Elecciones

¿Sin 2026 no hay 2028? Una mirada a la historia electoral de la oposición


Marcos Pérez Talia

Toda elección de autoridades representativas genera expectativas, movilización y cierta efervescencia ciudadana. En Paraguay, además, las elecciones municipales forman parte de una experiencia democrática relativamente reciente: desde 1991, el país atraviesa por primera vez en su historia un ciclo prolongado de elecciones locales y nacionales regulares e ininterrumpidas.

De cara a las municipales de 2026, una idea comienza a repetirse con fuerza en el debate político: las posibilidades de la oposición en las elecciones generales de 2028 dependerán, en buena medida, del resultado que consiga dos años antes. La fórmula, simplificada, sería la siguiente: sin un buen 2026 no hay 2028.

La afirmación parece intuitiva. Ganar intendencias permite acumular poder territorial, fortalecer estructuras partidarias, instalar liderazgos y generar una percepción de crecimiento. Asunción adquiere, además, un peso particular. Por su centralidad política y mediática, conquistar la capital suele ser interpretado como algo más que ganar una municipalidad: puede convertirse en símbolo de cambio y en señal de que una fuerza política está en condiciones de disputar el poder nacional.

Pero ¿qué tan bien funciona esa intuición cuando se la contrasta con la experiencia electoral paraguaya?

Sin pretender reconstruir aquí toda la serie electoral desde el inicio de la transición democrática, tres momentos permiten relativizar la existencia de una relación directa entre el resultado de las municipales y el desempeño de la oposición en las presidenciales inmediatamente posteriores.

1996. Una oposición fortalecida que no llegó a 1998

El primer momento corresponde a las elecciones municipales de 1996. Cinco años después de la histórica victoria de Carlos Filizzola en Asunción, la oposición consiguió retener la capital con Martín Burt. El resultado reforzó la idea de que Asunción podía consolidarse como un espacio competitivo y ajeno al predominio que el Partido Colorado seguía ejerciendo en buena parte del territorio nacional.

La lectura política podía resultar alentadora. La oposición había demostrado que la victoria de 1991 no había sido un episodio aislado y conseguía conservar el principal gobierno municipal del país.

Sin embargo, dos años después, el escenario presidencial fue muy distinto.

En las elecciones generales de 1998, la ANR obtuvo una victoria contundente. Fue, descontando las elecciones de 1989 —celebradas todavía fuera de un contexto plenamente democrático y competitivo—, la única elección presidencial de esta etapa en la que el Partido Colorado superó el umbral del 50% de los votos.

Es decir: uno de los desempeños municipales más simbólicamente importantes de la oposición fue sucedido por una de sus derrotas presidenciales más contundentes.

2006. Perder las grandes ciudades antes de la alternancia

El segundo momento ofrece el recorrido inverso.

Las municipales de 2006 difícilmente podían ser leídas como la antesala de una alternancia política. La oposición no consiguió ganar Asunción y tampoco logró imponerse en otras dos de las principales ciudades del país: Ciudad del Este y Encarnación. Considerado desde los grandes centros urbanos, el resultado estaba lejos de transmitir la sensación de un avance opositor capaz de amenazar seriamente el predominio colorado a nivel nacional.

Si aplicáramos retrospectivamente la idea de que una buena elección municipal constituye una condición necesaria para competir por la Presidencia, 2006 habría ofrecido pocas razones para el optimismo.

Sin embargo, apenas dos años después ocurrió el acontecimiento electoral más importante de la democracia paraguaya reciente.

En 2008, Fernando Lugo encabezó una coalición opositora que consiguió derrotar al Partido Colorado y produjo la primera alternancia en el Poder Ejecutivo después de más de seis décadas de predominio de la ANR.

La paradoja es evidente: la única vez que la oposición consiguió llegar al poder nacional no estuvo precedida por una gran victoria en las principales municipalidades del país.

El caso de 2006-2008 resulta, por eso, especialmente relevante para la discusión actual. No demuestra que las elecciones municipales carezcan de importancia, pero sí cuestiona la idea de que un buen desempeño local sea una condición indispensable para construir una victoria presidencial.

2015. Recuperar Asunción tampoco alcanzó

El tercer momento vuelve a mostrar una trayectoria diferente.

En 2015, la oposición recuperó la Municipalidad de Asunción con la victoria de Mario Ferreiro. El triunfo tuvo una enorme carga simbólica: después de haber perdido la capital en 2001, volvía a controlar el principal municipio del país. A ello se sumó una victoria inédita en Encarnación, reforzando la percepción de que algo podía estar modificándose en el mapa político urbano.

El resultado generó expectativas razonables. Dos de las ciudades de mayor peso político, económico y simbólico quedaban en manos de fuerzas distintas a la ANR. Desde una lectura que conectara automáticamente desempeño municipal con proyección nacional, 2015 podía ser interpretado como un punto de partida favorable para las generales siguientes.

Pero en 2018 el Partido Colorado volvió a imponerse en la elección presidencial.

La competencia fue considerablemente más estrecha que en 1998, pero el resultado final volvió a mostrar que conquistar territorios municipales importantes no había sido suficiente para producir una alternancia en el Gobierno nacional.

Entonces, ¿qué puede decirnos 2026 sobre 2028?

Los tres antecedentes no permiten concluir que las elecciones municipales sean irrelevantes. Sería absurdo hacerlo. Gobernar ciudades significa disponer de estructuras, recursos políticos, cuadros dirigentes, capacidad de movilización y espacios desde los cuales construir gestión y liderazgo. Todo eso puede tener consecuencias sobre una elección nacional posterior.

Lo que estos casos permiten discutir es algo más acotado: la existencia de una relación automática entre un buen resultado opositor en las municipales y una posterior victoria presidencial.

una idea comienza a repetirse con fuerza en el debate político: las posibilidades de la oposición en las elecciones generales de 2028 dependerán, en buena medida, del resultado que consiga dos años antes. La fórmula, simplificada, sería la siguiente: sin un buen 2026 no hay 2028.

En dos de los tres momentos analizados, resultados municipales que produjeron expectativas importantes para la oposición fueron seguidos por derrotas presidenciales. En el tercero, unas municipales poco alentadoras precedieron a la única alternancia en el Poder Ejecutivo producida durante el periodo democrático.

Dicho de otra manera, ganar en 2026 puede contribuir a construir mejores condiciones para competir en 2028. Lo que la experiencia reciente paraguaya no permite afirmar es que sin ganar en 2026 sea imposible ganar en 2028.

Tal vez, entonces, la principal pregunta para la oposición no sea cuántas municipalidades necesita conquistar para llegar competitiva a las próximas generales, sino qué condiciones políticas hicieron posible aquello que ocurrió en 2008 y que no se produjo después de 1996 ni de 2015.

Porque si algo sugieren estos tres momentos es que las elecciones municipales pueden ser parte del camino hacia el poder nacional, pero difícilmente constituyan por sí solas el camino.

 

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