Educación

PISA 2025: los estudiantes rindieron, el Estado reprobó


Por Carla Fernández

Hay números que un país preferiría no mirar. Esta semana la OCDE publicó los resultados de PISA 2025, la evaluación internacional que cada tres años mide qué pueden hacer los estudiantes de 15 años con lo que aprendieron, y Paraguay volvió a encontrarse con un espejo incómodo. En ciencias, el área de foco de este ciclo, nuestros estudiantes promediaron 355 puntos, 13 menos que en 2022. En lectura, 352, una caída de 21 puntos. En matemáticas, 334, prácticamente lo mismo que en la edición anterior. Tres cifras frías que, si las dejamos pasar como una noticia más, se convierten en la crónica anunciada de otra generación que llega a la adultez sin las herramientas básicas para habitarla.

Porque conviene recordar qué mide PISA: no memorización, sino la capacidad de usar lo aprendido. Comprender un texto, resolver un problema cotidiano, distinguir una explicación científica de una opinión. Y ahí el panorama es todavía más duro que los promedios. Apenas el 24% de nuestros estudiantes alcanza el nivel básico de competencia en lectura, frente a un promedio OCDE cercano al 69%. En matemáticas, solo 1 de cada 10 llega a ese piso mínimo. Dicho sin rodeos: la enorme mayoría de nuestros adolescentes no comprende plenamente lo que lee. Con eso rinden después el examen de ingreso a la universidad, con eso buscan su primer empleo, con eso votan, con eso deciden.

Y sin embargo, quedarse en el titular de la caída sería leer mal el informe. Porque adentro de estos números hay una historia que casi nadie está contando, y es una historia de inclusión. En la última década Paraguay amplió de manera notable la cobertura de la educación media. La propia OCDE lo señala: entre 2022 y 2025 aumentó la cantidad de adolescentes de 15 años habilitados para rendir la prueba, a pesar de que la población de esa edad disminuyó. Hoy están sentados en las aulas, y por lo tanto en la muestra de PISA, miles de chicos y chicas que hace diez años directamente quedaban afuera del sistema. Cuando un país incluye a quienes históricamente excluyó, sus promedios bajan antes de subir. Eso no es un fracaso: es el costo inicial, y transitorio, de la equidad. A esto se suma que esta fue la primera edición que Paraguay rindió en formato digital, por computadora, y la propia OCDE recomienda cautela al comparar con las ediciones en papel.

Pero el matiz no puede volverse consuelo. El mismo informe nos dice que el 33% de nuestros estudiantes está entre los más desfavorecidos de todos los que rindieron la prueba, y que el 28% reporta haber sufrido acoso escolar varias veces al mes. Nos dice también algo que debería quitarnos el sueño: el 45% de los estudiantes paraguayos ya usa herramientas de inteligencia artificial para aprender al menos una vez por semana. Tenemos adolescentes que conviven con la tecnología más sofisticada de la historia y, al mismo tiempo, no alcanzan las competencias lectoras para aprovecharla críticamente. Esa es la nueva desigualdad educativa: tener el chatbot en el bolsillo y no poder evaluar lo que responde.

En estos días vamos a escuchar las explicaciones de siempre: que si la prueba se rindió en castellano y no en guaraní, que si el formato digital jugó en contra, que si las pantallas tienen la culpa. Son debates que pueden tener su lugar, pero en nuestro caso funcionan como cortinas de humo. En la educación pública paraguaya la tecnología es prácticamente inexistente: difícilmente puedan las pantallas explicar el rendimiento de estudiantes que casi no las tienen en el aula. Y hay un nombre propio que esta semana no puede quedar fuera de la conversación: Ñe’ẽry. Hace exactamente tres años, en septiembre de 2023, el MEC lanzó su programa insignia de lectura, escritura y oralidad, con una primera etapa de 12 millones de dólares, bibliotecas de aula en todo el país y la meta declarada de convertirnos en “un país de lectores”. Desde entonces se anunciaron capacitaciones docentes, redes de gestores de lectura y, este mismo año, la distribución de cerca de 15 millones de libros y folletos. Tres años después, la primera medición internacional disponible nos devuelve una caída de 21 puntos justamente en lectura. Seamos rigurosos: PISA evalúa a estudiantes de 15 años y buena parte de Ñe’ẽry se concentró en los primeros ciclos, así que sus efectos, si existen, recién podrían aparecer en mediciones futuras. Pero esa misma rigurosidad hay que exigírsela al programa: ¿dónde están la línea de base, las evaluaciones intermedias, los indicadores públicos de comprensión lectora que nos digan si tanto libro repartido está cambiando algo más que las fotos de los actos de entrega? Un programa que no se mide es un programa que solo se anuncia. Estos resultados deben servir exactamente para eso: no para archivar Ñe’ẽry, sino para someterlo a una evaluación seria e independiente, corregirlo con evidencia y, sobre todo, para impulsar los cambios y las reformas estructurales que ningún reparto de libros puede sustituir.

