno político suficiente para volver a hacerse con el liderazgo partidario.
Una vez más, por tercera vez, el PLRA necesitaba renovarse.
El pasado domingo 7 de junio, el partido volvió a las urnas para elegir candidaturas municipales y autoridades partidarias. En lo que respecta a la dinámica interna, se presentaron a priori tres grandes equipos con pretensiones de disputar la presidencia del Directorio.
El primero fue Nuevo Liberalismo, encabezado por el intendente de Fernando de la Mora, Alcides Riveros; los dos únicos gobernadores liberales, Ricardo Estigarribia, de Central, y Javier Pereira, de Itapúa; casi la totalidad de los intendentes liberales; y una mayoría importante de parlamentarios. El segundo fue Frente Radical, liderado por el senador Ever Villalba, que contaba con algunos diputados, concejales y proponía como candidato a vicepresidente al hijo de Efraín Alegre. Finalmente, estaba la candidatura del senador Dionisio Amarilla, del espacio Diálogo Azul, extremadamente cercano al actual gobierno colorado de Santiago Peña.
Tabla 1. Principales candidaturas de la elección presidencial partidaria del PLRA en 2026

Fuente: base de datos del TREP de la Justicia Electoral de Paraguay.
El triunfo de Nuevo Liberalismo fue amplio en términos porcentuales, lo que llevó al reconocimiento y la aceptación inmediata de todos los grupos internos. Sin desmerecer el liderazgo de Riveros y Estigarribia, una parte importante de la victoria se explica por la estructura territorial y los recursos políticos que tenían a su favor, factores decisivos en cualquier interna partidaria.
Por su parte, Ever Villalba realizó una elección razonable pese a no contar con los recursos ni la estructura de su principal adversario. Logró instalar su nombre en la política nacional —hay que recordar que se encuentra en su primer periodo como parlamentario— y construyó un discurso de radicalidad opositora, con fuerte rechazo a cualquier acercamiento al partido de gobierno. Además, su posicionamiento parece diferenciarse del de Alcides Riveros no solo por el énfasis opositor, sino también por el tipo de discurso que articula: Villalba se ubica en un registro más ideológico y progresista, con mayor presencia del Estado como parte de sus planteamientos, mientras que Riveros aparece más asociado a una lógica pragmática, menos definida por intervenciones desde posturas ideológicas explícitas.
En el caso de Dionisio Amarilla, el resultado parece confirmar que el electorado liberal sigue prefiriendo, de manera mayoritaria, fórmulas y liderazgos que no sean percibidos como funcionales al oficialismo colorado.
Las elecciones de 2028 están cada vez más cerca y, naturalmente, estuvieron presentes en la disputa interna. Tanto Alcides Riveros como Ever Villalba plantearon la necesidad de articular a la oposición en una sola fórmula presidencial, buscando evitar una nueva fragmentación como la ocurrida en 2023 tras la salida de Payo Cubas de la Concertación.
Pero antes de 2028 hay una estación intermedia: las municipales de octubre de 2026. El nuevo presidente del PLRA se propuso fortalecer no solo al partido, sino también a la oposición en su conjunto. Para ello, uno de sus principales desafíos será buscar que en la mayor cantidad posible de municipios exista una candidatura opositora unificada, de modo a elevar la competitividad electoral y reducir la fragmentación.
El desafío del nuevo directorio liberal es enorme. La renovación dirigencial, por sí sola, no alcanza. El PLRA necesita reconstruir autoridad interna, ordenar sus facciones, recuperar competitividad territorial y contribuir a una articulación opositora capaz de disputar el poder en 2028.
En las dos renovaciones anteriores, el partido logró cambiar de conducción, pero no siempre consiguió resolver sus tensiones internas. La pregunta ahora es si esta tercera renovación podrá hacer algo más que desplazar liderazgos agotados: si podrá convertir el recambio partidario en una verdadera estrategia de poder para la oposición paraguaya.
