Política

El problema de gobernar al oficialismo


Por Marcos Pérez Talia

Hay algo más interesante que una eventual pelea entre Horacio Cartes y Santiago Peña. Lo que está empezando a aparecer dentro del oficialismo colorado es un problema más profundo que la Ciencia Política no le ha prestado tanta atención como a otros fenómenos: cómo administrar una estructura política que alcanzó una hegemonía extraordinaria, pero dentro de la cual comienzan a aparecer actores con intereses y márgenes de autonomía propios.

El Partido Colorado es un partido electoralmente potente y profundamente arraigado en la sociedad paraguaya. Gobierna ininterrumpidamente desde 1947, con la excepción del período 2008-2013, y durante décadas construyó vínculos no solo con las instituciones —Congreso, Justicia, Fiscalía, Contraloría— sino también con organizaciones y espacios de la sociedad. Pero hay otra característica menos visible y particularmente importante para entender su funcionamiento: el coloradismo ha tenido históricamente la capacidad de contener dentro de una misma estructura al gobierno y a su oposición.

Un breve lapso de tiempo antes de la caída de la dictadura, la ANR desarrolló una dinámica centrípeta de poder. Dentro del partido convivían la facción gobernante y otra que, desde el propio Partido Colorado, cumplía el papel de oposición al grupo de turno. La lógica era eficaz. Por el tamaño de la ANR, la disputa entre sus propias facciones podía tener más peso electoral y mediático que la oposición ubicada fuera del partido. El colorado podía cambiar de gobierno sin necesariamente cambiar de partido. Mario Abdo se presentó en 2018 como alternativa al gobierno colorado de Horacio Cartes. En 2023, Santiago Peña hizo lo mismo respecto del gobierno de Mario Abdo. La competencia interna funcionaba también como mecanismo de renovación electoral.

El problema es que durante el actual gobierno esa dinámica prácticamente desapareció. La hegemonía alcanzada por el cartismo redujo considerablemente el espacio para una disidencia colorada con capacidad real de disputar el poder. La disidencia interna existe, pero por ahora carece de fuerza, agenda y cohesión suficientes para constituirse en una alternativa al oficialismo.

Esto tiene una ventaja evidente para quien controla el partido: concentración de poder. Pero también genera un problema. Si el Partido Colorado es simultáneamente gobierno y partido, ¿quién cumple la función de controlar y desafiar al gobierno desde dentro?

Durante las últimas semanas aparecieron señales de que esa tensión podría estar empezando a resolverse de una manera particular: no mediante el surgimiento de una oposición interna al cartismo, sino mediante la aparición de espacios de autonomía dentro del propio oficialismo. 

La hegemonía alcanzada por el cartismo redujo considerablemente el espacio para una disidencia colorada con capacidad real de disputar el poder. La disidencia interna existe, pero por ahora carece de fuerza, agenda y cohesión suficientes para constituirse en una alternativa al oficialismo.

Los primeros indicios estuvieron vinculados al Gobierno de Santiago Peña. Desde el entorno cartista aparecieron cuestionamientos públicos a su gestión, particularmente en salud. Horacio Cartes reclamó públicamente que la salud fuera una prioridad de la administración y, al mismo tiempo, senadores de Honor Colorado promovieron pedidos de informes al Banco Central sobre Ueno Bank, entidad con la que Peña estuvo vinculado antes de llegar a la Presidencia. 

Gustavo Leite llegó incluso a sostener que el Partido Colorado no tiene que hacerse cargo de los “goles en contra” del Gobierno. La frase importa porque introduce una distinción política: Partido Colorado y Gobierno pueden no ser exactamente la misma cosa.

Pero los acontecimientos del 15 de septiembre pasado agregaron una dimensión nueva. Horacio Cartes confirmó públicamente a Juan Carlos Baruja como candidato a vicepresidente de Pedro Alliana para 2028. Lo hizo antes de las elecciones municipales y antes de que Alliana anunciara oficialmente a su compañero de fórmula. La respuesta llegó inmediatamente. Alliana sostuvo que, como candidato presidencial, será él quien elija a su vicepresidente después de las elecciones municipales del 4 de octubre. No dio ningún nombre y afirmó que mantendrá esa posición.