La discusión de fondo, entonces, es mucho más profunda y bastante menos cómoda, y tiene al menos cuatro capítulos que llevamos décadas postergando.

El primero es la formación docente, porque ningún sistema educativo es mejor que sus maestros. Los países que mejoraron sostenidamente hicieron todos lo mismo: volvieron exigente el ingreso a la carrera docente, elevaron el nivel de los institutos de formación, acompañaron a los maestros en el aula con mentoría real y no solo con circulares, y pagaron salarios que permiten que enseñar sea una profesión elegida y no un plan B. En Paraguay seguimos formando docentes con programas desactualizados, en instituciones que rara vez rinden cuentas por la calidad de sus egresados, y después les pedimos que produzcan lectores críticos con herramientas que nadie les dio. Evaluar y transformar la formación inicial y continua de los docentes no es una reforma más: es la reforma de la que dependen todas las demás.

El segundo capítulo es la primera infancia. Los cimientos de la comprensión lectora de un chico de 15 años se colocaron, o no se colocaron, mucho antes de que pisara el colegio. Por eso escribía en diciembre que en educación podemos empezar por el principio: mientras sigamos invirtiendo menos del 0,3% del PIB en los primeros años de vida, cada resultado de PISA será la fotografía tardía de una desigualdad que se instaló a los tres, cuatro, cinco años de edad. Universalizar la educación inicial de calidad, con estimulación temprana y acompañamiento a las familias, es la política con mayor retorno que existe, y la que menos titulares genera.

El tercero son las mallas curriculares. Seguimos enseñando con currículos cargados de contenido enciclopédico y pobres en lo que PISA justamente mide: comprensión profunda, razonamiento matemático aplicado, alfabetización científica, pensamiento crítico. Actualizar las mallas no significa sumar materias nuevas a un edificio viejo, significa redefinir qué es lo esencial: menos temas cubiertos a las apuradas y más capacidad de leer, argumentar y resolver. Un currículo que no forma lectores capaces de evaluar información es, en 2026, un currículo que forma ciudadanos vulnerables.

Y el cuarto capítulo es la tecnología, pero al revés de como solemos discutirla. El problema no es que haya pantallas: es que llegaron a los bolsillos antes que a las aulas, sin pedagogía, sin criterio y sin docentes preparados para mediarlas. Repartir dispositivos sin un plan de uso pedagógico ya demostró en toda la región que no mueve un solo punto de aprendizaje. Lo que se necesita es instrucción apropiada del uso de tecnologías: alfabetización digital y en inteligencia artificial como contenido curricular explícito, docentes formados para enseñar con estas herramientas y sobre estas herramientas, y estudiantes que aprendan a interrogar lo que la pantalla les responde en lugar de copiarlo. Si el 45% de nuestros adolescentes ya usa IA para aprender, la pregunta no es si la tecnología entra al sistema educativo: ya entró, sin permiso y sin guía. La pregunta es si el sistema va a hacerse cargo.

Podría cerrar esta columna con la nota esperanzadora de rigor, pero esta vez no corresponde. Estos números no son una sorpresa: son el resultado previsible de décadas de decisiones postergadas, de presupuestos que nunca priorizaron el aula, de reformas anunciadas con bombos y abandonadas en silencio, de una formación docente que ningún gobierno se animó a tocar en serio. Nada de lo que dice PISA 2025 es información nueva para quienes toman decisiones; la diferencia es que ahora está medido, publicado y comparado con 91 países. Y aun así, lo más probable es que en dos semanas hayamos cambiado de tema. Cada ciclo de PISA que dejamos pasar sin reaccionar son tres años más de adolescentes que salen del colegio sin comprender lo que leen, y eso ya dejó de ser un dato: es una decisión que alguien toma, o que todos dejamos que se tome sola. El termómetro marca fiebre y el enfermo hace décadas que no va al médico. La única pregunta que queda abierta es cuántas generaciones más estamos dispuestos a usar como margen de error.

Carla Fernandez, PhD. Investigadora Educativa.

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