Narcotráfico

¿Qué explica el crecimiento y la consolidación del fenómeno del sicariato en Paraguay?


Jorge Rolón Luna*

Los homicidios por encargo son parte de la cotidianeidad de muchas comunidades en el Paraguay y representan hoy día un tercio de los homicidios totales. Sin embargo, no siempre fue así. Si se analiza el fenómeno desde la década de 1960, es posible observar algunos casos, emblemáticos y notorios, aunque irrelevantes en términos estadísticos. El asesinato del ganadero Juan Bautista Vargas por orden de un militar poderoso y futuro presidente de la República, fue una anomalía como los pocos casos más que se dieron en esa década. Hasta la década de 1980, episodios de esa naturaleza eran raros e infrecuentes y cuando ocurrían llamaban la atención por su carácter excepcional.

A partir de la década de 1990 el fenómeno del sicariato irá a aparecer lenta pero persistentemente. Aunque los números fueron inicialmente bajos, empezó a cobrar fuerza. Asesinatos como el del periodista Santiago Leguizamón en Pedro Juan Caballero en 1991, por orden de un renombrado capo del narcotráfico, y asesinatos de campesinos e indígenas a manos de terratenientes y empresarios del agronegocio, empiezan a mostrar este nuevo rostro de la criminalidad. En ese carreteo inicial, destacan notoriamente casos vinculados al negocio del tráfico de drogas y a la represión de la lucha por la tierra.

La siguiente comparación permite entender la diferencia entre esos años iniciales y la realidad actual del sicariato en Paraguay. Entre 1989 y 2013, según el Informe Chokokue, 115 campesinos fueron asesinados por sicarios o actores parapoliciales (aunque se incluyen también casos de muertes por represión policial). El número es, sin dudas, sorprendente. Ahora bien, esto se volvió menor en comparación con lo que vino después: entre los años 2020 y 2022 los casos de muerte por ataques de sicarios alcanzaron 128 (2020), 183 (2021) y 175 (2022) (ver gráfico 1). Tal fue la magnitud, que como consecuencia de todo esto, en abril de 2023 se aprobó la incorporación del sicariato en el código penal paraguayo, algo que sugerimos en un artículo de Terere Cómplice de 2021.

A modo de ampliar más el panorama de la violencia en los años recientes, también vale destacar la cantidad de ataques de sicarios (ya que el gráfico anterior solo reporta el número de muertes, pero no todos tienen esa consecuencia). Estos fueron creciendo sostenidamente entre 2020 y 2022: 133 (2020), 1883 (2021) y 212 (2022) (ver gráfico 2). El año 2022, en particular, produjo 175 muertes y 188 víctimas (no letales).

¿Cuál es la causa del aumento de la violencia producto de los asesinatos por encargo? En este artículo sostengo que es el crecimiento del tráfico de cocaína. Aunque conseguir datos oficiales es difícil en este país, algunos registros son interesantes para el análisis.

Por ejemplo, entre los años 2000 y 2004 tuvo lugar una epidemia de homicidios que duplicaron y, en ciertos años, triplicaron las cifras de los años posteriores. De acuerdo con el Ministerio de Salud Pública, en esos años los departamentos de Amambay y Alto Paraná concentraron la mayor cantidad de muertes producidas por armas de fuego.

Este espiral de violencia tiene una relación directa con el inicio de feroces disputas por el negocio de la cocaína en zonas fronterizas con el Brasil. En aquel momento evidentemente la cocaína levanta vuelo como negocio importante de la cartera de negocios de los grupos criminales locales y extranjeros. En aparente consecuencia de esto último, hacia fines de la década de 1990 se produce la llegada del grupo criminal brasileño Comando Vermelho, que tiene una fecha de registro exacto: 1998. No mucho después, este negocio atraerá a un actor que resultaría dominante en el negocio de la cocaína y en la violencia de los años subsiguientes. La presencia del Primer Comando de la Capital (PCC) es registrada en Paraguay entre el 2005 (según una investigación brasileña) y el 2010 (según una fuente norteamericana). Sea cual fuere el caso, para el año 2016, el espectacular asesinato del capo de frontera Jorge Rafaat marcó el inicio de la hegemonía de este grupo criminal en Paraguay. Al día de hoy, según una ex ministra de Justicia, actúan en territorio nacional unas seis organizaciones criminales de Brasil, sin contar grupos europeos cuya presencia ya ha sido detectada. Todos ellos imantados por la cocaína.

La presencia de la sustancia en Paraguay es atestiguada de distintas maneras: reportes de medios de comunicación, informes de organismos extranjeros e incautaciones de la droga. A partir de los años 2000 en adelante, las incautaciones de cocaína han ido incrementándose, tanto en el exterior como en el país. De acuerdo con la Policía Federal Brasileña obrantes en un informe de la Oficina de Naciones Unidas para la Droga y el Delito (UNODC), durante el periodo comprendido entre 2014 y 2021 el 17% de los vuelos clandestinos transportando cocaína a Brasil provinieron de Paraguay (17%), contra el 65% de Bolivia, pero superando ampliamente a los de Perú (8%), de Colombia (6%) y de Venezuela (4%). Según la misma fuente, autoridades paraguayas informaron a UNODC que el 38% de la cocaína incautada en Paraguay en 2019 tenía como destino Brasil.

Si bien la cocaína “siempre estuvo”, rastreable ya en la década de 1960 cuando aparecen militares asociados a narcotraficantes, lo dicho por un alto jefe policial uruguayo es aplicable casi literalmente al caso paraguayo: No es nuevo que Uruguay sea utilizado como país de tránsito. Lo nuevo es el volumen”

¿Y por qué el aumento del tráfico de cocaína llevaría a un aumento del sicariato? Porque la cocaína es una droga que se vincula con la violencia de modo significativamente superior a otras sustancias prohibidas. Es un cóctel que ha probado ser mortífero: alta y creciente demanda, altos márgenes de ganancia, feroz competencia, redes complejas involucradas.

El enorme lucro generado por la cocaína impacta en el negocio del narcotráfico, habituado a los márgenes mucho menores de ganancia de la marihuana. A esto se suman fenómenos contemporáneos como el aumento del consumo de cocaína en Brasil (hoy segundo consumidor mundial) y luego el crecimiento del consumo en Europa, donde los traficantes paraguayos son actores preponderantes operando la ruta de la Hidrovía Paraguay/Paraná. En un momento dado, todos estos ingredientes han confluido en una olla que no tardó en reventar.

Países como Colombia, México y ahora Ecuador, han pasado por el proceso descrito, en el que el tráfico de esta sustancia desemboca en violencia extrema y homicida. Es sabido que traficantes colombianos y mexicanos se iniciaron produciendo y traficando marihuana (como los de Paraguay). Por décadas, este tráfico fue en gran medida pacífico hasta que la reintroducción de la cocaína hacia fines de la década de 1970 -como droga asociada al glamour y las clases altas- cambió este escenario. Aquí también aplica eso de “siempre estuvo”, pero repentinamente entró como un tsunami. Esto termina convirtiendo a vastas regiones de esos países en zonas de guerra.

¿Qué llevó al aumento de sicariato en varios países y lo está haciendo también en Paraguay generando además violencia sistémica? La respuesta parece tener una sola palabra: cocaína.

 

*Abogado, investigador independiente, ex director del Observatorio de Convivencia y Seguridad Ciudadana del Ministerio del Interior.

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