El episodio puede parecer una discusión sobre una candidatura. Pero políticamente es algo más importante: Cartes tomó una decisión y Alliana reivindicó que esa decisión le corresponde a él. No es una ruptura. Tampoco demuestra que Cartes haya perdido el control del movimiento. Pero sí muestra un límite interesante de la hegemonía: incluso dentro de un espacio políticamente dominado por Cartes, existen decisiones que otros actores consideran propias.

Y mientras ocurría esto, los gobernadores oficialistas mantenían reuniones para discutir el escenario electoral. El encuentro incluyó conversaciones sobre 2028, aunque sus protagonistas negaron que se tratara de la conformación de un nuevo bloque. Esto también merece atención. Los gobernadores colorados habían pedido públicamente bajar el tono de las disputas internas y concentrarse en las elecciones municipales. Su posicionamiento apareció precisamente cuando las tensiones entre Cartes y Peña comenzaban a hacerse visibles.

No necesariamente significa que exista un bloque de gobernadores contra Cartes. Sería demasiado prematuro para afirmarlo. Pero sí permite observar algo nuevo: el oficialismo ya no funciona únicamente como una relación vertical entre Cartes y el resto. Hay un candidato presidencial con intereses propios. Hay gobernadores con poder territorial. Hay legisladores con capacidad de negociación. Hay un Gobierno que administra el Estado. Hay un grupo económico fuerte, el Grupo Vazquez, que también ganó un espacio enorme en negocios con el Estado y en la cercanía a políticos. Y hay un liderazgo partidario que conserva una enorme capacidad de decisión.

Todos necesitan permanecer dentro de la misma estructura oficialista. Y ahí aparece el verdadero problema. Diego Abente Brun se refirió al cartismo alguna vez como el “síndrome de las grandes coaliciones”: cuando una estructura política crece demasiado, deja de haber espacio para todos. El cartismo llegó a un punto en el que prácticamente todos quieren estar dentro.

Pero una cosa es controlar una estructura política y otra muy distinta es eliminar los intereses que existen dentro de ella. El cartismo consiguió reducir al mínimo la oposición interna. No consiguió eliminar la política interna. Cuando llega el momento de decidir quién será candidato, quién ocupará una vicepresidencia, qué sectores tendrán espacio en una futura administración o cuánto desgaste debe asumir cada dirigente, la unidad deja de ser suficiente y aparecen intereses. Y los intereses necesitan espacios de negociación.

Por eso la cuestión central ya no es si existe una crisis Cartes-Peña. La pregunta más interesante es cómo puede el cartismo administrar la autonomía de sus propios dirigentes sin permitir que esa autonomía se convierta en poder alternativo. Ahí también adquiere sentido la diferenciación entre partido y Gobierno.

Si Peña enfrenta un problema de popularidad, Cartes puede intentar preservar al Partido Colorado separándolo discursivamente de la gestión. Las críticas a la administración pueden funcionar como una válvula de escape para el electorado colorado: el problema no sería el partido, sino el Gobierno. Pero esa misma lógica tiene un límite. Si el partido comienza a diferenciarse demasiado del Gobierno, puede terminar produciendo autonomía política. Y si los actores internos adquieren suficiente autonomía, la hegemonía deja de ser control absoluto y se convierte en negociación.

Ese equilibrio parece ser el desafío que empieza a aparecer. El Partido Colorado históricamente supo contener gobierno y oposición dentro de una misma estructura. La paradoja del cartismo es que, después de haber reducido casi por completo la oposición interna, ahora puede necesitar recuperar algún grado de esa tensión. No necesariamente para enfrentar a Cartes, sino para administrar el desgaste del Gobierno, preservar al partido y mantener unidos a actores que ya comienzan a pensar en el poder que viene.

Por eso los episodios de estos días importan. Cartes anuncia a Baruja. Alliana responde que la decisión es suya. Los gobernadores se organizan y negocian. El entorno cartista critica al Gobierno mientras el Partido Colorado intenta preservar su unidad. Todavía no sabemos si todo esto terminará en una ruptura, en un reacomodo o en una nueva distribución de poder. Pero hay algo que sí parece estar cambiando.

El cartismo consiguió un Partido Colorado sin una oposición interna fuerte. Ahora tiene que resolver un problema distinto: cómo gobernar un partido sin oposición, pero no sin intereses.

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