
Por Jorge Rolón Luna
Donald Trump puso de moda declarar ganadas guerras que ni siquiera terminaron. El presidente paraguayo Santiago Peña, fiel al inquilino de la Casa Blanca que lo cobija, imita su habitual triunfalismo. Lo hace, además, en una “guerra” que nadie ha ganado en más de cincuenta años.
En su reciente discurso de rendición de cuentas ante el Congreso, Peña declaró sin pestañear que “Paraguay dejó de ser el corredor de la cocaína de la región. Desde el inicio de mi gobierno no se ha registrado una sola incautación de cocaína salida del país en los puertos europeos”. Su ministro “antidrogas” Jalil Rachid ya se había adelantado casi con las mismas palabras: “la cocaína sigue llegando a Europa, pero ya no más desde Paraguay”.
Aquí, la primera observación. Que en 2025 no se registraran incautaciones de “cocaína paraguaya” en puertos europeos durante la administración de Peña —iniciada en 2023— no significa que durante su gobierno no las hubo, ni mucho menos que ahora no haya tráfico de esa sustancia. El 15 de julio de 2024, tras un decomiso récord en el Puerto Caacupemí, Peña ya había afirmado que “hoy la droga ya no sale del Paraguay, es confiscada ya en nuestro territorio”. Once días después, la Guardia Civil española incautó más de cuatro toneladas de cocaína paraguaya oculta en sacos de arroz en el puerto de Barcelona, proveniente de una organización con infraestructura de procesamiento en Asunción y ramificaciones en España y Reino Unido, dejando en evidencia a Peña en cuestión de días. Semanas después, Portugal interceptó otros 3.600 kilos en un contenedor de soja que había salido de Paraguay. En enero de este año, España detuvo en altamar casi diez toneladas de cocaína —la mayor incautación marítima de la historia europea— en un buque que, según trascendió, habría tenido su origen en Paraguay. Más recientemente, a fines de julio, el ministro del interior enrique Riera, apretado por acusaciones contra la vieja y descontrolada costumbre policial de recaudar ilegalmente, repitió la mentira de su jefe: “desde que nosotros llegamos, hay otro hecho objetivo, casi tres años, 15 de agosto, no se encontró ni un gramo de droga más en Europa, ni uno, de coca, ni uno…”.
Pero el problema de Peña y de sus ministros va más allá del acomodo que realizan de ciertos hechos, o de sus mentiras, si se prefiere. Ese inconveniente —grave— es que interpretan erróneamente un fenómeno global. El Informe Mundial sobre Drogas 2026 de Naciones Unidas, publicado apenas días antes del discurso presidencial, muestra que el descenso de incautaciones de cocaína de todo origen en grandes puertos europeos —Rotterdam, Amberes, Hamburgo— es una tendencia que se observa desde 2024, y nada tiene que ver con eficacia de SENAD o de la Policía Nacional ni determinación de este gobierno. La proporción de incautaciones mundiales realizada en Sudamérica trepó al 64 por ciento, la más alta desde 1984. Es decir: mientras menos droga aparece del lado europeo, más aparece del lado sudamericano. El tráfico no se redujo; simplemente se reacomodó. Los controles portuarios europeos mejoraron, y eso empujó la logística hacia otros corredores. Pensar que Paraguay “resolvió” su tramo de la cadena mientras el resto de los eslabones —productores y receptores— sigue moviendo miles de toneladas no es solo falso. Es creer ingenuamente que el país que ocupa el cuarto lugar entre 193 naciones en el Índice Global de Crimen Organizado 2025 y el puesto 154 de 193 en resiliencia institucional, con un puntaje de 8,5 sobre 10 en el mercado de cocaína, es el que ganó sus batallas antidrogas mientras otros con mayores recursos no avanzan. Si la tecnología y los controles bastaran, no entraría un gramo de cocaína a Estados Unidos. Peña puede estar exhibiendo una ignorancia profunda sobre la geopolítica del narcotráfico, o puede estar mintiendo a sabiendas.
Mientras tanto, ¿qué muestran las propias memorias anuales de la Senad sobre lo que ocurre puertas adentro? Las dosis de crack y pasta base retiradas de circulación pasaron de unas 21.000 en 2017 a casi 671.000 en 2023, más de 760.000 en 2024 y más de 800.000 en 2025. Los kilos de cocaína incautados oscilan de un año a otro, pero la tendencia de fondo es de crecimiento sostenido: más droga circula en territorio paraguayo, y el consumo de crack se descontrola, hasta el punto de afectar a niños.
La ruta hacia Brasil, por su parte, sigue activa. En marzo, un paraguayo huyó dejando un furgón con 85 kilos de cocaína en el Puente de la Amistad. En abril, un precandidato a concejal por la ANR fue detenido con 698 kilos en Brasil. En julio, un helicóptero fue interceptado en ese país con 288 kilos de cocaína procedente de Paraguay. Ninguno de estos casos necesita un puerto europeo para contar la historia real.
La explicación completa está en el mercado global. La producción mundial de cocaína se cuadruplicó desde el mínimo de 2014 y superó las 4.000 toneladas en 2024, según el propio World Drug Report 2026, con Colombia sola aportando el 40 por ciento del total. Un análisis de Daniel Brombacher, Sarah Fares y Ruggero Scaturro, del Global Initiative Against Transnational Organized Crime, publicado en noviembre bajo el título “The White Mirage“, explica por qué la caída en los grandes puertos europeos no es motivo de celebración. Los precios de la cocaína bajaron en Europa mientras la demanda se mantiene estable o crece: señal de sobreoferta, no de escasez. Los traficantes se adaptaron con envíos más pequeños a puertos alternativos en Suecia, Polonia, Grecia y Turquía, y con métodos de ocultamiento más sofisticados. Los autores lo llaman “waterbed effect” (o “efecto globo”): aprietas en un punto y el problema se infla en otro. Es exactamente lo que ocurre a escala regional. No hay menos tráfico ni menos tránsito por Paraguay. Hay un acomodo del mercado, favorecido por controles que empujaron parte de la logística hacia Brasil, dejando al país como trampolín antes que como destino final de estiba. Que ya no aparezcan tantas incautaciones de cocaína paraguaya en un puerto europeo dice más sobre dónde se mira que sobre cuánto se mueve, y ni siquiera eso es del todo cierto, como demostraron Barcelona y Portugal en 2024.
el problema de Peña y de sus ministros va más allá del acomodo que realizan de ciertos hechos, o de sus mentiras, si se prefiere. Ese inconveniente —grave— es que interpretan erróneamente un fenómeno global.
Con los datos de la SENAD, del Índice Global de Crimen Organizado, de Naciones Unidas, de la Global Initiative más las recurrentes incautaciones de cocaína “paraguaya” en territorio brasileño y las que se dan sin pausa en nuestro propio suelo sobre la mesa, sostener que Paraguay dejó de ser un corredor de cocaína porque disminuyeron determinadas incautaciones en Europa resulta una conclusión difícil de sostener. El mercado mundial no se contrajo; cambió de rutas, puertos y métodos. Esa es precisamente la lógica del narcotráfico contemporáneo.
La verdadera pregunta no es dónde apareció el último cargamento, sino si el Estado paraguayo ha fortalecido su capacidad para enfrentar organizaciones criminales cada vez más sofisticadas, al tiempo que nuestra política y fuerzas de seguridad tienen vínculos inocultables con ellas, como lo demostraron los “chats de Lalo Gómez” y lo vemos diariamente. Mientras sigan pendientes la depuración institucional, el control efectivo de las fronteras, la persecución del lavado de dinero y la investigación de funcionarios señalados por vínculos con el crimen organizado, cualquier declaración de victoria será, en el mejor de los casos, prematura, e inédita, porque si hay algo que se ha demostrado inútil, es la “Guerra contra las Drogas”.
Obligar a los narcotraficantes a ir por otro camino no es ninguna victoria; la única verdadera pasa por lograr reducir el poder y la influencia de las organizaciones criminales. Y esa está lejos aún de ser la realidad paraguaya
*Jorge Rolón Luna. Abogado, investigador independiente. Ex director del Observatorio de Seguridad Ciudadana del Ministerio del Interior.
